El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 84, Opinión
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Los equidistantes

Por José Antequera / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 6 de octubre de 2017

@jantequera8

Equidistantes. A los que claman por la paz y la cordura los llaman ahora, despectivamente, “los equidistantes”. A los que apelan al sentido común, a los que imploran diálogo y concordia, los tachan de equidistantes. Al que rechaza la guerra, al que no amenaza al vecino ni le cuelga el cartel xenófobo ni lo extorsiona para que se convierta en soplón del futuro Estado, se le califica humillantemente de equidistante. A los que anteponen el estado de la razón a la razón de Estado, frente al fanatismo desbocado de ambos bandos, los acusan de equidistantes. A los que se horrorizan con la imagen de los gloriosos ejércitos nacionales saliendo de los cuarteles, como en otros tiempos pasados que creíamos felizmente superados, los denigran como equidistantes. A los que no insultan, no acorralan, no denigran y no marginan a los charnegos por vagos e inferiores los tratan de equidistantes. A los que no están ni con los locos de un lado ni con los locos del otro, ni con esa derecha española obtusa y rancia que nos ha puesto al borde del abismo, ni con la turba de iluminados salvapatrias de la gloriosa nació catalana, les dicen equidistantes. A los que rechazan todo tipo de trinchera, la ideológica y la otra todavía peor, a los que repudian las porras, los escraches, la violencia verbal, el frentismo y el odio, los señalan con desprecio y con sorna como tibios y melindrosos equidistantes. A los que no quieren alistarse porque saben de buena tinta lo que sucederá, porque saben que enrolarse ciegamente en un ejército significa prepararse necesariamente para lo peor, los difaman con la etiqueta de equidistantes. A los educados, pacíficos, sensatos, nobles y mansos, los extremistas y exaltados, los rabiosos y resentidos que piden la vuelta a la sangre del 36 los llaman equidistantes, cuando no traidores a la patria. A la mayoría que quiere convivir en paz con los demás pueblos hermanos de España, a los silenciosos que se apartan asqueados cuando los ejércitos de asnos rugen bestialmente por las calles y los cabestros se embisten mutuamente, equidistantes los llaman. A los cuerdos que anteponen las cosas pequeñas de la vida (las únicas que realmente merecen la pena en este mundo) a las incendiarias soflamas patrioteras, a los más bajos instintos, a la ira irracional, a los pedazos de tela elevados a los altares como nuevos dioses, a los cánticos malos y desentonados que solo conducen a la destrucción, los atacan por equidistantes. Pues sin duda serán ellos, los educados, los inteligentes, los civilizados, los racionales y mal llamados equidistantes, los que el día después de la absurda batalla –cuando el fragor de los cuchillos y los gañidos animalescos hayan cesado y los perturbados extenuados tras la orgía de ira y barbarie deambulen por la ciudad arrasada con ojos alucinados y las ropas manchadas de sangre–, saldrán de sus casas, en silencio, como siempre han hecho, caminarán sobre las ruinas de lo que antes era la civilización y empezarán a levantar, piedra a piedra, hombro con hombro, los cimientos de un mundo nuevo y mejor.

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