El Arruga, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 81, Opinión, Óscar González
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La madriguera de conejo

Por Óscar González / Viñeta: El Koko y Elarruga. Viernes, 21 de julio de 2017

@Morgoski

Durante las comparecencias en la Comisión de Investigación sobre el uso partidista del Ministerio del Interior, el diputado de ERC Gabriel Rufián repitió una misma pregunta a cada uno de los citados a declarar: “¿Cómo de profunda es la madriguera de conejo?” La pregunta puede leerse como un toque cultureta que alude a Lewis Carroll y su Alicia en el País de las Maravillas, o como un guiño friki al Matrix de las hermanas Wachowski, pero ilustra bien la sensación generalizada entre la opinión pública de este país.

Ya sabemos que el Partido Popular se ha servido de las instituciones del Estado para hacer y deshacer a su antojo. Sabemos también que ciertos jueces y magistrados han actuado de formas bastante más que discutibles para salvaguardar la imagen pública de personas a las que ni siquiera invitaríamos a un café si las conociéramos en persona. Hemos sido testigos de asquerosas demostraciones de que la igualdad ante la ley proclamada por la Constitución no es más que un precepto teórico que se puede quedar rápidamente en nada si te apellidas De Borbón o si te has arrimado a los soles adecuados. Hemos visto cómo se utiliza a la policía para perseguir a rivales políticos y cómo los medios de comunicación se ciscan en hacer parecer respetables a los indeseables y meternos el miedo en el cuerpo sobre aquellos que, al menos en teoría, no pasan por el aro.

Si en nuestra historia reciente no existiera un dictador muerto de viejo y un partido fundado por varios de sus ministros –reconvertidos, eso sí, en democrátas de toda la vida–, no habría forma humana de explicar la aparente placidez en la que se nos pasan los días a los y las ciudadanas. Sin esos cuarenta años de oscuridad, no se entendería que seamos tan poco dados a echarnos a la calle a protestar contra los abusos a los que nos someten un día sí y otro también, sea en la forma de un contrato de trabajo de hora y media que maquilla las cifras del desempleo o en la del cuñado del rey viviendo libre en Suíza mientras a gente como nosotros la encarcelan por tuitear o hacer teatro de títeres.

Sin embargo, si uno logra abstraerse del vértigo que provocan estos tiempos asesinos y empieza a colocar sobre una pizarra las distintas tramas delictivas y cómo estas se relacionan entre sí, la pregunta lógica es ¿hasta dónde llega esto? ¿queda una sola institución que no haya sido salpicada por la inmundicia de los herederos del fascismo franquista? ¿alguien va a asumir responsabilidades por todo esto? ¿por el expolio de las pensiones? ¿por los suicidios de los preferentistas y los de los desahuciados, tal vez?

Y cuando estas preguntas están sobre la mesa, hay otra que debería surgir de forma casi ineludible: si la corrupción del sistema es de tal magnitud, ¿no es quizá el momento de formatearlo, de asumir que ha fracasado y que necesitamos uno nuevo? ¿podemos creer que los mismos delincuentes que han convertido un Estado en una novela de Mario Puzo tienen nuestro interés en mente cuando nos acojonan con los riesgos de intentar una transición, pero una de verdad? ¿De verdad somos así de ingenuos?

No, claro que no. Pero cuando los novecientos euros que te separan de la indigencia requieren la mitad de tu tiempo y la sobreinformación se convierte en la mejor herramienta para desinformar, es fácil que te consueles pensando que no estamos tan mal como en Venezuela. Porque, como aprendí en un taller de narrativa al que asistí no hace mucho, lo buenos o malos que nos parecen los personajes de una obra se determina por comparación entre ellos: tal vez el bueno no sea tan bueno, pero por comparación con el malo, es un dechado de virtudes.

O, dicho de otro modo, qué mal están en Venezuela, menos mal que aquí no hay un “dictador”. Menos mal que aquí no se detiene a nadie por ser molesto para el régimen. Menos mal que no estamos tan mal que necesitamos echarnos a la calle. Menos mal que vivimos en paz, aunque estemos, como decimos en Galicia, asoballados, oprimidos.

Menos mal que aquí vivimos en paz,  aunque sea la de los cementerios.

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@Elkokoparrilla

Elarruga

 

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