Francisco Saura, Número 82, Opinión
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El 1 de octubre que asoma entre las banderas

Por Francisco Saura. Viernes, 8 de septiembre de 2017

@pacosaura2

El 11 de septiembre se celebra la Diada Nacional de Catalunya y el 1 de octubre una consulta organizada por la Generalitat para la creación de la República Catalana. No se trata de hablar en este artículo de legalidad y razón, de Imperio de la Ley y de quiebra del mismo. Lo cierto es que la corneta ha sonado en numerosas ocasiones para apretar las filas en defensa de las identidades. Y la política todavía no ha sustituido al envite. Quedan pocas semanas para la independencia y la República catalana y las mismas para que ni una cosa ni otra ocurran. Una tormenta nacionalista perfecta  ha sepultado bajo toneladas de argumentos sentimentales e identitarios la cuestión que debería ser el epicentro de la agenda política: la pauperización de una parte significativa de la sociedad española, la proletarización de la extensa, hasta no hace mucho, clase media nacional, en favor de la acumulación de la riqueza en unas pocas familias y las respuestas para revertir tan dramática realidad.

La realidad, sin embargo, tiende a contradecir ciertas construcciones históricas que estigmatizan a los otros, a los que hablan otra lengua, otra cultura, otra expresión para llamar amor al amor y al hermano, hermano. Y los presupuestos generales, para quienes los estudien, deshacen mitos sobre la solidaridad o insolidaridad de unos y de otros. Pensemos en Lluís Companys o en Salvador Espriu, aclamados como héroes de la nación catalana. ¿Quién pudiera pensar, en 2015, que Companys no era independentista y que anhelaba “ver a Catalunya comprendida por toda España”? ¿Quién pudiera pensar, en este año malo, que cuando Azaña indultó a los consejeros de la Generalitat en febrero de 1936, éstos “se encontraron al salir (de los presidios) aturdidos por las aclamaciones de las gentes. No cabía presumir que fuesen precisamente catalanistas los vecinos de Cartagena ni los del Puerto de Santa María. Pero, lo mismo que ellos, estallaron en manifestaciones apasionadas los de todos los pueblos del trayecto. En Ocaña se encontraron las dos comitivas (de Cartagena y del Puerto de Santa María) y aquel vecindario toledano superó a todos en las expresiones ardientes?”(*). ¿Lluis Companys y sus consejeros aclamados por cartageneros, murcianos, andaluces, castellanos viejos y nuevos?, ¿ese político entregado por los nazis a Franco y fusilado en el foso de Santa Eulalia, en el Castillo de Montjuic un 15 de octubre de 1940?, ¿ese hombre odiado por la burguesía franquista catalana que todos los años, precisamente en un uno de octubre, rendía pleitesía al caudillo, estadista de Europa en La Vanguardia Española? En realidad así fue. También fue ajusticiado en el Castillo de Montjuic, en otro foso, el de Santa Amalia, Francisco Ferrer Guardia y no precisamente por ser catalanista, que las muertes en nombre de la razón de Estado no guardan lógica casi nunca, y se asocian a los caprichos y necesidades políticas de cada época. Aquí y en Sebastopol.

¿Y qué decir de un hombre bueno, sabio, con un espíritu cívico envidiable como fue Salvador Espriu?, un hombre que vivió en una dictadura esterilizante y que escribió cosas tan hermosas como:

“…Recorda sempre això, Sepharad (**), / Fes que siguin segurs els pons del diàleg / I mira de comprende i estimar / Les raons y les parles diverses dels teus fills.”(***).

En los choques de trenes nacionalistas las cosas no son lo que parecen. Las partes niegan que sean excluyentes, los que se excluyen son los otros. Pero queda lo que nos cuenta el pasado, la poesía, la literatura, la pintura o la arquitectura. Y el amor por los paisajes, los ríos, las montañas, esa nube durmiendo en la ladera y los obreros murcianos que construyeron el metro de Barcelona y fueron precursores del pa amb tomaca. Pero ahora nada de eso importa. Lo verdaderamente importante es la identidad, no la justicia social. Es tiempo de las alianzas sagradas, explotadores y explotados juntos, aquí y allá. Por eso, vivimos días aciagos para las utopías. Las cadenas pesan menos si los carceleros hablan nuestro idioma, aquí y allá.

 

(*) Ángel Gallardo y Ossorio: “Vida y Sacrificio de Companys”. Gallardo no fue precisamente un político radical durante la II República. Democristiano, ministro de Fomento con Maura, “monárquico sin rey al servicio de la República”.

(**) Nombre judío de España.

(***) Recuerda siempre esto, Sepharad, / Haz que sean seguros los puentes del diálogo / E intenta comprender y amar / Las razones y las diversas hablas de tus hijos. No me cabe duda que los versos de Espriu resultarán menos insultantes para alguna gente si se escriben así: “…Remember that always Sepharad, / Make the bridges of dialogue firm / And try to understand and steem / Your children´s different minds and tongues”. Pero así somos y así nos dirigimos hacia el desastre.

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