Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 86, Opinión
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Cuestión de egos

Por Luis Sánchez. Viernes, 3 de noviembre de 2017

Luis Sánchez

La manera de relacionarnos con nosotros mismos, con las demás personas, con los animales y las plantas, con los objetos que nos rodean e incluso con las palabras que empleamos. Ahí radica la clave para cultivar el retroego, ese espacio de percepción desde el cual observamos el mundo –un mundo de relaciones– con la distancia suficiente como para librarnos de la tiranía del yo, un yo inflado por la vanidad, que nos limita y nos reduce. En vez de anteponer el ego, lo desplazamos a la trastienda, a fin de ganar en perspectiva. Un paso atrás –todo elegancia– para ganar amplitud de miras. Y es que el egocentrismo popular (al alcance de cualquiera) es uno de los mayores logros del capitalismo: cada individuo, convertido en un egoísta consumidor que compite con otro. De esta forma, aislados unos contra otros –cada uno, en su pecera–, desaparece la cohesión y se rompe el tejido social, puesto que ya no se comparte nada de valor, y eso del “bien común” pierde tanto interés que parece una tontería. ¡Te lo mereces todo, nano, conque lucha como un cabrón, y al resto que le den por culo!, grita la voz de tu conciencia enajenada.

Las relaciones de fricción (de rivalidad) nos colocan a unos por encima de otros, en una guerra sin tregua, por lo que, en cualquier momento, hemos de estar alerta, listos, preparados, dispuestos a saltar sobre la presa (compañero, cliente o vecino). Ese grado de excitación acaba siendo agotador: como que te impide pensar con lucidez; y luego, cuando llegas a casa, lo único que deseas es descansar y distraer tu mente con la comodidad de lo banal. Así, entre saturación informativa, cinismo político, consignas difamatorias, anuncios publicitarios, cotilleos infames y balones fuera, difícilmente, podrás alzar la mirada al cielo y contemplar cómo la providencia divina traza sus planes macroeconómicos con el único y firme propósito de que el fiel rebaño cumpla con su deber. ¡Muy hermoso, el pimpollo!

Al ser el retroego zona de encuentro entre el yo consciente y el inconsciente, nos facilita la apertura a la vida, ya que somos parte de la naturaleza, de la Historia y necesitamos integrarnos en la tierra, de la que procedemos. Si nos acostumbramos a relacionarnos desde el retroego, estaremos más cerca del inconsciente, por lo que nos conoceremos mejor: el grado de conciencia aumentará. Lo que importa, más que el objeto, es la relación que mantenemos con el objeto. Un ejemplo: lo que caracteriza al enfermo, más que la propia enfermedad, es la relación que mantiene con su enfermedad (si es sana o tóxica). Y otro ejemplo: de sobra es sabido que el mismo tipo de tumor canceroso se desarrolla de manera diferente según el individuo.

Un ego menos impositivo y más receptivo, tanto hacia dentro como hacia fuera, un ego menos beligerante y más conciliador, un ego, en definitiva, más relajado, expandido y placentero. Y eso es lo que conseguimos desde el retroego, pues éste se nutre de relaciones horizontales –de tú a tú: sin intermediarios–, establece vínculos creativos, basados tanto en la similitud como en la diferencia, y fomenta la cooperación. Y es que el retroego ya no necesita demostrar lo que es, simplemente se muestra sintiendo lo que es, con sencillez, naturalidad y calidez, es decir, con humanidad. El territorio del dejarse ser: lo auténtico.

El Sistema posee un metabolismo acelerado: todo lo engulle a velocidad de vértigo (visto y no visto, ¡pura magia tecnológica!), porque todo lo que toca, con su mano santa, lo cosifica, lo desgaja, le pone precio y te lo coloca a dos palmos de la nariz, o sea, en la pantalla de tu inteligente móvil. ¡Menuda oferta: no te la pierdas!

El individuo –consumidor consumido– aspira a mejorar su vida, incluso sueña con ser otro; pero en el complicado trayecto se aleja cada vez más de sí mismo (mientras se da ínfulas de gran señor), pues lo que, en el fondo, anda buscando no son relaciones más o menos simétricas, sino relaciones de dominio, de control, relaciones que se puedan traducir a términos económicos. Yo te poseo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Muy hermoso, de nuevo, el pimpollo!

Del animismo a la obsolescencia programada y de la prosopopeya a la reificación. Ahí vamos: dándonos lustre, ante el asombro de bonobos y delfines.

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