Humor Gráfico, LaRataGris, Número 84, Opinión, Óscar González
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Los mismos clavos

Por Óscar González / Viñeta: La Rata Gris. Viernes, 6 de octubre de 2017

@Morgoski

Si el referéndum del domingo había sido declarado ilegal por el Tribunal Constitucional, ¿era necesario desplegar más de dos mil robocops para frenarlo? ¿Hacía falta la imagen deplorable de policías arrastrando a viejas por el suelo? ¿La de gente con la cabeza rota por querer votar?

Si creen ustedes que la respuesta a estas preguntas es sí, creo que no les va a gustar este artículo. Es más, creo que tienen ustedes un concepto bastante raro de la democracia y la legalidad, o que llevan demasiadas horas de tertulias políticas televisivas a las espaldas.

Desde mi punto de vista, la cosa funciona tal que así: cuando el TC emite su resolución sobre el referéndum, este se queda sin fuerza jurídica, porque sometidos al imperio de la ley, ese tribunal tiene atribuida la capacidad de anular o enmendar leyes y resoluciones de los parlamentos de las distintas naciones que componen este Estado (de sitio).

Desposeído de su valor vinculante, el acto deja de ser jurídico y pasa a ser otra cosa, llámenle acto cívico, protesta, movilización, o no lo llamen, directamente, si no quieren tener nada que ver con él. Es legítimo.

Sin embargo, si nos metemos en el terreno más jurídico, todavía dudo sobre qué ley exactamente es la que se viola cuando un ciudadano sale a la calle a meter una papeleta en una urna. Tal vez ninguna, pero si el referéndum se celebra se habrá legitimado la reivindicación de los peligrosos independentistas que quieren romper España y nuestros sólidos valores democráticos, esos que defendemos gritándole a la policía “a por ellos, oé”, aplaudiendo al madero que le da cien mil palillos al enemigo catalán o armando un sindiós tras otro cuando a un jugador de la selección le da por salirse del “no se meta usted en política” y se atreve a opinar sobre lo que está ocurriendo.

¿Qué habría pasado si el referéndum se hubiera declarado ilegal y no hubiera ocurrido todo el esperpento posterior? ¿Es posible quizá que el Gobierno de la Generalitat hubiera declarado la independencia de manera unilateral? ¿Es posible también que ese hubiera sido, jurídicamente, un momento mucho más sensato para empezar a tomar medidas drásticas –y hablo de detenciones e inhabilitaciones, no hace falta romper cabezas–? Sí, algunos seguiríamos comparando al Gobierno español con el de cualquier república bananera donde los políticos rivales son detenidos, pero sería una factura mucho más asumible que la que el pasado 1-O nos ha dejado sobre la mesa, porque aquel gobierno que alza las armas contra su propio pueblo no merece más que el desprecio del mundo.

Resulta dramático pensar que en el país en el que he nacido todavía pesa más el amor a un concepto abstracto de patria que a aquellos que la forman, como si la nación fuera algo que pueda separarse del pueblo que la forma, algo que merece ser defendido a hostias contra aquellos que, manipulados por malvados políticos catalanes pedigüeños e insolidarios, salen a la calle a intentar expresar en urnas lo que un gobierno (que dice ser también el suyo) les niega.

La imagen de los pirómanos rociando con gasolina el problema para resolverlo, aunque manida, define bien la situación, bochornosa toda ella.

Como bochornoso fue también ver a Pedro Sánchez y a Felipe de Borbón escondidos durante todo el domingo (el Borbón, perdido hasta el martes) y lo meridianamente claro que quedó cuando por fin hablaron de que uno no era el renovador de las izquierdas que se vendía cuando las bofetadas con Susana Díaz y el otro es, sencillamente, alguien que quiso vivir su propio 23-F y al que le salió el tiro por la culata.

Como en una obra de teatro o una película mala, es imposible empatizar con los actores principales, porque ninguno está a la altura que requiere el texto que le han dado para interpretar. Rajoy, Puigdemont y Felipe VI, tres personajes a los que, esperemos, la historia juzgará por sus actos, han agredido al pueblo para tapar su propia incompetencia, su estatismo y su falta de legitimidad democrática. Y, tal vez por casualidad, mientras escribo estas últimas líneas, Silvio Rodríguez canta desde los altavoces del PC aquello de “ojalá pase algo que te borre de pronto…” Qué cosas.

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