Artsenal, Humor Gráfico, Número 81, Opinión, Xavier Latorre
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Un preciado ADN (un cuento de padre y muy señor mío)

Por Xavier Latorre / Viñeta: Artsenal. Viernes, 21 de julio de 2017

Xavier Latorre

¡Vaya lío más gordo! Justamente ahora. Tantos años intentándolo y cuando todo parecía resuelto pasa lo que menos me podía imaginar. Además había invertido en ello el poco dinero que tenía. ¡No hay derecho!… Les cuento. De niño no sabía quién era mi padre, me crié a las faldas de mi madre, ella se bastaba para hacerme un hombre de bien. Sin embargo, cuando alcancé la mayoría de edad, mi madre consideró que ya era hora de desvelarme su secreto mejor guardado. Me refirió quién era mi padre biológico. Me habló de una remota historia de amor estival en un pueblo de Córdoba. Mi madre, Sara, era la más guapa con diferencia de Villanueva del Rey, según me contaron algunos vecinos, en una fugaz visita que realicé para mostrarle mis orígenes a la que hoy es mi esposa. “Parecía una diosa griega”. Sara me rememoró que aquello fue como un flechazo, que se sintió atraída de inmediato por aquel apuesto cazador de la capital. La agasajó, la llenó de cumplidos y finalmente se cobró la deseada pieza: la llevó una semana de safari por Kenia. Sara, con solo 20 años, frente al Kilimanjaro, cayó rendida a sus pies en una cabaña de lujo de una aldea masai en plena sabana. Allí, en la mitad de la inmensidad de África, me engendraron mis padres. Ella se debió sentir como Meryl Streep en brazos de Robert/Miguel Redford/Blesa.

Mi madre, una madre soltera que tuvo que marchar a Madrid a limpiar escaleras, señalaba a menudo con el dedo al banquero Miguel Blesa cuando éste aparecía en el telediario y musitaba: “Es él. Que no se te olvide nunca, cariño”. Le prometí solemnemente que haría lo imposible para que me reconociera legalmente, algo que el amigo financiero de Aznar le había negado a mi madre repetidamente. Incluso llegó a mandar a algún emisario fortachón, esculpido en un gimnasio, para dejar claro que al señor Blesa no se le debe importunar y que se atuviera a las consecuencias si no le dejaba en paz. Mi madre aterrorizada llegó a temer que pudiera pasarme algo malo.  Sus paranoias hacían que llamará frecuentemente al conserje del colegio para preguntar por mí. “Señora, que su hijo está en clase con los demás… Que no le pasa nada,… de verdad. ¡Hágame el favor de no llamar tantas veces! Ande sea buena mujer, se lo ruego”.

Hace unos meses decidí tirar por la calle de en medio: urdí un plan que no podía fallar. Había contratado un detective que era un lince. Se trataba de no ser menos que el presunto vástago valenciano de Julio Iglesias, ni de la que se reclama descendiente directa de Dalí, ni de ser ajeno al feliz final de la historia de El Cordobés hijo. Para ello, mi investigador privado se fue a Sierra Morena a seguir el rastro del Blesa como un sabueso. Allí se pasó unos cuantos días a cuerpo de rey, pegándose la vida padre, de montería en montería, para pillar de todo: kleenex con mucosas estampadas del que fuera rey de Caja Madrid, colillas de habanos de los caros, vasos de cubata, un escupitajo recogido del suelo, algunos pelos de la pila del baño del Bar El Español.

Con todas esas pruebas indiciarias recopiladas podría proclamar delante de un tribunal que mi progenitor era, casi al cien por cien de probabilidades, el banquero mayor del reino. Los jueces no tendrían más remedio que certificar mi parentesco biológico con Blesa. Había llegado el momento de la verdad, el momento que más anhelaba; por fin podría ser considerado un heredero más suyo y tener derecho a una considerable porción de su fortuna. Mi madre podría estar orgullosa de mí.

Pero ya ven. Justo ahora que la “Operación Saliva” había salido a pedir de boca, que mi ADN coincidía con el de ese ricachón; ahora que podría dejar mi trabajo de segurata en una sucursal del Santander y que podría llevar de safari a Loli en un viaje organizado por el Corte Inglés va y el tío la palma. ¡Que desgracia! Se ha ido al otro barrio sin dejar lo mío solucionado. Ya sé que todavía puedo pedir mi parte del pastel, pero a mi madre le da como vergüenza, cree que nos van a tachar de aprovechados y de oportunistas. “Déjalo Miguelito, hijo mío. Dios lo ha dispuesto así”. Mi gozo en un pozo. Todas mis ilusiones esfumadas de golpe. Así que he puesto todas las pruebas en un táper, he congelado sus mocos y sus babas póstumas, y me he largado a mi bar de Vallecas a no celebrar nada.

Soy un gafe auténtico. Soy de los pocos que le van a llorar, porque al fin y al cabo era mi padre, pero encima no me embolsaré ni un solo euro. Además ya no podré participar en ningún programa de telerrealidad para famosos, ni podré aceptar una incursión gastronómica en casa de Bertín preparando unos macarrones. Todo se ha ido al garete en Sierra Morena. Un disparo ha puesto fin a mis legítimas aspiraciones de una vida mejor. Pónganse en mi lugar, ¿a ver cómo le digo a Loli que este año ni siquiera vamos a ir un mísero fin de semana a Gandía? Ha sido mi ruina. Estoy desolado.

En el periódico del día siguiente pude leer que a la misma hora del fallecimiento de mi supuesto padre también moría un rinoceronte blanco en Kenia a manos de otro desalmado cazador europeo que también timaba a jubilados desde la presidencia de un gran banco. La crónica no dice si también iba acompañado de una tierna señorita deslumbrada, como mi madre, por las ostentaciones de una riqueza descomunal. La vida, como cantaba el multipadre Julio Iglesias, siempre tan profundo, seguía igual que siempre. “Déjalo ya, Miguelito. Nuestros genes son de gente honrada… Para que no digas, el domingo os prepararé unas migas serranas, como a ti te gustan”.

Algo es algo, ¿no les parece?

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