González de la Cuesta, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 85, Opinión
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“¡Dios mío! ¿Qué es España?”

Por González de la Cuesta / Viñeta: Luis Sánchez. Viernes, 20 de octubre de 2017

González de la Cuesta

“¡Dios mío ¿Qué es España?!”, exclamaba alarmado ya en 1914 Ortega y Gasset por la falta de identidad que este país arrastraba desde hacía varias centurias. No ha sido Ortega el único intelectual que se preocupó por una España en constante descomposición identitaria, incapaz de encontrar un camino enraizado en unos valores comunes, de los que todos los españoles se pudieran sentir orgullosos. Otros intelectuales a lo largo del siglo XX también han tratado de escarbar en la psique colectiva del pueblo español y lo único que han encontrado ha sido la semblanza de El Quijote, como figura que nos une en nuestro desvarío. Que sea ese maravilloso chiflado, que interpretaba el mundo según lo veía su locura, el que nos da la identidad,  no es mala cosa, porque no deja de ser divertido. Pero nos hace transitar por el mundo sin enterarnos de nada de lo que sucede alrededor, con ese sentido de la justicia entroncada al honor (ya lo decía Calderón: “El honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”) como la más alta dignidad que una persona puede tener. No es difícil, por tanto, que erremos casi siempre el tiro, defendiendo lo que realmente no nos afecta.

La estupidez de los españoles hizo clamar al poeta César Vallejo aquello de “España, aparta de mí este cáliz”, en un desgarrador poemario escrito a finales de 1937, cuando el país se desangraba por la falta de un proyecto común de vida: “¡…si tardo/si no veis a nadie, si os asustan/los lápices sin punta, si la madre/España cae, digo, es un decir,/salid niños del mundo, id a buscarla!…”

Volviendo a Ortega, nos quedamos sin aliento al leer estas palabras, que son un lamento sobre  nuestra falta de cordura y desaliño como país: “La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el progresivo aniquilamiento de la posibilidad de España”. Terrorífico que un pueblo sólo tenga como alternativa de convivencia su autoinmolación.

Sin embargo, resulta conmovedor que este país, a veces tan de pandereta, a veces tan capaz de dar al mundo grandes obras en todos los ámbitos del saber, se convierta en una añoranza triste cuando uno se encuentra lejos de él. María Zambrano, una de las mujeres más lúcidas que ha dado el siglo XX en España, y si hubiera sido extranjera en el mundo, declaraba tras volver de su doloroso exilio: “Cuando ya se sabe sin ella, sin padecer alguno, cuando ya no se recibe nada, nada de la patria, entonces se le aparece”. Porque el desencuentro de España con su propio destino es un mal que nunca nos hemos propuesto erradicar, lo que lleva a reflexionar a la filósofa y pensadora malagueña, en un intento de enderezar el árbol torcido por la carcoma: “La razón de tanta sin razón y el sentido de tan inmenso caos, la razón del delirio, la locura y hasta de la variedad, claman por ser encontrados”.

Nada hemos aprendido, quizá porque no interesa que aprendamos, y hoy, tras un periodo que parecía de lucidez nacional (ahora sabemos que al alto precio de desvalijar el país) volvemos a la quijotada y al honor como patrimonio del alma, y ya se sabe que este sólo pertenece a Dios, y por tanto, es una verdad absoluta. La cerrazón de una clase política y dirigente puesta por nosotros y la mirada ajena de la sociedad, que observa lo que está sucediendo desde la barrera, como si se tratase de un espectáculo taurino, nos vuelven a conducir al desgarro, a la intolerancia, a la imposición por la fuerza o la descalificación, cuando no al insulto de quien se cree en posesión de la verdad universal y tiene que arrojarla contra quien no es como él.

España  se vuelve a desangrar por la cerrazón de una derecha demasiado acostumbrada a patrimonializar la idea de nación y el miedo de la izquierda a identificarse con un proyecto de país tolerante, abierto y de convivencia, que se pueda llamar España, sin rubor. Una izquierda que todavía tiene muchas legañas del franquismo y es incapaz de aglutinar a todos los españoles y sus patrias chicas en una identidad común, que contrarreste el nacionalismo que ahora mismo está poniendo el país patas arriba.

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Luis Sánchez

1 Kommentare

  1. Ergasofia dicen

    Brillante exposición, mas, si al Quijote nos conduces como figura unionista, tendría que añadir que su autor fue judío, si, de los que lo eran en la “intimidad”, por prudencia y supervivencia, no como algún personaje que ahora ya sin bigote, es conocido por su tolerancia y humanidad. Pero volviendo al Quijote, su andadura manchega destila Cábala por todos sus poros. Y si en lugar de la erudición nos acercamos a la mística, nos daremos cuenta que, personajes como sta Teresa o S. Juan de la Cruz, se inspiraron el mística musulmana. Así, las mejores erudiciones las trajeron de otros territorios y que “gracias” a las conquistas pudimos disfrutar de ellos como propios, mas no es cierto.
    Ay! que habrá sido de todo ese conocimiento! Estará en el ADN de alguno de los personajes actuales?

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