Número 80, Opinión, Xavier Latorre
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La casa común de los Martínez

Por Xavier Latorre. Viernes, 7 de julio de 2017

Xavier Latorre

Los Martínez y los García se van a quedar más solos que la una. Hasta ahora con esos apellidos pasabas completamente desapercibido; ellos eran multitud, reinaban sobre la faz de todos los listados públicos y privados. Esos apellidos se asociaban a una fuente impagable de anonimato social. Era imposible que te hallaran en una red social, improbable que se acordaran de ti los pesados de la clase de segundo de BUP de hace años y si tenías mala suerte en tu vida la podías rehacer fácilmente sin apenas preocuparte del incordio del llamado rastro digital. Aquel López no era yo, era otro, sabe usted. Con un apellido así era hasta sencillo simular otra vida: mi padre fue futbolista del Córdoba. Vete tú a saber cuántos Sánchez habían jugado en ese equipo desde el pasado siglo. Con apellidos tan abundantes, de esa índole, podías imaginarte de familiar directo de un consumado actor renombrado o de un político de altos vuelos. Los hay para ir y vender. Está plagado de ellos. Me lo dijo Pérez, ¿qué Pérez?

Ahora todo se va a ir al traste. La entrada en vigor hace unos días de la reforma del Código Civil permite ordenar in situ los apellidos del hijo al antojo de los propios progenitores, sin formalismos, ni solicitudes previas. Esos apellidos comunes de toda la vida, tan habituales hasta hoy, van a menguar. Los padres de los recién nacidos pueden a partir de ahora buscar el apellido más glamoroso para su retoño de entre el del padre y el de la madre. El problema será si el apellido de la madre es Bárcenas, Rato o Urdangarin. El estigma de ser descendiente directo de un aventajado corrupto te perseguirá de por vida. Ahí sí van a tener problema los padres del bebé. En vez de alquilar vientres ajenos gestantes les tocaría, si se pudiera, arrendar un apellido singular, sonoro, con empaque.

Los que poseían apellidos muy frecuentes en su DNI solían nombrarse a sí mismos acompañados del segundo para diferenciarse de otros de alrededor. Parecían apellidos compuestos más propios de la aristocracia, y eso sí lucía. Excepto en el caso del escritor Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez que era compuesto y que ya venía de fábrica. Quizá sus padres hoy hubieran optado por el Gutiérrez a secas, aunque nadie nos libraría, como si lo viera, de seguir escuchándole alguna que otra sandez de vez en cuando. Estos días que la canción del verano mediático, monotemática, es Cataluña, que están todo el día en la radio dando el coñazo con tertulianos de Soria y Badajoz expertos en soberanismo extremo, tener un apellido catalanista se las trae. Unos padres andaluces seguro que colocarán atrás del todo, en el nombre del retoño, un apellido independista de un catalán que hace un siglo recaló en Cádiz de regreso de su periplo por Cuba.

Y qué me dicen de los socialistas españoles que han tenido que elegir entre Sánchez, Díaz o López. ¡Qué poco originales! La gente corriente debería en lo sucesivo, a la hora de formalizar el noviazgo, comprobar antes la compatibilidad de los apellidos con su futura pareja. Cariño, mejor lo dejamos, tú eres García y yo Fernández, ¿cómo quieres que nuestro hijo sea un futbolista famoso? Lo tenemos muy chungo. Si quieres le buscamos un nombre de pila inusual. Ya, pero a mí me gustaba Paco.

Ahora ya sabes que si el apellido elegido es el de Puigemont y eres de Valdepeñas, pobre de ti. Quizás tengas que cambiar de aires. Mi amor, a este paso, nos tocará mudarnos a Barcelona. ¡Qué putada! Allí los pisos están muy caros, están por las nubes. Ya lo sé, pero me niego a que lleve de primero mi apellido, Rajoy. ¡Valeee…! Está bien, de acuerdo,… ¿Tú sabes si nuestro hijo podrá votar alguna vez en algún referéndum?

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