Diego Carcedo, Número 82, Opinión
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Cataluña: miente que algo queda

Por Diego Carcedo. Viernes, 8 de septiembre de 2017

Diego Carcedo

Es asombrosa la capacidad que tienen los secesionistas catalanes implicados en el “procés” para enjaretar mentiras políticas, diplomáticas, económicas, judiciales y policiales sin que la cara se les caiga de vergüenza. Son mentiras descaradas, algunas además de viles, que incorporan la agravante de la convicción de que los ciudadanos de a pie somos tontos y las tragamos como si se tratase de dogmas. Es impresionante la capacidad de estos personajes de mentir sobre asuntos serios sin respeto ni a la democracia, ni a la convivencia ni a algo tan sagrado como es la verdad. Todo les vale: miente que algo queda.

Procesos de independencia de territorios, consumados o frustrados, los tenemos en los manuales de Historia contemporánea de todos los tipos: precedidos de guerras con muchas víctimas, fruto de golpes de Estado con frecuencia también sangrientos, contubernios de intereses, acuerdos derivados de negociaciones diplomáticas… hasta de aventureros que se apoderaron del poder y se quedaron con él. Pero un proceso construido sólo sobre falsedades, como el catalán, consistente en engañar a los propios ciudadanos, no creo que haya otro.

La dinámica de mentir que iniciaron unos dos o tres años los secesionistas, incluidas los responsables de la Generelitat –el centro de manipulación que debería ser gobierno de todos los catalanes– no ha parado de crecer. Como no han encontrado a su debido tiempo alguien con capacidad para hacerlo que les parase los pies o, cuando menos, que pusiese al descubierto tantas mentiras y trampas sobre las que se iba construyendo un entramado jurídico surrealista en el que asentarse, la escalada de las falsedades y engaños no ha parado de aumentar.

Incluso les sirve –a qué bajezas se puede llegar cuando se quiere el poder– utilizar el terrorismo yihadista que nos amenaza para mentir y en la confusión para obstaculizar la lucha para erradicarlo. El propio presidente Puigdemont, que ya debería haber dimitido por ello, se ha permitido negar algo que ya se sabía –y que modestamente un servidor había revelado en un artículo publicado por varios periódicos–, y es que los Mossos d’Esquadra, que dicho sea de paso bastante tienen con sobrellevar una presión política incompatible con su trabajo, habían recibido alertas muy importantes de un atentado a las que no prestaron la atención suficiente.

Y en la Rambla para ser más precisos. Al día siguiente del atentado publiqué un análisis en el que, a la vista de lo ocurrido y lo conocido, era evidente que los Mossos habían tenido una actuación eficaz y loable en los minutos que siguieron al atentado, pero del mismo modo también resultaba evidente que habían fallado en la prevención. Eran muchos los datos ya conocidos que permitían hacer esa afirmación –”falló la prevención”, titulé– y que, dicho sea de paso, fuertes y despectivas reacciones, algún insulto incluido, me costó aguantar en las redes. Hoy esa tesis está avalada por nuevas revelaciones que se van conociendo.

El Gobierno de la Generalitat y el propio Puigdemont se apresuraron a ensalzar la labor de la Policía autónoma pero no tanto por la eficacia con que actuó, que lo repito, lo merecía, como por el afán de aprovechar tan dramática circunstancia para intentar demostrarle al mundo que Cataluña tenía todos los elementos necesarios para ser un Estado. Además de creernos tontos también deben de pensar que por ahí afuera los que les siguen comulgan con ruedas de molino. Imagino a los agentes de la CIA que siguen el terrorismo yihadista moviendo la cabeza con una sonrisa conmiserativa. Quizá alguno exclame: “Sí, son como niños”.

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