Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 83, Opinión
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Palabras maltratadas

Por Luis Sánchez. Viernes, 22 de septiembre

Luis Sánchez

En nuestro aritmético país de trapisonda (las cuentas nunca están claras), el ágora siempre acaba tomando forma de gallinero, de campo de fútbol o de bar con olor a fritura. Es lo que tenemos, que la sabiduría popular campa a sus anchas y se exhibe, jovial, entre gota y gota de un sudor húmedo y pegajoso. Últimamente, se está imponiendo, entre la chavalería patria, escribir la palabra cero con zeta; pero así, con una apabullante naturalidad que llega incluso a irritar. ¿Notoria influencia del inglés?; por supuesto, y también, de algunas empresas, que descuidan la ortografía.

Hay una conocida marca de colutorio (no confundir con locutorio ni tampoco, con consultorio) en cuya etiqueta de botella aparece la palabra zero. Sí, el enjuague, que presume de no dejar ningún bicho pernicioso para nuestra higiene bucodental, es zero (sin alcohol). Y hay una marca de bebida refrescante (con sede central en Atlanta, en el estado de Georgia) que también incluye la palabra zero, para dar a entender que no lleva azúcar, o sea, que no te aporta calorías. Sí, la palabra zero (así, con zeta) se ha convertido en un poderoso reclamo que garantiza lo mejor para ti (para tu salud, que rima con alud). Y es que el zero, el número, la cantidad, el porcentaje, goza de enorme tirón publicitario.

Ahora bien, un cero escrito con zeta es peor que un cero patatero; mucho peor que un cero a la izquierda. ¡Es una completa nulidad: un cero absoluto!, pero un cero absoluto ridículo, patético, qué digo, peripatético, despojado ya de cualquier autoridad científica (recordemos, cómo no, el cero Kelvin, o sea, los -273,16 ºC). Un cero, escrito con la letra zeta, que es –¡mucha atención!– la última letra del abecedario. De la ce a la zeta: es pasar de la tercera posición a la última. ¡Ya me contarás la gracia que te hace! Y cuando lanzan una nave al espacio, y comienza la cuenta atrás… ¡3, 2, 1… 0!  El cero, como es lógico, siempre el último, ahí lo dejan, como si fuese el último mono. En fin, cero al cociente y bajo la cifra siguiente.

La palabra cero, que proviene del árabe andalusí sifr y significa vacío o exento de cantidad o de número, arrastra muy mala fama, pues carece de valor propio; por lo tanto, si se coloca a la izquierda de un número entero, en nada lo modifica, y es un holgazán; en cambio, si se coloca a la derecha, decuplica el valor del número, y entonces es un aprovechado. Conclusión: para muchos no deja de ser un convenenciero. Además, con lo redondito que está el número y la vanidad que exhala (los antiguos indios de la India bien que lo conocían; y los mayas, también), le metes una zeta a la palabra y lo desinflas ipso facto, vamos, lo dejas a la mismísima altura del betún. ¡Menuda humillación! Vivía solo y lo partió un rayo. Es que… es que… Y eso, por no hablar de cuando era pequeño y, en el colegio, los compañeros de clase se le burlaban mientras salía a la pizarra: ¡Ahí va el gordito relleno!, disparaban sin piedad ni conmiseración. ¡Ya sólo falta que, como remache, te corten el pelo al cero! Luego, sacas un rosco en Lengua Española… y para presumir de calificación, ¿verdad? ¡Todos huyen del 0 como de la peste!

Y, ahora, llegados a este crucial punto de dejadez ortográfica, surge el improrrogable dilema: ¿qué hacemos con el ultrajado cero, con el muñeco de nieve, con el huevo cósmico? Porque no lo vamos a echar, así, sin ninguna razón de peso, o precisamente por razones de peso, a la puñetera papelera; eso sería lo más sencillo, lo más cómodo. A ver, tú, ¿qué hacemos con esa palabra, fuguillas de terciopelo?

—¡Yo, yo, maestro…!, ¡yo tengo la solución!: “Le damos un paquete de chicles ‘libre de azúcar’ (sugar free), para que se entretenga haciendo globitos (globitos como ceros; mola, ¿eh?), y lo depositamos en una zona ‘libre de humo’ (smoke-free), para que no se intoxique. Está guay, ¿no?, porque para eso estamos en la globalización y vivimos en un mundo libre, en el que impera —y si no es pera, será manzana— el mercado libre, el horario libre y el despido libre”.

¡Ay, queridos compadrones!, no hay nada más hermoso, bajo el azul genovés, que el libre albedrío impregnado de aroma neoliberal. ¿Sin azúcar?, ¿sin humo? ¡Sin neuronas!

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