José Romero, Número 84, Opinión
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La libertad del preso

La ronda de los presos, cuadro de Vincent Van Gogh.

Por José Romero García. Viernes, 6 de octubre de 2017

La búsqueda de la felicidad es en sí misma una búsqueda por las cadenas que te tienen preso. Si un ser quiere ser feliz necesita ser libre para conseguirlo. Si quiere ser libre necesita razonar.

Un preso según nuestra visión desde el mundo exterior no es libre. Y por lo tanto no es feliz, pues está coaccionado a estar preso. Su felicidad depende ahora del razonamiento. Razonar cómo puede ser feliz en esas circunstancias. Y es difícil, ya que la voluntad humana por aspirar a un fin le puede superar. ¿Cuál es el fin del preso sino escapar de la prisión?

Para este problema planteo la hipótesis del preso con opción a morir. A este preso le condenaron a cadena perpetua sin posibilidad de reducción. Pero le dieron la opción de la silla eléctrica si lo desea. Así que el prisionero queda por convertirse en preso de sí mismo. Ahora tiene la capacidad de elegir entre la muerte, la cárcel o el mundo exterior.

El preso intentará escaparse de la cárcel y a varios intentos frustrados desesperará. Ahora debe razonar si está encadenado y por ende sin posibilidad de salir de allí, o si no está encadenado y sí puede salir. Depende de la seguridad de la cárcel. Y ahí está la búsqueda por las cadenas. El que encuentre o no modo de salir de ahí es irrelevante. Eso lo dejamos en sus manos. Que elija lo que más le convenga.

La elección está ahora entre morir o vivir. Si muere no hay vuelta atrás. Si vive es posible que viva infeliz.

Hablaremos ahora de la vida pues de la muerte poco se puede hablar. ¿Qué podría hacer el preso? Podría sentarse cada mañana en su cama y mirar por la ventana el mundo exterior. Después podría imaginarse a sí mismo yendo a un bar, hablaría con sus seres queridos y sería feliz al menos en el tiempo en el que se imagina todo eso. Luego sería infeliz porque tal vida ya no le pertenece y sabe que nunca más le pertenecerá, pues está encadenado.

Pero hay otra opción. Y es adaptarse a las circunstancias que le han tocado vivir. Qué iba a hacer entonces, ¿volverse loco por salir de allí aun sabiendo que no es posible? Eso sólo traería desgracia y frustración.

El preso debería buscar la felicidad dentro de la misma cárcel. Y para encontrarla ha de olvidar que no es libre. Pues, ¿qué es el dentro y el fuera si no hay cadenas? Él sabe que está encadenado, y sabe que no hay manera de salir. Entonces lo que debe hacer es olvidar que está preso. Sólo así conseguirá convertir la prisión en un dentro acogedor, y el exterior en un fuera no deseado. Y de ésa manera el preso es feliz. O acaso no es felicidad ver todos los días el amanecer desde una antigua ventana con rejas. O acaso no es felicidad salir al patio y tomar el fresco.

Qué felicidad más estúpida podrá decir un hombre del mundo exterior. ¿Es que ellos son felices acaso? ¿Es que su mundo es libre de verdad? Pues en verdad, el mundo exterior es una cárcel perfecta. Ya que sus habitantes no saben que están presos. Qué más le darán los muros que le rodean a un preso si ha encontrado la felicidad dentro de los muros.

Al fin y al cabo todos estamos presos, unos en la prisión, y otros en el mundo exterior. Qué hacemos si no, más que intentar ser libres.

¡Cuántas cárceles perderían su sentido inherente si todos sus presos siguieran estos ideales! Y es que las prisiones están caducas y son decrépitas.

¿Qué sentido tendría la cárcel si sus prisioneros son felices?

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