Antonio J. Gras, Gastronomía, Opinión
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¿La revancha de la fabada?

Por Antonio J. Gras. Viernes, 20 de octubre de 2017

Gastronomía

Los datos económicos, esos que al final nos dan con la cruda realidad en nuestro rostro o en nuestro bolsillo resquebrajado, hablan de la actitud del resto de España, y del mundo, ante las consecuencias y repercusiones del problema catalán llevado al campo gastronomía.

Día a día podemos hacernos eco de las quejas de cientos de productores que viven en Cataluña y que si hasta ahora enviaban al resto de la península, y desde luego a otras partes del orbe, sus productos, y estos se vendían con normalidad, desde que este baile disonante ha dejado a más de uno/a sentadito sin pareja que lo saque a la pista, claman porque las ventas han caído, y si la cosa ya estaba achuchada, pero parecía que salíamos del hoyo, para algún empresario se está volviendo una situación grave.

Lo de aquel boicot al cava de hace años puede convertirse en una tragedia si entre todos no nos ponemos serios y dejamos de ensalzar actitudes machirulescas.

La gastronomía no es ajena a las duis, por más que un conocido me diga que los cocineros no deben señalarse. Pero el turismo comienza a dejar de mirar a Cataluña como punto de referencia, los restaurantes y hoteles han dejado de ingresar un 30-40 por ciento, que se dice pronto, y eso, de continuar, hará que los empresarios miren los números descendientes, las plantillas, y la elección parecerá clara: los más débiles irán desfilando por la puerta.

Pero si ya hemos tenido la experiencia con aquellas navidades del cava –que dejó de vender muchas botellas para alegría de otras zonas productoras–, si ya resulta difícil encontrar en cartas de muchos bares y restaurantes españoles vinos con las denominaciones de origen catalanas, ¿qué va a pasar con el amplio número de productos que Cataluña produce para la gastronomía?

Creía que la gente, cuando compraba, iba más allá del pensamiento: “no compro pizza Tarradellas, que es catalufo”. Porque ese señor se equivocaba, en parte.  A la larga, y a la corta, ese boicot puede ir contra él mismo. Los tomates que hay en las pizzas provienen de Extremadura, el atún puede llegar de Galicia, los brócolis de Murcia, y así vamos recorriendo geografías de una España que se autoabastece intracomunitariamente.

Hace unos días un bar de una población andaluza decidía quitar el nombre de bocadillo “a la catalana”, argumentando que el pan provenía de harinas andaluzas, el jamón era extremeño y el tomate de Almería. Tal vez, literalmente pueda tener razón, pero no quita de su carta la tortilla a la francesa por más que algunos cafres sigan volcando camiones españoles que transportan fruta o vayan cargados de vino.

Guerras insustanciales pero que hablan muy a las claras de cómo está el patio. Porque atacar la gastronomía local es atacar una parte primaria y base en la concepción de un pueblo, familia o nación.

“Odio a España, no como paella”, o como en la película “Fe de etarras”, donde los gudaris apoyan a Suiza en su confrontación con España durante el Mundial sudafricano.

¿En los bares, tabernas o restaurantes independentistas, no se comerá tortilla española, gazpacho andaluz, pulpo a la gallega, paella valenciana, chipirones en su tinta o fabada asturiana? ¿No se tomarán tapas, ni pinchos, ni raciones? ¿No se descorcharán botellas de Rioja o de Ribera del Duero? ¿No se usará el vinagre de Jerez ni el aceite de Jaén?

Y al contrario, ¿tendremos que dejar de disfrutar con los bombones de Oriol Balaguer, de beber las burbujas de Gramona o Recaredo, de acompañar platos con el pan de Triticum, de mojar nuestras ensaladas con aceite de Borges Blanques, Siurana o Les Garrigues? ¿De regocijarnos con las nuevas gamas de turrones de Agramunt ideadas por Albert Adriá, de acompañar los tomates o ensaladillas con anchoas de L´Escala? ¿Va a dejar de usar la cocina de vanguardia (y la que no lo es) los productos Quico Sosa, vestirse con los delantales y chaquetillas Transwaall o CSTY, organizar congresos gastronómicos el grupo de Roser Torres o leer las publicaciones de la editorial Montagut o el placentero Apicius?

Pensar que de las cartas de la restauración española desaparecieran platos como la crema catalana, los canelones, la brandada, el arroz negro, la escalivada, por sólo poner un ejemplo de la rica gastronomía catalana, supondría que estamos entrando en un nivel de gilipollez importante.

Pero, ¿y si como respuesta contundente a la separación que pretenden algunos se hicieran fuerte en reivindicar platos que hablan de una españolidad intachable? ¿Llegaríamos a ver reivindicada la fabada, o cualquiera de los platos entendidos como nacionales, como santo y seña de un espíritu de unidad?

Cuando la economía entra por medio, la gastronomía acaba perdiendo, porque los intereses velados aparecen desvelados y los terrenos perdidos muy pocas veces vuelven a ser ganados.

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Antonio J. Gras

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