Editoriales, Número 81
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Editorial: Mariano Rajoy, entre el no me consta y el no me acuerdo

Foto: Agencias. Miércoles, 26 de julio de 2017.

   Editorial

Ha sido una declaración histórica que lamentablemente servirá para poco. Todo estaba controlado de antemano, medido, sin margen para la pregunta incómoda. Como si el guion estuvise escrito desde hacía tiempo. La Audiencia Nacional se ha ocupado de que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy −que comparecía en calidad de testigo aunque en la práctica se ha comportado como un imputado que echa balones fuera− sufriera el menor daño posible en su imagen personal. Y bien que se le ha visto arropado.

A primera hora de la mañana, el coche oficial con las ventanillas tintadas que trasladaba al “testigo accidental” entraba en la sede judicial. Se impedía de esta manera la esperada foto con la que soñaban cientos de periodistas, la del presidente entrando en la Audiencia Nacional entre gritos de “no hay pan para tanto chorizo” y “Mariano dimisión”. Una vez dentro de la sala, hasta la escenografía estaba sutilmente estudiada. Ni un solo cabo suelto. Rajoy se sentaba al lado del tribunal, bien amparado como poder institucional que es, y lejos del inquisitivo fiscal y de los fastidiosos abogados. El principio de equidistancia procesal saltaba por los aires. Minutos después, un Rajoy fresco como una lechuga atravesaba la sala de vistas con paso seguro y ligero, braceando mecánicamente, como si estuviera en una de sus carrerillas matutinas al trote cochinero. Ha tomado asiento cómodamente, ha guiñado el ojo varias veces, con ese tic nervioso tan característico suyo que le sale en los momentos tensos, cuando la mentira y la verdad se entremezclan de una forma peligrosa, y se ha puesto a dar rítmicos golpecitos en la mesa con las yemas de los dedos, tratando de aparentar normalidad, como si estuviera en una reunión de amigos más que en un juzgado penal. Sin duda, su intención era convertir su declaración judicial en un acto político, aunque no le ha salido bien la jugada.

Abría fuego el abogado de ADADE, José Mariano Benítez de Lugo, que ejerce la acusación popular en el caso Gurtel: “¿Conocía usted la existencia de la caja B del partido?”. “Mi función es política, no me dedico a cuestiones de contabilidad”, responde el gobernante gallego con cierta arrogancia. Y es ahí cuando el magistrado presidente, Ángel Hurtado, el hombre que desde el principio se había opuesto a que Rajoy diera explicaciones sobre la trama corrupta Gurtel y su relación con la caja B del PP, ha echado el primer capote al presidente. “No voy a permitir preguntas que no tengan que ver con este caso”. La primera en la frente. Helado silencio entre los letrados. Estaba claro que Hurtado tomaba las riendas del interrogatorio con mano de hierro. No estaba dispuesto a que la cosa se le fuera de las manos. Y a partir de ahí se terminó la espontaneidad, la libertad para preguntar, las cuestiones espinosas, las trampas dialécticas y la posibilidad de que Rajoy metiera la pata en algún punto escabroso. Todo lo interesante que podía tener la declaración ha sido debidamente allanado, liquidado desde el primer momento. Cualquier pregunta de los abogados sobre la financiación del partido era impertinente. Cualquier cuestión sobre las competencias del presidente en la contabilidad B de Génova era oportunamente rechazada o ya había sido contestada antes o pertenecía a otro sumario y a otro juicio que no venía a cuento. Rajoy podía respirar tranquilo. Estaba claro que no iba a tener que sufrir demasiado. A partir de ese momento, el líder del PP se lo ha tomado con más calma y hasta se ha permitido tirar de su célebre retranca gallega en varias ocasiones. “Yo no llevo la llave del partido ni estaba en la puerta; yo soy el presidente y me dedico a la política”, ha bromeado con jactancia. Hasta que ha llegado el momento más delicado de la mañana, cuando ha tenido que explicar si fue la Gurtel o el partido quién sufragó sus vacaciones en Canarias con la familia. “Lo pagó mi partido hasta donde yo sepa. Pero no soy yo el que busca la agencia de viajes, ni el que saca los billetes de avión y no compruebo cada factura porque entonces tengo un problema. Hago cien viajes cada semestre”, ha dicho algo trémulo y acorralado por primera vez.

