Número 82, Opinión, Víctor J. Maicas
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El buen maestro y el anhelo por la curiosidad

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Viernes, 8 de septiembre de 2017

Víctor J. Maicas

A pesar de que han pasado más de cuarenta años, su imagen todavía permanece muy viva en mi retina. Pero, sobre todo, en mi mente. De complexión fuerte y con un carácter cercano pero que a la vez te transmitía respeto, aquel hombre era diferente a los demás, pues en una época en la que una gran parte del profesorado hacía suya aquella frase de “la letra con sangre entra”, don Juan jamás utilizó la fuerza bruta al transmitirnos sus conocimientos y, menos aún, a la hora de hacernos ver su autoridad como profesor. No, nunca nos puso la mano encima y sin embargo en su aula jamás había algarabía o descontrol, como sí ocurría paradójicamente en las clases de aquellos otros profesores cuya mano parecía haberse convertido en una extensión de sus amenazas verbales (algo desgraciadamente demasiado habitual durante los años de la dictadura).

Pero don Juan no solo era diferente en eso, sino también en su forma de impartir las clases. Más concretamente la de literatura, que era precisamente la materia que fundamentalmente impartía. Porque además de hablarnos de prosa, poesía y de los grandes autores, en sus clases iba más allá al intentar despertar nuestra curiosidad por el mundo que nos rodeaba. En este sentido me vienen ahora a la memoria dos anécdotas que, si en un principio con algo más de diez años no las llegamos a entender del todo, con el tiempo he constatado claramente cuáles eran sus intenciones al hacernos aquellas preguntas. Una de ellas se produjo al leernos un fragmento de una obra y, tras su lectura, preguntarnos a toda la clase si habíamos visto en la televisión el último programa de Estudio 1 (para los más jóvenes he de decirles que se trataba de un programa cultural en el que cada semana se representaba una obra teatral). Recuerdo que en ese momento fui el único en levantar la mano, y tras decirle que había visto el programa junto a mi hermana y que se trataba de la obra titulada El estudiante de Salamanca, el bueno de don Juan anotó de forma parsimoniosa en su libreta (como siempre lo hacía) un punto positivo en mi casillero que a la postre significaba una mejor nota en el examen final del trimestre. ¿Le ha puesto un punto positivo por ver la televisión?, se preguntaban mis compañeros e incluso yo mismo. Pero no, en realidad no me premió por ver la televisión, sino porque aquel hombre valoraba el conocimiento real por encima de la memorización para aprobar un examen. Es decir, que sabía que quizá con el tiempo podríamos olvidar que El estudiante de Salamanca lo escribió Espronceda, pero sin embargo haber visto la obra era algo que permanecería para siempre en mis conocimientos, enriqueciendo así mi intelecto y dándome a entender que ese anhelo y curiosidad por lo que me rodeaba era algo que me podía proporcionar muchas satisfacciones a lo largo de la vida.

Sí, don Juan quería que nos interesáramos por todo lo que ocurría a nuestro alrededor, pues esa curiosidad, sin duda, nos convertiría en personas capaces de razonar y, como consecuencia de ello, en seres humanos cuyo propio razonamiento nos llevaría, finalmente, a preguntarnos el porqué de las cosas. El porqué de todo lo que nos rodea. Y en ese sentido recuerdo esa segunda anécdota de la que les hablaba hace un momento. Fue también tras leer otro fragmento de una obra teatral y preguntarnos quién era su autor. Nos dio una sola pista, sorprendentemente para nosotros alejada de cualquier cosa relacionada con la literatura: ¿Cómo se llama el campo en el que juega el Real Valladolid?, nos dijo. Una vez más, fui yo el único que levantó la mano para decirle que se trataba del campo de Zorrilla, momento en el cual don Juan volvió a anotar parsimoniosamente en su libreta un punto positivo a mi favor ante la estupefacción del resto de la clase. ¿Le ha dado un punto positivo por saber cómo se llama el campo de un equipo de fútbol?, se volvieron a preguntar mis compañeros. Pero, sin lugar a dudas, evidentemente no fue por eso (de hecho, jamás nos habló de fútbol ni de nada relacionado con ese deporte). Y es que lo que aquel maestro valoró fue esa curiosidad mía en un determinado momento (o de cualquiera de mis compañeros en cualquier otra ocasión) al interesarme por todo aquello que ocurría a mi alrededor, por no convertirme en un simple lorito de repetición al solo memorizar ciertos temas que con el tiempo podría olvidar, y sí en cambio haberme fijado en que, si un estadio de fútbol o una calle en concreto llevaba el nombre de alguien, era porque dicha persona, al menos en teoría, había hecho algo para merecerlo. Y sí, sin duda en este caso José Zorrilla había hecho suficientes méritos al escribir Don Juan Tenorio y un sinfín de obras para merecer que su nombre fuera el elegido a la hora de bautizar el estadio del Real Valladolid.

