Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 85, Opinión
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Felicianos

Por Luis Sánchez. Viernes, 20 de octubre de 2017

Luis Sánchez

La señora, por hacer una gracia, se agacha casi hasta la altura del niño y le pregunta con dulzona vocecita de hada madrina:

–¿Y tú qué quieres ser de mayor, eh, chiquilín?

El niño, sin pensárselo dos veces, le suelta con natural desparpajo:

–Tragaldabas, como mi padre.

Ante la inesperada respuesta, las oportunas sonrisitas de disimulo, entre la indiscreta señora y la mamá del niño.

Dejando a un lado el alarmante aumento de peso de los niños españoles –aquí tenemos la infalible receta: chuches, refrescos, bollería industrial y mínimo ejercicio–, llama la atención el empeño de los padres, que propician, a toda costa, la felicidad de sus vástagos.

“Yo lo que quiero es que mis hijos sean felices”. ¿Y qué madre o padre, hoy en día, no firmaría esta orgullosa desideración? Como si el deseo implacable, el consentimiento excesivo y la laxitud de normas básicas fueran los ingredientes fundamentales para conseguirlo. Y sabemos que un niño al que no se le marcan límites precisos, acaba convirtiéndose en un monstruo (¡el monstruo de las galletas!). Porque al niño no hay que dárselo todo, sino darle de todo: lo que le gusta (chocolate) y lo que no le gusta (acelgas), y eso conlleva el cultivo de la paciencia, del esfuerzo, de la renuncia… Así, y con el merecido cariño, le aseguramos las mejores condiciones para que se haga persona, para que llegue a convertirse, de verdad, en un ser humano. Del mismo modo que el objetivo de las instituciones educativas no es crear empleados, sino formar ciudadanos; y no queremos que de las aulas salgan consumidores, sino personas, individuos enraizados en la sociedad y no inmersos en su mundo particular. Y eso por no hablar de la sustitución de habilidades naturales por aplicaciones lógicas. ¿Dónde queda la intuición?, ¿y el placer de descubrir?

La felicidad, entendida así, como un concepto que baila entre el utilitarismo y el hedonismo, y convertida en un producto más, al alcance de la mano y con aroma a vainilla, sólo origina individuos insuficientes, es decir, con escaso sentido crítico, pobreza moral y con auténticas dificultades para gestionar sus emociones y enfrentarse a los inconvenientes de la vida, pues no pasa de ser un concepto infantil de la felicidad. ¡Hasta ahí podíamos llegar; pues hasta ahí hemos llegado!

Y es que la felicidad nada tiene que ver con la satisfacción inmediata de los deseos ni con los caprichos de un ego inflado, sino más bien con esa conciencia expandida que, mientras aguarda su turno en la cola, va ganando en perspectiva (el retroego).

Como desde bien chiquito he llevado una vida bastante achuchada, no soy yo muy feliciano que digamos. La felicidad siempre me pareció una insana excentricidad, una pretensión burguesa, algo así como la plusvalía que extraes a los pobres desgraciados; conque soy más persona de conocimiento y de saber, porque ha sido el estudio el que me ha liberado de las cargas que soportaba: vergüenzas, inseguridades, complejos, temores, rabia, desesperación, rencor… Para mí, la vida es, ante todo, conocimiento, puesto que el conocimiento te permite sacar lo que llevas dentro y, finalmente, llegar a la aceptación de ti mismo, ¡nada más y nada menos! Además, la felicidad es efímera (lleva inscrita la fecha de caducidad) y, en cambio, el conocimiento crece con el tiempo y, encima, no te abandona ni te traiciona. Recuerdo con fruición aquella frase genial de Makinavaja, el personaje de Ivá para la revista El Jueves, que, como un par de hostias frescas, te sacaba del embotamiento juvenil, allá por los años 80 y 90 del siglo pasado: “La verdad jode, pero curte”.

No obstante, para aquellas personas que aspiran a la felicidad (o al menos, a orientar mejor sus vidas), hay un libro que no tiene desperdicio: La conquista de la felicidad, del admirable filósofo británico Bertrand Russell (1872-1970). Se lee con tremenda facilidad y, desde luego, es mucho más recomendable que cualquier libro de autoayuda (aunque estos prometan, con una pizca de frivolidad y otra de premura, tocar el cielo con la puntita de la nariz). En unos años, la droga de la felicidad (de venta exclusiva en farmacias).

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