Angel Ruiz, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 85, Opinión
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El genio

Por José Antequera / Ilustración: Cruz. Viernes, 20 de octubre de 2017

@jantequera8

Maldigo al destino por no haberme presentado antes al maestro. Pese a que los dos trabajábamos como periodistas en Murcia –él en Diario 16, yo en La Opinión (apenas dos calles más abajo)–, curiosamente nuestras vidas fueron paralelas, plutarquianas, y nunca se cruzaron. Nunca hasta que hace tres años, cuando ambos estábamos ya en el dique seco, fuera del circuito diabólico de la prensa (él jubilado, yo retirado por causa mayor) un amigo común me lo recomendó como colaborador para Revista Gurb. “Tienes que fichar a Paco Cisterna; es sencillamente un genio”. A menudo desconfío de quienes abusan de tan manido adjetivo, no solo porque hoy los supuestos genios brotan como setas (todo el mundo va de genio en un postureo insoportable que sin duda parte de una enfermiza confusión entre lo mediocre y lo sublime) sino porque siempre he creído que esa condición se compone de un dos por ciento de talento y de un noventa y ocho por ciento de “perseverante aplicación”, tal como dejó escrito Beethoven. El caso es que, pese a que el marciano Gurb ya contaba con abundancia de colaboradores, finalmente opté por telefonear a Paco e intercambiamos algunas impresiones. Charlamos sobre el oficio de periodista, sobre la literatura y sobre la vida en general. También, cómo no, sobre las macizas divas italianas, Sophia Loren, Claudia Cardinale, Monica Bellucci… A los cinco minutos de conocernos nos estábamos partiendo de risa. Y ya para siempre.

Días después me envió su primer artículo (“con confianza, si no lo ves bueno no lo publiques”, me dijo) lo examiné con interés y comprendí que estábamos ante un auténtico maestro de la palabra que nos daba veinte vueltas a todos los que nos autobautizamos, no sin cierta imprudencia y bastante vanagloria, como columnistas de opinión. Su estilo era clásico, artesanal, depurado, barroco y añejo como el mejor vino criado en barrica; su dominio del vocabulario absolutamente apabulllante; sus conocimientos sobre cualquier tema, ya fuera la política, la filosofía, el arte, el deporte o el cine, impresionaban; pero sobre todo, y por encima de cualquier otro don, poseía ese duende y esa gracia que solo manejan unos cuantos afortunados: un fino, elegante y agudísimo sentido del humor. Sus retruécanos, juegos de palabras, metáforas, ironías, circunloquios, sarcasmos y figuras paródicas eran constantes y funcionaban casi siempre como un reloj suizo. No cabía ninguna duda: Francisco Cisterna, Paco Cisterna –tal era su nombre artístico–, era un auténtico maestro a la altura de los más grandes. ¿Qué hacía ese genio desaprovechado y olvidado por los grandes periódicos vagando por el mundo como un espíritu errante? No me cabía en la cabeza.

Durante tres años Paco y yo compartimos conversaciones y bromas a través del correo privado de Facebook, que se convirtió en nuestro canal confidencial de comunicación. Quién nos lo iba a decir: dos carrozones chateando como adolescentes a través del estúpido Caralibro. “Hola ¿estás por ahí, José? Por aquí ando maestro, preparando unas lentejas”. Y así nos tirábamos horas y horas chafardeando, cotilleando, charlando sobre lo divino y lo humano, Vargas Llosa o García Márquez, el Barça o el Madrid, las miserias del oficio de escritor, la crisis de la literatura, las mejores escenas de la historia del cine, la próxima portada de Revista Gurb y la receta perfecta para cocinar un buen pollo al chilindrón. Tertulias cibernéticas en las que, por supuesto, siempre afloraban sus inseguridades de genio, como no podía ser de otra manera porque el auténtico genio, el genio verdadero, siempre duda de que lo es. Su columna semanal, que enviaba puntualmente cada jueves, solía ser antológica, pero para él siempre había algo que fallaba o algo que le chirriaba o simplemente la pieza no llegaba a ser lo suficientemente buena. Como todo grande, era un insatisfecho, un perfeccionista hasta la obsesión, y también un hipocondríaco, al igual que yo, aunque él era mucho más Woody Allen en ese aspecto. Nuestros acúfenos, artritis, miopías y achaques varios de la edad, más o menos graves o injustificados, siempre tenían un huequecito en nuestros diálogos delirantes.

Hace solo unos meses me dijo que después de cuarenta años como adicto al tabaco estaba dejando el fumeque. Y yo me alegré mucho por él. Había estado dándole la gaita con que tenía que dejarse el vicio de una vez y al final me hizo caso. De una cajetilla al día pasó a diez o quince cigarros, luego cuatro o cinco, al final el pito de después del café, o eso al menos me decía. Pasó semanas muy duras por culpa del síndrome de abstinencia, aunque al final consiguió quitarse el alquitrán de encima. “Le tengo que echar cacahuetes al jodío mono, pero lo mantengo a raya Jose, lo mantengo a raya”, bromeaba socarronamente. Ironías de la vida, justo cuando empezaba a salir de la nicotina le llegó el mazazo. Fue un maldito día de verano, no lo olvidaré nunca porque me lo pasé llorando. Me llamó para decirme que, muy a su pesar, ya no podía seguir escribiendo en Revista Gurb. Los médicos le habían encontrado un tumor, le fallaban las fuerzas, la enfermedad lo estaba dejando muy debilitado. El mal le había robado lo más sagrado que tenía: ese humor fino y esa retranca quevedesca que se gastaba en sus textos magistrales. A mí se me partió el corazón.

Esta semana nos han comunicado la noticia de su muerte. La revista se queda no solo sin uno de sus mejores escritores, sino también sin la mejor parte de su alma máter. Paco, el maestro Cisterna, fue un superviviente de la vieja escuela, uno de esos reporteros clásicos que como dinosaurios de otra época empiezan a estar ya en vías de extinción. Como digo, tenía un talento innato para el humor, la sátira y la buena literatura. Era lo que se dice un creador total que derrochaba talento por los cuatro costados. En un tiempo en que abundan los escritorcillos de medio pelo que se llevan premios de relumbrón sin merecerlos, nuestro Paco era un diamante en bruto injustamente tratado y lamentablemente desaprovechado, un continuador de nuestra mejor tradición literaria en la línea de Miguel Mihura, Gómez de la Serna, Bergamín o Jardiel Poncela. Nos deja un puñado de piezas sublimes que a nuestro entender formarán parte, algún día, si es que hay justicia universal, de la antología del periodismo español. Nunca olvidaré los buenos ratos que pasamos juntos, riéndonos de todo y de todos, haciendo chistes políticamente incorrectos, sin dejar títere con cabeza, por supuesto, mientras preparábamos la edición de la semana siguiente.

Desde algún lugar en el Olimpo de los genios, que es donde sin duda estará Paco por derecho propio, seguirá choteándose del mundo, construyendo sus brillantes sarcasmos, circunloquios y juegos de palabras, lanzando sus dardos envenenados de sátiro plumilla contra políticos y poderosos, los Rajoy y Puigdemont de la vida que no se merecen más que nuestro absoluto desprecio y nuestras chanzas más encarnizadas. Los mediocres existen para que los grandes hombres como Paco Cisterna saquen lo mejor de la inteligencia y lo más noble del ser humano. Toda la familia de Gurb quiere expresar a los suyos nuestras más sinceras condolencias. Descanse en paz maestro. Y gracias por tantos buenos momentos.

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Cruz

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