Número 83
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Solus ipse

Diógenes, de Jean Léon Gérôme.

Por José Romero García. Viernes, 22 de septiembre de 2017

Tal vez, como dijo Albert Camus la vida carece de sentido. Sin lugar a duda, no hay forma de vida más absurda que vivir en el engaño. Si un ser abstracto, llamémoslo conspiración, engaña a un individuo elucubrando una realidad inestable, el porqué de esa realidad es desconocido, ergo es absurda tal creación.

Mi tesis parte de la duda metódica para dibujar una realidad aparentemente invisible a nuestros ojos pero posible en el ámbito filosófico. Los textos son aquí la otredad, el prójimo de este juego. Unos seres que no son. Seres que dependen de tu existencia para existir. Esos seres entonces no son.

Mi tesis también es egocéntrica. Por más deplorable que suene esa palabra ser egocéntrico no es malo, es una observación evidente. Pero, ¿quién es egocéntrico? Ego es referente al yo, yo lo llamo ser único, inigualable, individuo. Egocéntrico entonces soy yo.

El egocentrismo filosófico, desde su inicio como idea en la mente de un individuo altera toda percepción ya creada desde que nace tal individuo. Destruye todas las ideas preconcebidas que pudo creer el individuo. En ese preciso instante en el que me doy cuenta de que estoy solo, de que soy un ser solitario, ocurre este egocentrismo y se agudiza la individualidad filosófica. El individuo niega los valores creados por el prójimo, en otros términos: se acaba de dar el nihilismo activo.

Pero, ¿cómo puedo afirmar como si de fe tratase que el texto no existe? A esto se responde así: Un ser del que no puede ser probado su existencia, un ser que actúa en grupo, un ser que comenzó a ser desde que tú naciste, desde que yo nací. Es mínimo un no ser. Por eso digo que es un ser que no es. Todo lo que sabemos de él proviene de mi percepción, de mi realidad.

Quién en su sano juicio ha podido crear a estos bastardos, a los bastardos de los textos. Si alguien los ha creado, ese alguien es sin duda yo. Si Dios existiese lo habría creado yo, ni el propio Dios se libra de ser un texto, es más, es el texto de textos. El líder de la plebe. Dios nació en el momento en el que yo nací. Quién sabe si él me creó, pero de lo que estoy seguro es de que si me creó yo no soy consciente de ello, y no es cognoscible para mí tal hazaña, crear al creador de los engaños, crear al creador de los textos. Crearme a mí. Este egocentrismo llega al punto de afirmar que yo creé a Dios. Afirmo pues esto con estas palabras: todo lo que veo, todo lo que siento, todo lo que percibo es obra mía. Yo lo creé a mi imagen y semejanza. Hasta este punto llega mi egocentrismo. Pues todo lo que conozco es posible de conocer, todo lo que entiendo es posible de entender. Ningún hombre en la faz de la tierra se sale de mi entendimiento. Todo es cognoscible para mí. Y si es cognoscible, es que yo lo he podido crear.

Después de darme cuenta de esto viene el engaño y su sin sentido. Llega la parte en la cual la vida pierde sentido alguno. Qué importa ahora mi vida, estoy solo. Como es a lo incognoscible a lo que queremos dar nombre mi yo quiere cruzar el muro, entender qué hay más allá de la realidad ya conocida. Mas, no he de caer en el solipsismo moral ni en el nihilismo activo, negué los valores creados por el prójimo, pues bien, unos nuevos valores he de crear. He de entender de la misma manera que entiendo que no existen, que ellos me hacen falta. Los textos hacen falta. Pues la única manera de cruzar el muro es la muerte, y si espero la muerte ya estoy actuando como un cristiano, y los nuevos valores no quieren despreciar la vida. He de amar la vida y enfrentarme al engaño, pero nunca basar mi vida en cruzar el muro. De esta forma la vida vuelve a tener mínimo sentido, siempre y cuando ese sentido viva dentro del sin sentido.

Con los nuevos valores ya creados digo sí a la vida. Y sobre todo, sí a mi vida.

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