Ben, Humor Gráfico, Número 85, Opinión, Víctor J. Maicas
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Seguimos igual de estancados que a finales de la pasada década

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Ben. Viernes, 20 de octubre de 2017

Víctor J. Maicas

Cuando hace unos ocho años escribí el artículo que podrán leer a continuación, y que se publicó en un conocido y relevante periódico de mi ciudad, en el ambiente político se hablaba de eliminar ciertos privilegios a los más ricos puesto que muchos dirigentes se vieron con el agua al cuello. Y es que incluso Sarkozy, fiel defensor del neoliberalismo, habló de la posibilidad de eliminar los paraísos fiscales para calmar a una población que empezaba, aunque tímidamente, a exigir responsabilidades por la gran crisis financiera y económica en la que precisamente el neoliberalismo nos había metido.

Sí, eran los primeros años de la crisis, aquellos años en los que se abrió cierta esperanza de cara a cambiar mínimamente un sistema que no funcionaba. O dicho de otra forma, a hacerlo más humano, apostando de nuevo por aquel denominado “Estado del Bienestar” que durante los últimos tiempos muchos dirigentes mundiales habían arrinconado con la excusa de que la riqueza que se estaba creando era tal, que ya casi nadie necesitaría los servicios proteccionistas del Estado. Un “Estado del Bienestar” que por cierto dio a la vieja Europa el período más pacífico y próspero de su historia, pues tanto ricos como pobres, así como también la clase media, pactaron una “no agresión” al eliminarse en gran medida la pobreza y dotar a toda la población de un mínimo de bienestar social.

Pero hete aquí que, tras pasar aquel primer “gran susto”, y los más poderosos comprobar que la gente pese a los desmanes del capitalismo sin control empezaba a aceptar aquel desaguisado, en lugar de ir en esa dirección más humana del capitalismo (el mencionado “Estado del Bienestar”), optaron por endurecer aún más su injusto sistema socializando sus pérdidas para salvar a la banca (para eso sí quieren al Estado) y adoptando unas medidas que lejos de hacer pagar a los más pudientes para conservar el bienestar de la población, se limitaron a recortar derechos tan básicos como la sanidad, la educación y las pensiones, amén de los salarios de esas clases sociales que de la noche a la mañana se convirtieron en los nuevos pobres del “nuevo capitalismo”, pues ya saben que en la actualidad, y a pesar de ser un privilegio tener trabajo, muchos aun trabajando no son capaces de llegar a final de mes debido a la precariedad de su salario. Aunque eso sí, supongo que también sabrán que durante estos años así como ha aumentado escandalosamente la pobreza, también se ha disparado el número de nuevos millonarios e igualmente los beneficios de los que más tienen.

Y es aquí donde quería llegar para mostrarles este artículo que como les decía escribí hace unos ocho años ya que, como comprobarán tras leerlo, a pesar de todo lo dicho seguimos igual de estancados que entonces, o incluso peor:

Impuestos feudales

                Según nos cuenta la historia, en la Edad Media el clero y los nobles no pagaban impuestos, puesto que tan sólo era el pueblo llano el que tenía la obligación de realizar tal menester.

                El otro día, tras leer un magnífico editorial de este periódico en donde se hablaba de las SICAV (sociedades de inversión de capital variable), de repente comprendí que, en algunas cosas, todavía seguimos arrastrando viejas prácticas feudales.

                Digo esto porque tras leer el artículo, y disculpen mi ignorancia, me enteré de que dichas sociedades, las SICAV, sólo tributan al fisco el 1%. Eso sí, si no tienes 2 millones de euros para convertirte en socio de una de estas sociedades, tu contribución a la hacienda pública será, por supuestísimo, de un 18%. Así pues, comprendí que los muy ricos ahora tampoco pagan impuestos (bueno, miento, pagan el 1% frente al 18% con que tributa el pueblo llano). No obstante, no vayan a pensar que durante estos siglos no hemos avanzado al menos en algo, pues así como en la antigüedad los pobres se morían literalmente de hambre, hoy en día el Estado los protege para, al menos, poner un plato en su exigua mesa.

