Alicia García Herrera, Arte
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El mito de Orfeo y Eurídice o el amor más allá de la muerte

Orfeo y Eurídice, de Peter Paul Rubens.

Por Alicia García Herrera. Domingo, 16 de julio de 2017

       Arte

Por ti creo en la vida que está queriendo volverse hacia sí misma, hacia la vida. Por ti creo en la resurrección más que en la muerte.

Cuántas veces te has vuelto, Pedro Salinas.

 

Orfeo es uno de los mitos más poderosos en la historia del arte, con influencias notables en todas sus manifestaciones. Aunque no existen evidencias científicas que lo avalen, es probable que el maestro y cantor fuese un hombre auténtico, tal como se deduce de los escritos de Platón. Aristóteles, en cambio, afirma que no existió el “poeta Orfeo”. Sea cual fuere la verdad histórica, la literatura y el pensamiento son los que construyen el personaje para legarnos un mito que ha pasado a formar parte del imaginario colectivo.

Orfeo fue un cantor de la Tracia, hijo de la musa Calíope, la de la bella voz, y de Eagro, un dios-río –si bien algunas genealogías lo consideran hijo de Apolo, lo que no deja de ser una racionalización del mito–. Su canto, acompañado de la música de la lira y de la cítara, tenía un poder especial, pues amansaba a las fieras y hacía que todo floreciera a su alrededor. Enamorado de la ninfa Eurídice, que murió el mismo día de su casamiento, fue capaz de bajar hasta los infiernos para pedir a las deidades del inframundo el regreso de su esposa a la vida. A causa de su destreza y de su maestría en el arte de la persuasión, logró convencer a Perséfone, que aceptó su ruego. Pero la diosa impuso una condición a Orfeo: que no se volviera para mirar a Eurídice hasta haber abandonado por completo el reino de las sombras. Orfeo no fue capaz de cumplir su palabra. Llevado por la duda y la inseguridad se volvió para ver si Eurídice caminaba a sus espaldas, por lo que la perdió para siempre. El resto de su vida fue un eterno y bello lamento hasta que finalmente terminó sus días a manos de las ménades, enfurecidas por la castidad de Orfeo y porque su canto atraía a los hombres y las separaba de ellas.

La historia del arte y quizá también de la religión se hubiera escrito de un modo muy diferente sin el mito de Orfeo, cuya influencia sobre las diferentes manifestaciones artísticas se ha proyectado desde la Antigüedad. Por su relación con la música el mito resultó muy popular en los períodos en que se concedió especial relevancia a este bello arte, como la época helenística (a partir del último tercio del siglo IV a. C). En Roma fue muy conocida la imagen que presenta a Orfeo con un traje tracio, con la cítara y la lira, rodeado de la naturaleza salvaje (fieras, animales, naturaleza vegetal y olas y bestias marinas subyugadas por su música). Decenas, por no decir cientos de mosaicos, presentan esta imagen que decoraba el suelo de muchos aposentos privados antiguos, donde tenían lugar banquetes y simposios, un espacio en el que no podía faltar la música. Virgilio, Ovidio y Séneca narraron poéticamente la historia de Orfeo. La IV Geórgica de Virgilio tuvo gran influjo en la literatura del Renacimiento, que recupera la versión clásica del mito, adulterada en cierto modo durante la Edad Media a causa de su interpretación alegórica y moralizante. En nuestra literatura la primera versión poética de Orfeo la tenemos en el Hero y Leandro de Boscán, versos 1231 y siguientes (se inicia el mito con el ingreso de Aristeo en el bosque de las ninfas). La influencia sobre la obra de Garcilaso también es fundamental, incluso se proyecta sobre el poema más famoso de Quevedo (Amor más allá de la muerte). Salinas, cuya fuente de inspiración es Garcilaso, aludirá al mito en algunos de los poemas más bellos de la trilogía La voz a ti debida (La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento), en los que narra su historia de amor prohibido y su ruptura con la profesora Katherine Whitmore. En la literatura inglesa hay una reinterpretación del mito en el poema medieval Sir Orfeo, en el que éste se presenta como un rey. La poesía de Alexander Pope también acusa influencias, así como la novela de Robert Graves El vellocino de oro.