Así es, don Juan, mi maestro, era diferente, pues además de llamarnos por nuestro nombre de pila y no por el apellido (como era lo habitual en aquella época), no solo nos hizo amar la literatura siendo aún unos críos, sino que además puso las primeras piedras para incitarnos a que fuéramos curiosos, a que tuviéramos los ojos bien abiertos y nos preguntáramos el porqué de las cosas, y ahí supongo que entraba también el hacernos pensar en los motivos por los cuales él era capaz de valorar de forma positiva que sus alumnos supieran el nombre de un determinado estadio o si alguien había tenido la curiosidad y el anhelo de, además de memorizar el nombre del autor de la obra El estudiante de Salamanca, ver también su contenido aun teniendo poco más de diez años.

La verdad es que con este maestro aprendí que, si los conocimientos adquiridos en el aula no se conjugan a lo largo de toda nuestra vida con nuestro propio aprendizaje autodidáctico, finalmente en lo concerniente a nuestra cultura general andaremos totalmente perdidos puesto que esta, la cultura en líneas generales, no se adquiere por tener uno o varios títulos universitarios. Y un buen ejemplo de esto son George W. Bush y José Saramago, pues mientras el primero fue a las mejores universidades y ya vimos qué cultura tenía, el premio Nobel de Literatura por motivos económicos no pudo realizar de forma académica ni tan siquiera los estudios secundarios (y a estas alturas creo que no hace falta valorar la cultura general que llegó a tener uno y la que tiene el otro, ¿no creen?).

En efecto, don Juan, de una forma muy sutil pero totalmente efectiva, nos enseñó a ser curiosos y, por ende, a preguntarnos el porqué de las cosas a una muy temprana edad. Algo que, por lo que veo últimamente, no ocurre en la sociedad de hoy en día, ya que no hace falta más que poner la radio o la televisión para comprobar que, los “sesudos” tertulianos que inundan los grandes medios de comunicación, lejos de preguntarse el porqué de las cosas para así informar a la población y de esa manera despertar su curiosidad y razonamientos propios, casi exclusivamente se limitan a ponerse las manos en la cabeza por el Brexit, por los atentados terroristas, por el triunfo de Donald Trump o porque se ha abucheado a ese semidiós para algunos llamado Felipe González (lógicamente me refiero a análisis serios y en profundidad y no a simples comentarios superfluos, tal y como estamos viendo). Y es que… ¿por qué el pueblo británico ha tomado tal decisión en ese tema tan controvertido? ¿O por qué, al margen de que es una salvajada, se producen determinados actos terroristas? ¿Y qué motivos existen de fondo para que una persona pobre y de raza negra haya sido capaz de votar a Trump cuando este ha demostrado sobradamente su racismo y su poca solidaridad con los más desfavorecidos? Sí, por qué. Insisto, por qué causa o motivos. Y dejando claro que cualquier persona tiene derecho a expresar su opinión nos guste o no, ¿por qué se abuchea a Felipe González en una universidad? ¿Y por qué en los grandes medios de comunicación se habla más del hecho en sí, que en realidad fue anecdótico y no fue a mayores, y sin embargo apenas se profundiza, al menos mínimamente, en los motivos de dicha protesta?

En fin, no sé, creo que hoy en día hacen falta muchos don Juanes (y en este caso no me estoy refiriendo precisamente al Tenorio) para, al menos, potenciar esa curiosidad capaz de hacernos razonar y preguntarnos el porqué de todo lo que está sucediendo. Porque si la única curiosidad que prevalece hoy en día es la de ver los programas de telebasura para intentar dilucidar por qué un pobre diablo (por más famoso que sea) le ha puesto los cuernos a su pareja, entonces probablemente lejos de construir un mundo más justo y solidario daremos alas para que muchos Donald Trump, a lo largo del mundo entero, extiendan sus redes mientras la sociedad simplemente se limita a ponerse las manos en la cabeza.

Por cierto, mi querido maestro se llamaba don Juan Boix, y espero que, esté donde esté, siga alimentando la curiosidad de todos aquellos que le rodean. Porque un mundo con gente que piensa y razona, sin duda es un mundo más habitable para todos.

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