Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 82, Opinión
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17 de agosto: el fin del verano

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Viernes, 8 de septiembre de 2017

@lidia_sanchis

Supongo que se llamaría Antonio o Francisco, pero todos lo llamaban “el Menta”. Por lo verde que es, decían los chiquillos de la urbanización como explicación sin que algunos otros la entendieran. Pero la aceptaban como aceptaban las dos horas de pausa después de comer y antes de bañarse –una regla que no regía si el baño era en la ducha y no en el mar o en la piscina– o que andar descalzo era perjudicial para la vista. El Menta era, para la mayoría, el tonto del pueblo: alguien con una carencia o tara en la cognición que situaba al hombre –ni joven ni viejo, ni guapo ni repulsivo– en la frontera misma de la normalidad. Antonio (o Francisco) lucía bañadores imposibles, de colores y estampados llamativos, de un tejido como acolchado y, en algunos casos, adornados con un cinturón. Antes de lanzarse al agua de la piscina, ejecutaba una serie de posturas y ejercicios ridículos que los niños observábamos con burla o con pena. O con las dos cosas a la vez. El Menta jamás impresionó a ninguna mujer menor de 60 años aunque era evidente que ese y no otro era su propósito. Las jóvenes lo observaban con risa; las mayores, con compasión. Y cuando finalmente ese cuerpo de piernas y brazos cortos que jamás consiguió arrancar un suspiro de amor se lanzaba al agua, la chiquillería aplaudía como si hubiera asistido a un espectáculo de circo. Pero a pesar de su tosquedad y de sus pocas entendederas, Francisco (o Antonio) tenía alma de poeta: “Tú no tendrías que morirte nunca” era su piropo preferido cuando se acercaba a una mujer bonita, un verso que acompañaba de una mirada cargada de picardía, generalmente al escote de la afortunada.

Era un personaje de otra época, una en la que el tiempo se medía entre el día del cumpleaños de ella, justo a mitad de año, y el final del verano, que ella situaba en el 17 de agosto, cuando ya habían acabado las fiestas de la Virgen y San Roque. En ese mes y medio se producía una alta condensación de materiales que explotaría en algún momento del invierno y cuya expansión iba a durar toda la vida. Como diría cualquier escolar, los seres vivos nacen, viven, se reproducen y mueren. Pero antes de morir han guardado en una cajita los recuerdos de la vida que pasa, incluso de lo que nunca ha sucedido pero que imaginan tan vivamente y tantas veces que es como si hubiera ocurrido ayer. Su recuerdo más querido. Así, quizá no hubo un primer beso en agosto. O quizá no fuera agosto. O quizá no hubo ningún beso. Puede que él nunca dijera que ella tenía los ojos más tristes del mundo. Probablemente, fue ella quien guardó aquel recuerdo igual que atesoraba palabras no dichas, hechos imaginarios, sentimientos apetecidos. Pero es que ella vivía en la inocencia. En aquellos veranos, todos –niños y viejos; guapos y repulsivos; cobardes y valientes que se metían en el agua justo después de comer– vivíamos en la inocencia de que no habíamos de morir nunca. Pero aquello acabó. Acabó muchas veces: cada 17 de agosto hubo un fin del verano.

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L'Avi

@AviNinotaire

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