Artsenal, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 80, Opinión
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En la edad de la abundancia

Por Francisco Saura. Viernes, 7 de julio de 2017

@pacosaura2

En la edad de la abundancia éramos un pueblo feliz. Vivíamos en un país mediterráneo, y su sola mención, la mar rizada, los veleros blancos rasgando el viento y el cielo claro, el susurro de las palmeras y los bosques de carrizo, los estíos dorados, las gaviotas surcando los límites imprecisos de los valles, la placidez de las noches de invierno, las dunas y la voz de las niñas y de los niños, era bálsamo que serenaba nuestros espíritus inquietos. Sí, tal vez careciéramos de los atributos de las sociedad nórdica, la solidaridad entre sus miembros, la protección de los débiles, la seguridad de que siempre habría un brazo que te ayudara a levantarte, una escuela infantil, un colegio, un hospital, una residencia de mayores, que siempre hallarías la mirada tranquila, atenta de un alma gemela, en cualquier paisaje o ciudad, en las laderas y en los fiordos, en el hielo y en los oscuros bosques del verano escandinavo. Carecíamos de esos atributos, de esas seguridades que nos hacía envidiar una organización social tan sensible a las necesidades de todos sus miembros, colectiva e individualmente. Pero vivíamos junto al mar, recogíamos chapinas en sus blancas arenas, y lanzábamos cantos rodados que rebotaban en el cristal turquesa desapareciendo allí donde el sol bruñía los rizos de las olas. O tal vez, paseábamos por los carriles de la huerta, entre palmeras y brazales mientras observábamos las montañas peladas al fondo o el crepúsculo tiñéndose de un rojo carnal.

Era la edad de la abundancia y nuestra despreocupación bebía de las fuentes del consumo y del autoengaño.

Y un día llegaron ellos y tumbaron nuestras creencias en el marmóreo cuadrilátero de la economía global. El castillo de naipes que habíamos cimentado sobre el dinero fácil, la especulación y la inmoralidad se vino abajo con una leve ráfaga de viento tóxico. Resultó que nuestro país apenas era la casita de paja del primer cerdito de la fábula, y que nuestros políticos no eran los marqueses o duques que gobernaban un gran latifundio con un palacio de cúpulas de oro en el florido valle, sino unos caraduras. Lo descubrimos tarde, cuando ya los naipes de la baraja se desplomaban en cascada y los dioses de la estepa salían a la caza de países y pueblos en apuros. Entre los muchos métodos que aplicaron para atrapar a sus víctimas, la manipulación de la gente y el canibalismo social brilló con luz propia. Nos hicieron sospechar de nuestros vecinos de escalera, de pueblo, de ciudad; fomentaron el corporativismo para dividir, convirtiendo parias en afortunados y caraduras en damnificados; consiguieron que miráramos a los parados- fundamentalmente los subsidios que cobran- como una lacra para la recuperación económica-; por último, tildaron de privilegio y privilegiados al empleo estable y a las y los empleados públicos. Pero lo que más nos duele, como un dardo emponzoñado con la mentira y la hipocresía clavada en el alma laica, es el citado canibalismo social, esa invitación de los poderosos a que nos devoremos los unos a los otros como fórmula mágica para retornar, con las menos heridas posibles, a la edad dorada de la abundancia.

En nuestro país nadie escribió un “Yo acuso” o “Un enemigo del pueblo” sin que acabara en una fosa común, muriera en la cárcel de tuberculosis o cualquier enfermedad, partiera al exilio o falleciera en el más terrible y silencioso destierro interior. En Murcia ni siquiera se llegó a escribir. No tuvimos, no tenemos, un Zola o un Ibsen. Acaso lo más cercano sea nuestro Vicente Medina y su cansera:

Por esa sendica se marchó aquel hijo
que murió en la guerra…
Por esa sendica se jué la alegría…
¡por esa sendica vinieron las penas!

Sí, por esa sendica llegaron ellos con su partido y su Consejo de Gobierno, con zapatos de charol e ínfulas de señoritos de ciudad, y nos arrebataron lo que era nuestro, nuestros derechos y nuestro orgullo de ciudadanos. Tuvieron la desfachatez de aseverar, con su discurso exuberante, que los culpables eran los vecinos de linde, que no podían hacer otra cosa, que lo sentían, que lo sentían…

Vicente Medina murió en el extranjero y en nuestra tierra mandan los caciques de toda la vida despreciando nuestros derechos y nuestras libertades.

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