En el ámbito musical La fábula de Orfeo, de Monteverdi, acuña un nuevo género, la ópera. Gluck será sin duda el mejor de los exponentes operísticos de temática órfica y la base de ballets tan sugerentes como el de Pina Bausch. Las artes plásticas representan con frecuencia a Orfeo en solitario pero también junto a Eurídice (Vatatori, Rubens, Jan Erasmus Quellinus, Redon) o bien narran el descenso del cantor al Hades (Pieter Fris). En el cine son relevantes las obras de Marcel Camus, Orfeo negro, o de Jean Coucteau. Este último situó cronológicamente al poeta en el París existencialista de los años cincuenta y lo hace enamorarse de la Muerte y a la Muerte, la Princesa, enamorarse de él. El espejo será el vehículo que permita la conexión entre ambos mundos.

La fuerza del mito radica sobre todo en el tratamiento de tres mitemas: el poder de la poesía, el canto y la música; la fuerza del amor, impulsora de la katabasis de Orfeo o descenso a los infiernos; y el mitema de la fe o la confianza, desencadenante de la catástrofe.

En efecto, la historia de Orfeo gravita en torno a la belleza y el amor. Lo que hace único el sentimiento de Orfeo por Eurídice no es la tristeza del final prematuro y trágico de la ninfa sino sobre todo la capacidad de trascender la propia vida. Orfeo escogerá para siempre el camino de la fidelidad a la amada y si se convierte en un personaje mítico no es en realidad a causa de sus dones, sino porque la intensidad de su amor a Eurídice le lleva a rebelarse contra la injusticia de la muerte, desafiar sus misterios y tratar de imponerse a ella con las únicas armas de que dispone, la poesía y la música, hasta hacer de la resurrección una posibilidad.

Cartel de la película Orfeo, de Cocteau

A pesar de la relevancia de Eurídice en la construcción del mito de Orfeo, no es mucho lo que se sabe de ella. Eurídice es una ninfa, una dríade, guardiana de los árboles. Se decía que las dríades eran hijas de Zeus. En el arte se las representa como jóvenes hermosas y alegres y, aunque no envejecían y resistían la enfermedad, ellas mismas no eran inmortales. El don de Orfeo atrae a muchas ninfas que le ofrecen descaradamente sus favores pero es Eurídice quien lo enamora. No hay razones que justifiquen el sentimiento de Orfeo por la joven ninfa porque el amor es un impulso de vida en el que no intervienen ni la razón ni la voluntad, pero si hay algún rasgo en Eurídice capaz de desencadenar la pasión de Orfeo es, además del don de la belleza, su dulzura y su virtud. Por eso la corteja mediante su canto hasta que, finalmente, ella accede a los esponsales.

En los siglos V y VI la interpretación del mito de forma alegórica y la atribución de un significado moralizante por pensadores que siguieron la estela de Boecio, hizo que se considerara a Eurídice una distracción para Orfeo y resultase contemplada, por lo tanto, desde un prisma negativo. La figura de Orfeo, en cambio, es casi sacralizada. La Iglesia primitiva asimila Orfeo a Cristo y cristianiza el mito a causa de las características comunes. Ambos son hombres pero también median con la divinidad. Ambos permiten mantener la esperanza de la resurrección, la esperanza de una vida futura.

Como Cristo, es Orfeo un héroe distinto y, como Cristo, su fuerza no radica en la brutalidad física sino en la voz, el poder de la palabra, la persuasión. Al interpretar el rito órfico pintado en Villa Misteri, Pompeya, Linda Fierz-David define a Orfeo como “una personificación de la devoción y la piedad; simboliza la actitud religiosa que resuelve todos los conflictos, ya que mediante ella, toda el alma se vuelve hacia lo que reside en el otro lado de todo conflicto… Y al hacerlo, él es el verdadero Orfeo; es decir, un buen pastor, su primitiva personificación”. Al igual que Cristo hombre, Orfeo tiene un origen divino –Jesús es hijo de Dios hecho hombre, nacido de mujer, aunque su divinidad no es parcial sino total–. En Orfeo, sin embargo, su parte humana le hará incurrir en debilidades, como la desconfianza y la duda. Pero el principal error del poeta quizá no radique en la falta de confianza en palabra de la diosa del infierno, sino en el exceso de confianza respecto de sí. Hay en Orfeo un pecado de hybris que será castigado para enseñarnos que ni siquiera el arte más genuino ni el amor más puro podrán ser suficientes para imponerse al poder destructor de la muerte, representado por la terrible pareja Hades/Perséfone. La petición de Orfeo es pretenciosa. Es llamativo que sea Perséfone, una deidad encerrada a la fuerza en el infierno, la que influye sobre su tío y esposo para que atienda el ruego de Orfeo. Perséfone, hija de Démeter, es el puente entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. La diosa sabe desde el principio que el arte no puede instrumentar una resurrección material. Si pacta con Orfeo es para enseñarle esa verdad. Y si Orfeo duda de la palabra de Perséfone es porque también intuye esa verdad. Será esa intuición la base de la duda que precipita un final indeseado pero inevitable que condiciona el resto de su vida. Orfeo mira hacia atrás y la pena permanece en él (poenaque respectus et nunc manet, Orpheus, in te), como escribió Virgilio. Una vez más queda en evidencia la inmensa fragilidad del ser humano. El único consuelo para los que aman más allá de la muerte será el recuerdo, que puede cristalizar a través del arte.