                Hemos evolucionado, sí, ya que el pobre no muere de inanición, al menos en el primer mundo, pues los gobernantes le han asegurado, como decía antes, un mínimo bocado con el cual apaciguar sus ruidosas tripas (algo meritorio, loable, y digno a todas luces). Pero verán ustedes, a fin de cuentas resulta que con los impuestos indirectos como el IVA, el dinero para los parados, o lo que es lo mismo, el dinero para adquirir esa comida se recauda en gran parte del pueblo llano (de la clase media), esa clase social que curiosamente en muchas ocasiones apenas puede llegar a fin de mes si a “don Euribor” se le ocurre enfadarse y ponerse de uñas. Al pobre, en cambio, hipotéticamente le dicen que ha de ser agradecido y por lo tanto dar las gracias a todos los contribuyentes, pues es precisamente por ellos por lo que todavía puede seguir viviendo y respirando cada día. Este, consciente de que, de alguna forma, esto es así, agradece sus esfuerzos al pueblo llano pero reserva sus mayores elogios para los más ricos, ya que por lógica, piensa que si los primeros le han puesto sobre la mesa un plato de fabada, los otros habrán contribuido para ponerle no uno, sino dos platos, puesto que es precisamente dinero lo que menos les falta a los más pudientes. De su evidente error, lo saca de inmediato un dirigente, uno de esos que cobra los impuestos y le pone a él el plato sobre su mesa: no, el rico, proporcionalmente, no paga prácticamente impuestos, le insinúa, pero aun así debemos estarle eternamente agradecidos, pues él ya hace suficiente con no llevarse todo su dinero a otros países o a los paraísos fiscales (supongo que de ahí la creación de las SICAV), para así poder crear fábricas y negocios para que el pueblo llano trabaje y, con el esfuerzo de todos, se pueda seguir creando riqueza y a su vez estos paguen los impuestos que sufragarán los gastos producidos por su temporal manutención.

                Por lo tanto, y una vez analizado todo esto, pienso que quizá el mayor defensor de los ricos sea un hombre de a pie con ansias de ser rico, y de estos, por lo visto, debe de haber una gran mayoría, pues al parecer nadie se escandaliza por este peculiar sistema de contribución. Es posible que no formar parte del último peldaño del escalafón social nos haga pensar que no somos el pueblo llano, pero en realidad, tanto autónomos, pequeños empresarios y trabajadores asalariados formamos parte, por decirlo de alguna forma, del nuevo proletariado, obreros y pequeños empresarios que con su esfuerzo crean riqueza y puestos de trabajo pero no dejan de ser, puesto que no viven de rentas, verdaderos trabajadores que consiguen tener una buena calidad de vida debido a su tenacidad y sacrificio diario.

                Más de uno deducirá, tras lo dicho, que estoy radicalmente en contra de los más ricos, algo que, realmente, no es en absoluto cierto. Admiro el carácter emprendedor y de riesgo de muchos grandes empresarios, pero de la misma forma que digo esto, pienso también que al vivir en una misma comunidad de la cual, de una u otra forma,  todos nos beneficiamos, justo sería pues que al menos todos tuviésemos una mínima calidad de vida y contribuyéramos al bien común de una forma totalmente proporcional según nuestros emolumentos. Así pues, quiero dejar claro que nunca me ha molestado que existan ricos, sin embargo, siempre me ha indignado la pobreza y la sinrazón, y más cuando es evitable en gran medida.  

                Por cierto, a mí en el colegio me enseñaron que el feudalismo desapareció al terminar la Edad Media, pero supongo que el profesor que me lo contó debía ser hijo de un gran y riquísimo terrateniente, o alguien corto de miras que no sabía realmente cómo funcionan las cosas.

Bien, pues antes de leer este artículo les estaba comentando que seguimos igual de estancados, pues a pesar de todo ni se eliminaron las SICAV, ni los paraísos fiscales, ni los privilegios económicos a los que más tienen, esos precisamente que, en definitiva, podrían pagar sin ningún problema los impuestos que en realidad les deberían  corresponder y seguirían siendo inmensamente ricos. ¡Ah!, y además, de los grandes beneficios de empresas tan rentables que pertenecían al Estado (o sea, a todos nosotros) como Telefónica, Repsol o Endesa,  tras su privatización sólo se benefician unos pocos privilegiados.

En fin, pues lo más curioso de todo es que los dirigentes mundiales que consienten esto y todos los grandes magnates que dominan la economía a su antojo, probablemente cuando vean en familia la película de Robín Hood seguro que les dirán a sus nietos que este personaje que trataba de hacer justicia social era el bueno y los otros los malos, sin saber los inocentes niños que su abuelo es, en cierto modo, la viva reencarnación del “Sheriff de Nottingham”.

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