Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 84, Opinión
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La zona oscura

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 6 de octubre de 2017

@lidia_sanchis

Es un hombre de edad indefinida; ni gordo, ni flaco; pelo crespo, andares peculiares y mirada un poco apagada. A menudo me cruzo con él al ir al trabajo. Si no fuera porque su forma de caminar y su mirada extraña indican la existencia de algún problema, podría pasar por un peatón más que circula, apresurado, al tajo. Pero sé que no es así, que difícilmente esa persona tendrá un trabajo al que acudir. Sé, sin que nadie me lo haya dicho, que ese ser humano no es de este mundo. O, al menos, no del todo. Conozco otros casos. El de un treintañero que visita cada día la biblioteca municipal. A veces va vestido con chaqueta y corbata; otras, su atuendo es más informal, pero siempre va aseado. Lleva un maletín de cuero marrón que le da un aspecto de profesor, de investigador. Pero cuando ocupa su sitio –siempre la misma mesa y la misma silla– empieza a susurrar consignas y códigos a un artilugio imaginario que no es otra cosa que el puño de su camisa. El agente secreto apenas molesta al resto de usuarios pero su presencia inquieta, al igual que un cuadro torcido perturba a los amantes del orden. Porque la línea que separa la normalidad de la excepción, la cordura de la locura es tan difusa que estoy convencida de que a lo largo de la vida algunos hemos tenido la suerte de ir y, sobre todo, de volver de ese lado oscuro, incluso varias veces. La enfermedad mental es un estigma todavía en estos tiempos; algo de lo que no se habla, que se esconde, que se elude. Los depresivos, los esquizofrénicos, los bipolares y los distintos nombres y grados que adopta el trastorno mental no tienen espacio en las agendas públicas. Ni siquiera figuras destacadas de la vida social consiguen que la enfermedad salga a la luz, sino que continúa habitando la zona oscura de la vida. “El príncipe Enrique, marido de la reina de Dinamarca, sufre un deterioro de sus funciones cognitivas que los médicos ya han diagnosticado como demencia”, informan los periódicos, apenas unos días después de que el consorte dijera que no quería ser enterrado junto a su mujer como “castigo” porque, precisamente debido a su frágil salud mental, no consiguió ser nombrado rey. Y el asunto queda como una llamativa nota al margen que, como mucho, nos hace pensar que los ricos también lloran. Porque uno se compadece de quien sufre un cáncer pero teme a quien tiene una enfermedad mental.

El día 10 de octubre es el Día Mundial de la Salud Mental –este año bajo el lema Trabajar sin máscaras. Emplear sin barreras– y quería escribir sobre algunas personas con las que me cruzo a diario, hombres y mujeres que están en el otro lado de la cordura que se nos presupone al resto. Son más de 400.000 los que padecen un trastorno severo, crónico, incurable. Quería pedirles un minuto de reflexión sobre ese padre que arrastra a su hijo de la mano hasta el autobús que lo llevará al centro de día; los dos, padre e hijo, cada día más parecidos, cada día más viejos. Y sobre esa niña que lucha por sobrevivir en un aula inclusiva de la ESO, una quinceañera que no soporta que nadie ocupe su pupitre ni sabe sonreír. Quisiera que meditaran sobre qué diferente sería la vida de cada uno de nosotros si una alteración de una millonésima parte de los sistemas de neurotransmisores nos hubiera abocado a ser ese hijo que camina casi arrastrándose hacia la parada del autobús, esa niña que no sabe sonreír o, peor, el padre o la madre de uno de ellos. En otros tiempos, la locura se asociaba con la genialidad, con el rechazo a las normas, con la extravagancia y con la creación. Y quizá en algunos casos continúe siendo así. Pero yo solo consigo pensar en el hombre del pelo crespo y en el agente secreto que tiene montado su cuartel general en una biblioteca pública. Gente que camina por la zona más oscura de la existencia y que difícilmente encontrará la luz.

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L'Avi

@AviNinotaire

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