Luis Sánchez, Número 82, Opinión
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El bandido besucón

Por Luis Sánchez. Ilustración: Maritza Piña. Viernes, 8 de septiembre de 2017

Luis Sánchez

Felipe era un chico alto, bien parecido, moreno, con la onda que le caía por la mitad de la frente y casi le tapaba el ojo; eso le daba un aire de intelectual al hijo de la señora Jacinta, viuda desde bien joven. ¡Con lo que a mí me gusta leer e imaginar historias! Y la mirada que se gastaba el mozo, seguro que se la había trabajado durante horas y horas frente al azogue, porque no se puede mirar así –como lo hacía él– sin practicar mucho tiempo. Seguro que contaba con la sonriente aprobación de su madre.

“Va para galán de cine”, comentábamos nosotras, entre risas, cuentos picantes y suspiros, mientras comíamos un helado de cucurucho por la alameda. Pero Felipe, que era muy regalado y muy suyo, jamás se tomó en serio lo de trabajar en el cine, ni siquiera lo de trabajar a secas. Él iba, venía, se paseaba solo –sin amigos–, se acercaba, te miraba y se dejaba querer.

“Y si no encuentras salida, ¿por qué no buscas, en la ciudad, aunque sea de camarero, los hay que son muy apuestos?”, le decía Lucía, la más atrevida de todas nosotras. Y él, con esa caída de párpados que te derretía al instante, contestaba: “Yo no sirvo para llevar bandejas. En todo caso, de maître”. Y era verdad: tenía manos de contable. Al final, siempre acabábamos invitándolo a una gaseosa o al cine. Y él nos compensaba con un beso; pero el beso nos lo daba cuando él decidía, y siempre por sorpresa, y después echaba a volar y ya no lo volvíamos a ver hasta el día siguiente o el otro. Ahora, que de crío hacía lo mismo: le dábamos un puñado de pipas o un caramelo y, en vez de darnos las gracias, nos estampaba un beso en la mejilla y salía disparado como un conejo.

Como todas, o casi todas, estábamos loquitas por él, hubo un grupo de chicos de nuestra edad que le cogió ojeriza; y una vez hasta le amenazaron y todo, que yo lo oí: “No nos gustan los artistas de cine, así que pica suela, ¡guaperas!”. Él no abrió la boca ni hizo ningún gesto; pero seguro que se asustó (eran cinco o seis). El caso es que cada vez veíamos menos a Felipe. “Estará rodando una película”, soltaba Lucía y, a continuación, nos echábamos todas a reír. Pero no, Felipe seguía en el pueblo, aunque parecía un fantasma, porque, al anochecer, se te aparecía, cuando menos lo imaginabas, apoyado el hombro contra una esquina, el cigarrito en los labios, marcándote el paso con la mirada, y hasta que no pasabas cerca de él, no se te iba ese cosquilleo que nacía del vientre y te subía hasta la garganta mientras el corazón te latía a dos de fondo. Y cuando pasabas por su lado, Felipe bajaba la mirada; pero segundos más tarde, echaba el cigarrito y empezaba a seguirte a una distancia prudencial, después aceleraba el paso hasta alcanzarte y, sin soltar ni prenda, te dejaba un beso en la mejilla, a modo de autógrafo, y apretaba el paso hasta perderse por la primera calle que encontraba.

El Bandido Besucón le sacamos las de nuestra pandilla, por los dibujos de la prensa. Pero como pasa siempre, no a todas les hacía la misma gracia. Hubo chicas que se molestaban y otras a las que no les molestaba en absoluto. A Lucía, por ejemplo, le excitaba encontrárselo y no saber exactamente cómo iba a terminar aquello. A mí, en cambio, lo que más coraje me daba era que no dijera nada, que no se atreviera a decir esta boca es mía; por lo demás… Pero la cosa no quedó ahí, en un descarado jueguecito: Felipe pasó a mayores. Y ya no es que te diera un beso, sino que te lo daba todo: Felipe te llevaba hacia la oscuridad y allí, en un rincón o bien en un portal, abusaba de ti, y cuando se te despertaba el alma en los muslos, ya no querías volver a dormir sola. Pero entonces él huía, como había hecho siempre. ¡Huía, huía…!

El asunto es que –y ahora llega lo más oscuro de la historia– una mañana encontraron a Felipe, bajo una higuera, lleno de sangre y con un cuchillo de cocina cerca. Le habían robado el pegamento de la mirada.

Empezaron a correr los comentarios y a volar las sospechas, y había, como en botica, para todos los gustos. Que si había sido alguna chica asqueada por sus ataques, que si había sido alguna chica despechada, que si había sido alguna madre envidiosa, que si había sido la cuadrilla de los mozos, que si había sido algún padre roído por los celos o por el deseo de venganza… Incluso se llegó a pensar si no pudo actuar Damián, el cabo de la Guardia Civil, cuya sobrina, Irene, que era su ojito derecho, se hacía la encontradiza, pues estaba pirrada por Felipe; eso lo sabía todo el pueblo. Aunque quien más quien menos miraba para el otro puente.

Para mí, quien mató a Felipe fue el fantasma de Agatha Christie, para mantener viva la llama del crimen con multitud de posibles asesinos. Eso, más o menos, es lo que le respondí a la señora Jacinta, la madre de Felipe, cuando vino a verme… ¡Insistió tanto!

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