Antonio Jorge Meroño, Relatos cortos
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Papá

Por Antonio J. Meroño. Viernes, 8 de septiembre de 2017

   Ficciones

¿A qué hora vendrás?, pregunta Marta. Me quedo a ver el partido en el hospital, duermo allí. Antes llevo a mamá a su casa y tomo por ahí un sándwich, no me gusta esa cafetería, no me gusta nada de ese hospital, ni de ninguno, no pisaba uno desde la muerte del abuelo. Papá lleva allí un mes y sólo saldrá con los pies por delante. Esta noche, la Roja juega contra Italia, lo veremos juntos en su habitación. El fútbol es lo único que nos queda, algo que siempre nos ha unido. Tenía siete u ocho años la primera vez que me llevó al Camp Nou pese a que es un merengón de toda la vida. Luego he ido con él al Bernabéu, sobre todo en tiempos de la Quinta del Buitre, cuando el Milán los humillaba en la Copa de Europa, vaya tiempos.

He tomado un sándwich y una Heineken tras dejar a mamá en casa, va a empezar el partido. Papá está consciente, pero mal, según los médicos le quedan dos o tres semanas y hace tiempo que aciertan en eso. La vida es una mierda, nada merece la pena, todo consiste en comer y dormir, poco más. Papá lleva apenas cinco años jubilado, toda una vida de trabajo y sacrificio y no podrá disfrutar su vejez, poco gasto le ha hecho a la Seguridad Social.

Creció en una dictadura, tenía casi cuarenta años cuando murió Franco, una generación desperdiciada, maltratada, al basurero de la historia. De acuerdo que muchos fueron tibios, acomodaticios incluso, franquistas convencidos unos cuantos, fueron sus padres los que hicieron la guerra, se enfrentaron al dictador, pero no somos quien para juzgarlos, lo pasaron fatal.

 Nos despertaba a Laura y a mí por las mañanas, cuando él ya llevaba una hora o más bregando y nos llevaba al colegio, uno privado, nada barato, que le costaba mucho pagar, un cole bastante liberal donde aprendimos idiomas, humanidades, mates, disciplina y, lo más importante, amor por la libertad, respeto al prójimo. Cada vez que veo una peli española de los cincuenta o los sesenta crítica, de los contestatarios Saura, Bardem, Patino, y constato el clima de miseria moral del franquismo pienso en ellos, en todas las personas que en los sesenta se enamoraban e iban a guateques y tomaban ginebra al tiempo que sufrían una horrible represión, era un día a día insoportable, puto caudillo, maldito hijo de perra.

¿Diferencias, choque generacional? Claro, siempre lo hay, es ley de vida, pero papá (tampoco mamá) nunca me ha empujado a estudiar tal o cual cosa, escoger tal o cual trabajo, casarme.

 –Papá, ha marcado Puyol.

–Ya hijo, vamos cojonudos, como un tiro.

 Sí, ha marcado Puyol, ante el coco, Alemania.

Siempre ha sido un hombre colérico, pero bueno y justo. Parece que estoy haciendo el panegírico de un hombre perfecto, y eso tampoco. Esta noche es la final. Mañana llega Laura y me releva un poco para dormir aquí, es un espanto, me duele todo el cuerpo. Quizá le hubiera venido bien un terapeuta, pero, ¿qué más da? Ya cae la tarde, voy a tomarme un McPollo y no sé si cerveza, esa para el partido, un poco de vino, aunque en el burger no tienen, iré a un sitio algo más fino, un día es un día, en unas horas vamos a ser campeones del mundo de fútbol, algo con lo que soñaba hace tiempo y que ahora me la suda.

Me gustaría tener dotes de poeta para escribir algo como Padre, de Aute, que escuchaba de adolescente y no he vuelto a escuchar en treinta años pero que recuerdo palabra por palabra y no me lo puedo quitar de la cabeza. “Me hubiese gustado despedirte con un canto, medio adiós y medio llanto / respetuoso con tu yacer magnífico y sereno, un canto fructuoso y pleno”. Cuánto tiempo voy a pasar sin ganas de nada, hundido en la melancolía, sin leer ni ir al teatro. Es ley de vida, pero solo cuando te toca te das cuenta de la gran putada que es, sí, eso, la muerte, eso que solo pasa o debería pasar a los demás, como pensamos de niños. Marta y yo no hemos tenido hijos, tengo a Pablo y Óscar, los críos de Laura, pero viven en Salamanca, los veo muy poco, no los controlo, no es que me sean ajenos pero nos falta contacto, cercanía.

Este es nuestro veraneo, solemos alquilar algo en agosto por la Costa Brava o nos vamos al Pirineo o a Francia o a un crucero, ahora verano de fútbol, calor y muerte. Desde luego, solo vive quien sabe odiar en su medida los veranos, como escribí de adolescente cuando andaba pirado por Mamen, en Torrevieja, aquellos largos veranos de besos, cerveza y carmín.

Conduzco por un Madrid desierto, todo el mundo está con la Roja, vaya locura, parece que el fútbol es lo único que nos une en este país, vaya carajo.

Papá, ¿has visto la patada que le han dado a Xabi Alonso?

–Sí, vaya un tío guarro.

Prórroga. Joder, estoy nervioso, por un puto partido. Siguen contraatacando con peligro, vaya cabrones….a ver, Iniesta, GOOOOLLLLLL.

–Hemos ganado, hijo.

–Sí papá, hemos ganado.

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Antonio J. Meroño

 

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