Número 84, Opinión, Rosa Regàs
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Manuel Azaña

Por Rosa Regàs / Ilustración: Ben. Viernes, 6 de octubre de 2017

@rosaregas

Ante los resultados de las pasadas elecciones, viendo lo poco que, a la hora de decidir el voto, influyen en la ciudadanía española el delito económico y la corrupción, a punto he estado de perder la esperanza de que algún día tuviéramos un Gobierno más preocupado por lo social que por obedecer a la siniestra señora Lagarde, jefe de la Troika, y sin un voto que avale sus exigencias; un Gobierno de hombres y mujeres dispuestos a deshacer la telaraña de corrupción que ahoga nuestra democracia; un Gobierno convencido de que son la educación y cultura las que hacen progresar los pueblos; en fin, un Gobierno que aprovechando el poder que le da el mando no fraguara tejemanejes en sus despachos para hundir a quienes les dan problemas o les hacen sombra.

Estuve al borde de renunciar a mis ideas, limitándome a desear al menos un presidente de Gobierno, de izquierdas o de derechas, ya me daba igual, que tuviera la altura intelectual, cultural, literaria, con un sólido criterio y un pensamiento libre, coherente y brillante, capaz de transmitir a los ciudadanos, en la victoria o en la derrota, lo que de verdad ocurría en el país y los motivos por los cuales habíamos llegado a esta situación, democrática claro que sí, pero tan incomprensible.

Cierto es que unos días antes había recibido la espléndida edición de Editorial Media Vaca, de la carta en la que Manuel Azaña, presidente de la República Española, cuenta a su amigo Ángel Osorio cómo transcurrieron los últimos días de la República. Al margen de lo que significaron para España aquella derrota y el advenimiento de los facciosos, como los llama Azaña, o los falangistas, la lectura de esta larguísima carta produce en el lector una serie infinita y variada de intensos placeres: literarios, políticos, históricos y todos envueltos en profunda y sabia melancolía, que nos introduce en los secretos que desembocan en conocimiento y comprensión. Y me decía: Si por lo menos hubiera entre los estadistas de hoy una mente tan preclara, tan extraordinariamente dotada para entender, contar y transmitir lo que esconden hechos y situaciones, importaría menos la derrota…

Por fortuna, la edición viene con un exquisito prólogo de Vicente Ferrer que merecería un estudio aparte, y algunos textos de otros intelectuales del momento como Miguel Mihura, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, que me hicieron ver mi panorama desde otro punto de vista menos sombrío. Entre ellos destaco, por ser hoy el más pertinente, el de Antonio Machado: “Los españoles somos naturalmente reaccionarios, no porque estemos siempre enamorados de lo viejo –muchas veces nos apasiona lo nuevo– sino porque nuestra posición firme es siempre contra algo…”

Unos intencionados y preciosos dibujos de Manuel Flores añadieron el sabio matiz: también la tragedia puede albergar esperanza.

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@BenBrutalplanet

 

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