Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 80, Opinión
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Verano de indios navajos

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 7 de julio de 2017

@lidia_sanchis

En el principio, fue Louisa May Alcott y sus Mujercitas, aquel primer libro comprado un día de lluvia en la librería Armengot (olor de tinta y de polvo; luz tamizada de la calle Enmedio), que fue leído y releído en una larga convalecencia. Después vendrían los tebeos de mi padre y mi tío: Mortadelo y Filemón; Zipi y Zape; el TBO. El periódico La Hoja del lunes, el lunes; La Codorniz; El Papus; Hermano Lobo y otras que quedaban olvidadas en la única estantería de la casa, arrumbadas junto a los libros del Círculo de Lectores que nadie leía por entonces. Aún no. La vida de Meg, Jo, Amy y Beth se mezclaba con la de Tex Willer sin que se apreciara ninguna contradicción. Aquel vaquero antifascista y pacifista me llevó con sus aventuras a saber antes quiénes eran los indios navajos que Don Quijote y Sancho Panza. En casa de la abuela, el hermano de mi padre coleccionaba novelas de Bonelli y Gallepini y del gran Marcial Lafuente Estefanía que yo leía sentada en una silla de enea del corral o recostada en el umbral de la entrada de casa. Tampoco le hacía ascos al Lecturas (ay, aquella portada con la imagen de Rocío Jurado, con un bikini verde incapaz de contener tanta rotundidad, emergiendo, sonriente, del agua de una piscina) donde aparecían los personajes de la televisión, que tanto me gustaban. Pero, aunque me entretenían un rato, volvía una y otra vez a los indios navajos, a Tex, a Jo. A las historias.

Los veranos eran el reino de Florita; Azucena; las colecciones Lindaflor, Lirio y Estrella; tesoros para las niñas que, como yo, esperaban a que llegara al pueblo de veraneo el autobús de las siete que traía las coloridas revistillas. Las vendían en la minúscula tienda donde también se podía comprar un botijo, ajos o el esparto con que restregar la paella y dejarla lista para el siguiente domingo. Era ese un mundo de hadas y niñas rubias, de cálidas tardes perezosas donde la felicidad era humedecerse las yemas de los dedos y avanzar en esas hojas apaisadas de unas publicaciones ya anticuadas por entonces. Lectura en soledad y en silencio y, a ser posible, unas cuantas tormentas de agosto para que las abuelas miedosas de los truenos prohibieran el baño y así pasar más tiempo leyendo.

Pronto se me quedaron cortas las historias almibaradas de la colección Carmencita y le pedí a mi madre que el siguiente fin de semana me trajera algunos libros que había visto en la “imprenta” (entonces los libros no se compraban en la librería, sino en la tienda donde lo mismo te vendían un cartabón y una escuadra como te fabricaban un sello de cuñar). De las princesas de la editorial Toray pasé a la Princess Daisy, el best seller de Judith Krantz, completamente inadecuado para una niña de 14 años, como se encargó de señalar el librero a mi madre. En alguno de esos últimos veranos de la inocencia descubrí a Harold Robbins, un autor que aseguraba que el sexo lo había metido en problemas desde que tenía 15 años. Pero todo eso lo supe más tarde. Porque yo solo quería leer: de Mujeres enamoradas, de D. H. Lawrence, pasé a Cartas a Milena, donde un Kafka exultante de amor parecía que hubiera escrito aquello para mí (“¡Ay, Milena, si usted estuviera aquí […]!”), ese deseo casi físico, doloroso incluso, de que alguien irrumpiera en la desasosegada adolescencia de una niña de provincias, igual como un hermoso pájaro irrumpe en una habitación desolada. Cayó El proceso y cayeron 79 Park AvenueMiguel Strogoff sin que nada en mi interior hiciera crac. En aquellos veranos, la vida tenía un sentido: Dios era como un narrador omnisciente que iba susurrando al oído de cada personaje lo que debía decir. Me aferraba a eso; creía en eso. Pero las palabras que ese dios ponía en los labios de los hombres jamás fueron las que yo esperaba.

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L'Avi

@AviNinotaire

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