Por lo demás, lo previsible. El manual del amnésico que no se acuerda de nada o del ignorante que no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor. ¿No se enteraba o se hacía el tonto? Por supuesto, no sabía que en su partido y en las localidades gobernadas por el PP corría el dinero negro a espuertas (“yo no puedo saber lo que pasa en 8.000 ayuntamientos”); tampoco conocía a Francisco Correa, el cerebro de la trama corrupta que pasaba más horas haciendo negocios en Génova que en su propia casa (“alguna vez lo he saludado”); y rotundamente nunca ha recibido sobresueldos de los empresarios paganinis del PP. Ha tenido que reconocer que al tesorero del partido, Luis Bárcenas, tras ser cazado por la Guardia Civil, le permitieron seguir usando el coche oficial y hasta un cuarto para que pudiera meter sus cajas comprometedoras como bombas de relojería. Y cuando se percató de que Correa y su grupo eran unos corruptos, cuando comprobó que municipios como Arganda y Majadahonda estaban hasta arriba de basura, dio órdenes a  Esperanza Aguirre para que lo investigara y “tomase o no tomase las decisiones justas y convenientes”. “Le dije que se ocupara del asunto y viera qué había ocurrido”, apostilló. Sobre Alvaro Pérez El Bigotes, el amiguito del alma del presidente valenciano Francisco Camps, Rajoy ha dicho que no lo conoce de nada, aunque “en algunos actos de campaña sí lo he visto” y haya viajado con él a Argentina y Uruguay. “No es imposible que lo conozca, pero no me acuerdo”. A Pablo Crespo, otro de los jefes de la mafia, sí lo trataba porque “era de Pontevedra”. En cualquier caso, “yo no conozco a todas las personas que trabajan en el partido como no conozco a todas las personas que trabajan en Moncloa”. Más surrealismo gallego.

Al presidente le pareció “lógico y honesto” decir que en los papeles de Bárcenas todo lo referido a él era falso, “salvo alguna cosa”, ya que jamás recibió sobresueldos en B. No sabe nada de las acciones de Libertad Digital compradas con dinero negro, no sabe nada de la reforma de la sede del partido sufragada con fraude a Hacienda, y por supuesto tampoco sabe nada de las cuentas en Suiza en las que Bárcenas enlataba el dinero de las comisiones. “No sé nada de esas cuentas ni de ese asunto”, ha afirmado cuando ya solo echaba balones fuera. “¿Entonces, por qué aparece su nombre en primer lugar en la lista de pagos en B a altos cargos del PP”, se le pregunta. Y otro decepcionante “no lo sé”.

Y así fue transcurriendo el acto. Si la pregunta era arriesgada recurría al consabido no me consta o no me acuerdo; si la cuestión era peliaguda no sabía de cuentas, solo de política. Hasta que ha llegado el segundo momento comprometido, cuando ha tenido que reconocer que envió el famoso SMS al tesorero Bárcenas, esa frase bochornosa que le acompañará siempre como una mancha indeleble.  Ha sido Wilfredo Jurado, abogado del PSOE, quien le ha preguntado sobre el famoso mensaje, el “Luis sé fuerte, hacemos lo que podemos”, que envió al contable cuando se destapó el pastel y el tesorero purgaba en la cárcel los pecados de todo el partido. “Pues significa eso, que hacemos lo que podemos, no podíamos hacer nada que perjudicara al proceso. Respondí a los mensajes de Bárcenas porque tengo por costumbre contestar”. Un presidente educado hasta con los delincuentes. Como tiene que ser.

En general, los abogados están disgustados porque el presidente del tribunal les ha cortado las alas durante todo el interrogatorio. “¿Si no podemos preguntarle por las cuestiones económicas, qué hemos venido a hacer aquí?”, se preguntan ante la máquina del café.  Pablo Iglesias y Pedro Sánchez reclaman la dimisión del jefe del ejecutivo. “España no se merece esta vergüenza”, dice el líder de Podemos. “Solo le queda una salida honorable: que presente su dimisión ante el rey esta misma mañana”, asegura el secretario general del PSOE. En el PP, sin embargo, no se dan por aludidos. Es más: están satisfechos. Creen que Rajoy ha salido airoso del envite. Ya se prepara la formidable maquinaria del partido para sacar réditos políticos de lo que ha sucedido esta mañana en la Audiencia Nacional. El PP sería capaz de rentabilizar el hundimiento del Titanic, si fuera preciso. La consigna a partir de ahora: proyectar la imagen de un hombre sincero que siempre dice la verdad, hasta en sede judicial y pese a que arrastra un carromato de detritus. Lástima que el escándalo sea tan mayúsculo que ya nadie se crea las mentiras del presidente. Ni siquiera él mismo se las cree ya.

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