Resulta significativo en el mito de Orfeo el simbolismo del pie. El pie es aquello que nos permite tener contacto con la tierra, lo que nos permite avanzar. Es la mordedura de la serpiente en el pie la que priva de la vida a Eurídice. Es el tener un pie en las sombras la que provoca su regreso al Hades. Eurídice es la víctima de la debilidad de los hombres. Es víctima del deseo de Aristeo, que la persigue hasta provocar el mordisco fatal, pero también de las dudas de su amante. En el amor, además de fe, se requiere fortaleza. En otro caso corremos el riesgo de quedar a un paso de la felicidad, representada por el goce pacífico de la unión amorosa.

El descenso de Orfeo a los infiernos, el sortear el río Estige o el peligro del can Cerbero, el encontrarse frente a frente con las almas de los muertos y las deidades infernales, provee al cantor de saberes secretos vetados para el común de los mortales. La katabasis y el retorno al mundo de los vivos justifica el nacimiento de una corriente religiosa que conocemos como órficos, una secta que creía en una vida post-mortem, con el conocimiento revelado por Orfeo sobre la muerte y la resurrección, conocidos con ocasión de su descenso al Hades en busca de Eurídice. Muchas fuentes y relatos mitográficos están contaminados por estos relatos órficos, de los que los más importantes son las llamadas Argonaúticas Órficas, que relatan la expedición de Jasón de la que tomó parte Orfeo como sacerdote de la expedición (la dulzura de su canto pudo vencer el canto seductor de la sirenas, una variante del episodio de Odiseo y las sirenas). Los órficos y otras sectas pusieron el acento en sus saberes místicos y soteriológicos.

La figura de Orfeo se asoció muy pronto a la de Dioniso (tal la alusión de Eurípides en Las Bacantes). Los misterios órficos parecían mantener viva la antigua religión dionísiaca, si bien los rituales orgiásticos desparecen y quedan sublimados. El episodio de la muerte de Orfeo, despedazado por las ménades tracias, que pasan del deseo a la ira, es de una gran crudeza. No obstante es muy hermosa la tradición que cuenta que su cabeza, separada del cuerpo, seguía cantando (a su amada Eurídice, según algunos), mientras flotaba hasta llegar a las costas de Lesbos, donde fue recogida y se instauró un culto al héroe. De este tratamiento y de forma velada da cuenta La voz a ti debida de Salinas, que bebe de la fuente de Garcilaso y éste a su vez de los poetas y humanistas italianos.

Orfeo muerto, de Jean Delville.

La muerte de Orfeo no se salda con la reunión de los amantes, pues en el mito original parecen condenados a una separación eterna. Es la tristeza acerca de ese final inmerecido la que lleva a buscar un clímax artístico feliz en muchas reformulaciones del mito –pensemos en Ovidio, en el poema Sir Orfeo o la ópera de Monteverdi–. Pero como escribió Salinas “no hay un amor ni un cuento que no tengan buen fin. Y si parece que acaban mal es porque no sabemos contar, amar hasta el final dichoso”. Quizá ese sea el secreto. Seguir amando hasta el final dichoso porque el amor entre dos personas, como el tiempo, puede ser eterno.

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Alicia García Herrera

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