Número 81, Opinión, Sergio Rodríguez
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Yo estaba en la Alhambra

Por Sergio Rodríguez. Foto: Efe. Viernes, 21 de julio de 2017

Sergio Rodríguez

Viajaba con mi hija camino de Torremolinos, donde aguardaba nuestra llegada el resto de la familia (mi mujer, mi hijo pequeño, cuñados…) Decidí parar en Granada para ver la Alhambra, lugar en el que nunca había estado, y no quería dejar pasar la ocasión para no convertirme luego en un Boabdil llorón que no ha podido ver un tesoro arquitectónico o un Moisés de fin de semana que no ve la tierra prometida teniéndola ahí delante, en ruta. Desconecté el teléfono móvil, que entonces era un artilugio pesado y sin wifis absorbentes. Recorrí con mi Laurita las estancia que antaño habían recorrido tantos reyes, primero de una religión y luego de otra; envidié a Washington Irving, con estancia propia allí durante una temporada, me saturé de artesonados y estucos, de rumor de agua (la primera impresión fue precisamente la audición del agua, nada más entrar, recuerdo que llamé a mi exmujer y le puse el auricular para que lo escuchara. Una pequeña locura, pero ella ya estaba acostumbrada). No sentí lo que llaman los pedantes “síndrome de Sthendal”, la verdad. Lo que sentí fue que no tenia monedas para pagar el aparcamiento y tuve que formar un tándem con mi hija para recoger las monedas que nos faltaban en una fuente donde las habían echado visitantes anteriores, como la de Trevi. Fue gracioso, incluso tuvimos que entrar y mojarnos los pies, pero no creo que fuera un saqueo cultural. Y cuando me dirigía de nuevo al coche para continuar la ruta llamé a mis padres. Y fue mi madre quien me lo contó. Lo habían matado…. Me quedé entonces sin habla, con el nudo en la garganta característico mío, más que las lágrimas, como si hubieran matado a alguien cercano. Toda aquella belleza que acababa de contemplar quedó mancillada, llena de dolor y de rabia. Y fui también un poco Boabdil llorón, llorando por un chico que era de otro partido, que vivía lejos y que tocaba la batería. Y que cayó en manos de unos miserables que le dispararon no una sino dos veces. Así fue.

Pulseras. Una es un recuerdo del pasado, tampoco tan remoto, confeccionada por las manos creativas e inocentes de una niña. La otra, con apariencia de azabache, es solamente imitación de azabache, de hace un par de años, durante una estancia en la Costa da Morte, en Finisterre. Imitación u original ya casi no importan. Ahí está la manida frase: la naturaleza imita al arte… Me las pongo en verano, en tiempo de verano, no porque las pulseras, como las bicicletas, sean sólo para el verano, sino porque entiendo que las vacaciones, mis vacaciones, son un tiempo de libertad. Siempre me las pongo juntas. En fin, cada loco con su tema.

Doce minutos abriendo el telediario para contar la consulta popular venezolana. Sin padrón y al margen de los consulados. Lo dicen al final. Y las urnas son cajas de cartón de esas de hacer las mudanzas. Todo muy serio.

¿Cómo va a ser capaz un bicho como Alien y similares de diseñar y construir una nave interestelar o un sistema informático súper guay superior..? ¿Con unas garras y unos colmillos? ¿Estamos tontos?

Anecdotario generacional: le he mencionado a mi hijo el formato Súper 8, de película, y me ha confesado que pensaba que se trataba de un súper héroe…

Nunca he acabado de entender lo de la mantita para ver una película en el sofá pero sí lo entiendo perfectamente para ver una en el cine. El aire acondicionado, eso sí que es un problema. Menos mal que he llevado una cazadora. Hombre prevenido vale… para prevenir la tos.

Cuando se habla de cisnes, casi siempre suele hacerse en clave de ballet o cuadro naturalista, romántico o cursi. Pero resulta que en la Edad, se los comían. Y no penséis que estoy haciendo el canto del cisne. El final.

¿Por qué los melómanos tienen que ser empedernidos?

Qué peñazo de Principito en inglés, digo qué peñón.

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