Francisco Saura, Número 81, Opinión
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Mendoza, señor de la UCAM

José Luis Mendoza Pérez, presidente de la Fundación Universitaria San Antonio de Murcia.

Por Francisco Saura. Viernes, 21 de julio de 2017

@pacosaura2

La verdad sobre el caso Mendoza, según Eduardo Savolta, es la de unos poderes públicos sellando todos los boquetes de utilitarismo amoral, y presunta delincuencia administrativa, ecológica y fiscal, como mínimo, de un señor de Murcia. Sin duda no es el caso del ciudadano universal perseguido por ser católico; tampoco, a lo que parece, por nombrar doctor honoris causa de su universidad-rancho particular a un genocida del tipo Netanyahu o por reírse hasta el éxtasis de una universidad pública y/o acomplejada como es la de Murcia. Parece que lo público y, sobre todo, ser defensor de lo público es vergonzante y no la realidad social que democratizó la educación, acabando en parte con el monopolio adoctrinador y elitista de la religión en España. La Universidad de Murcia tiene un problema, o dos, o tres, y no sabe cómo solucionarlos porque parte de su sustrato sustantivo participa de la construcción ideológica dominante llamada neoliberalismo y baila al son de la táctica del salchichón o del salami del Consejo Interuniversitario, es decir, ir rebanando el embutido/universidad pública en lonchas tan finas que no provoque la rebelión descarnada, solo los lamentos y proclamas de supervivencia, para que al final del trayecto, del salchichón, solo quede el cordón y de las universidades públicas solo la hoja de parra que tape las vergüenzas de los rectores de las mismas y de sus séquitos. Es lo que queda cuando el orgullo se convierte en súplica y cuando se responde a la agresión con las apelaciones al mal menor.

La verdad sobre el caso Mendoza, de Eduardo Savolta, no es la historia de un señor de Murcia perseguido por ser católico, feo y sentimental; tampoco una reedición del Ruedo Ibérico y de la Corte de los Milagros, aunque a fuer de ser sincero no vivimos muy alejados de los usos y costumbres políticos de la Restauración. En el sistema caciquil, el terrateniente es amo de la vida y de los bienes del jornalero; en el descrito por Eduardo Savolta, el señor Mendoza también pretende serlo de sus conciencias. Y sin duda también del espíritu de las leyes y del alma de sus redactores. Y si alguien levanta la voz por encima de lo recomendable, es fulminado por el rayo justiciero del martirologio paleocristiano, porque el señor Mendoza, cuando afirma ser perseguido por su catolicidad, se presenta en rueda de prensa con todo el santoral a su espalda en una Murcia torera, católica y apasionada de las migajas que caen desde la cúspide del poder terrenal, al menos en la novela savoltiana. Lamentablemente, nuestros rectores son incapaces de arroparse con las víctimas de las hogueras de la Witch City del Condado de Essex, Massachusetts, ni de proclamar su devoción por Galileo, ni de anteponer el mundo de la razón al mundo de la superstición.

En la Región de Murcia no se persigue, se olvida. Y por supuesto que no se persigue por ser católico, español, torero o sinvergüenza. Savolta lo sabe, como también sabe que el instrumentalismo amoral de su personaje lo es también de la clase política que pleita sumisión. En la Región de Murcia se denigra por defender una forma determinada de entender el catolicismo, la españolidad, la relación con los animales, la función de la enseñanza pública en una democracia avanzada, la protección del medio ambiente o el papel de la religión en el ámbito público, que no en el privado. En realidad esta otra gente, estos herejes del siglo XXI, sienten a veces que viven en una prisión, son extranjeros ideológicos en su tierra natal. Esto no es Nueva York, París, Amsterdam o Londres, aquí no hay espacios para otros mundos, materiales o no, aquí Mariano Ruiz-Funes es un hereje y el señor Mendoza un alma libre. Hay que ser muy sutil para percibir los barrotes de esta prisión, también para comprender que cuando el personaje savoltiano habla de persecución religiosa y no se produce un carcajeo general la llave del cerrojo refuerza la prisión de las ideas.

Los defensores de lo público han optado por su supervivencia, no por la lucha. Sin duda es la opción más fiable para su futura extinción. El señor Mendoza, escribe Savolta, contempla su obra mientras el pistolerismo celestial ensombrece la luz del decreciente laicismo. Es tiempo de teocracia, es tiempo de invocar a los mártires. Cuando se mienta la persecución religiosa para afianzar el poder terrenal toca temblar.

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