Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 84, Opinión
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Los humanos son pendencieros

Por Luis Sánchez. Viernes, 6 de octubre de 2017

Luis Sánchez

Como dulce aperitivo musical, dos hermosas canciones: Llamando a la Tierra, en versión del grupo M Clan, de 1999, y la otra, del año 1969, titulada In the year 2525, interpretada por Zager & Evans. Y, ahora, al tajo. A ver si limpiamos la estratosfera de basura espacial, que allá donde vais lo dejáis todo hecho un asco, ¡hombre! ¡Ah!, y en la tierra, ocurre igual: va uno paseando por el campo, le mueve el vientre, se agacha y allí mismo lo suelta. ¿Y tú crees que, luego, mira atrás a ver el pastel que ha dejado? Nada, prosigue su camino, con entero disimulo, y ni siquiera es para colocar encima una margarita, como signo de distinción. Es el “fecalismo libre”.

“Yo empecé, de joven, a estudiar medicina porque pensaba que así podría ayudar mejor a la humanidad, hasta que tomé conciencia de que la humanidad no quería ser ayudada y entonces lo dejé y me inscribí en la Facultad de Filosofía”, Ivan Junqueira (1934-2014), notable poeta brasileño. Entrevista en el suplemento cultural Babelia, del diario El País, 2-11-2002.

Si existiera el cielo y el infierno, ¿tú adónde preferirías ir, después de muerto? No, no me contestes todavía. Vamos a publicidad…

(Y, en efecto, minutos después de las consabidas tentaciones consumistas, regresamos a la palestra.) Lo entiendo, lo entiendo… El cielo parece más aburrido: allí, seguro que no te dejan fumar, ni beber alcohol (ni tampoco, agua oxigenada), ni soltar exabruptos, ni practicar el amor libre (ahora lo venden como poliamor)… ¡Ay, la escatología no engaña, y el frotar se va a acabar! Urbanita soy, de arbolito y farola.

El problema auténtico no es la salvación individual, sino la salvación colectiva. En la actualidad disponemos de medios científicos y tecnológicos de sobra para salvar el planeta; en cambio, permitimos su progresiva degradación medioambiental y el aumento de las desigualdades sociales. Los especialistas lo tienen claro: Así no podemos continuar: vamos hacia el desastre, y el desastre es global. Y los poderosos hombres de negocios también lo tienen clarísimo: Podríamos salvar el planeta, sí; pero no resulta rentable. En cualquier caso, estamos en ello. Tras el nihilismo y la posverdad, la destrucción real del mundo.

Algunos prebostes nos la intentan clavar con el feliz maridaje de millones y filantropía, de lujo y solidaridad, de fortuna y macrolimosna. Otros ni siquiera disimulan, como es el caso de Donald Trump, un fulastre patán empeñado en negar el cambio climático y en sacar a los Estados Unidos del Acuerdo de París, un tipo que representa, en definitiva, el triunfo del mundo empresarial sobre el mundo de la política. La Antártida se parte (y no de risa).

Simplificando mucho: el hombre es bueno por naturaleza (Rousseau); el hombre es malo por naturaleza (Maquiavelo, Hobbes, Kant…). Y bien, a la ideología dominante le interesa defender la postura de que el hombre es un animal egoísta (una fiera), porque así justifica mejor sus abusos de poder. Pero el hombre, por naturaleza, ni es bueno ni es malo; es más, ni siquiera es, porque llega a ser (o no) en sociedad, porque para desarrollarse necesita a los otros, al grupo. “El hombre es un animal político [social]”, Aristóteles.

Y, llegados a este punto, hemos de hacer hincapié en la organización social, en la educación, en la cultura…, porque eso, después de todo, es lo que cuenta: lo que moldea.

En la actualidad, estamos comprobando, por ejemplo, la enorme diferencia que existe entre la economía competitiva y la economía colaborativa. Y cómo esta última redunda en un mayor beneficio social y, por lo tanto, individual. Cuando priorizamos el bien común sobre el beneficio particular, la perspectiva cambia como del cielo a la tierra, y de eso se trata: de ver el cielo y la tierra con otros ojos, bajo otro prisma.

Si hemos definido al hombre como un ser social por naturaleza (y no creo que nadie lo discuta), su futuro pasa por mejorar la base social. Y, en el peor de los casos, incluso admitiendo que el hombre no tiene solución ­-¡los hay obstinados!- , ¿qué haces: aumentas su dolor o alivias su dolor? Ahí queda la cuestión, por los siglos de los siglos, amén. Sí, Amenofis. Amenofis IV – 2ª, izda. Pura escatología.

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