Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 81, Opinión
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El coraje de los pájaros

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Viernes, 21 de julio de 2017

@lidia_sanchis

Si tú no te llamaras Naiara, ataduras en las muñecas, un niño te estaría mirando, tímido, dudando si preguntarte si mañana ibas a bajar a la piscina con tus primas. Que te esperaba en la plaza, te diría. O quizá, por la tarde, un paseo con la pandilla hasta el río. Si tú no te llamaras Naiara, la tibia rota que se suelda sola, alguien te cogería de la mano y te llevaría hasta el bar de Paco para comprarte un helado. De limón, tu preferido, ese sabor dulce y ácido a la vez, dos de los cuatro que, según has aprendido en la escuela, se encuentran en la punta y en los laterales de la lengua. Saldrías a la calle después de la siesta con tu vestido de flores y te sentarías en el umbral a esperar a que pasase una amiga o a que la vecina sacase su silla a la fresca y te ofreciese, como cada tarde, unas galletas, un caramelo, algo. Si tú no te llamaras Naiara, las rodillas desolladas, tu prima se prestaría a acompañarte a darte un baño en la piscina porque el calor de este mes de julio está siendo insoportable. Un rato antes, tu abuela te habría trenzado el grueso cabello negro porque dice que con la cara destapada estás más guapa y más fresquita. Y te habría hecho la última prueba de un vestido blanco que hace meses que cose para que lo puedas estrenar en la fiesta del santo Santiago. Si tú no te llamaras Naiara, el bazo roto, quizá podrías este verano conocer el mar y viajar a esta parte del mundo tapizada de naranjos perfumados de azahar. Y aprender a montar en bicicleta, la grande, la que te trajeron los Reyes Magos. Aunque ese aprendizaje te costara varias peladuras en las rodillas; nada que mamá no pueda curar con unas cuantas tiritas. El niño tímido te invitaría al cine de verano y caerían una bolsa inmensa de pipas y dos películas de aventuras mientras los mosquitos os comen las piernas y las polillas negras revolotean cerca. Y una mañana aburrida abrirías un libro, Matilda, por ejemplo, que te regalaron por tu cumpleaños, y a partir de ese momento, la luz de tu casa sería más intensa y más cálida. Si tú no te llamaras Naiara, marcas de cuerdas en los tobillos, un padre te contaría un cuento cada noche para espantar a los monstruos.

Si tu nombre no fuera Naiara, edema cerebral, pasaría un verano, y otro, y unos cuantos más y habrías tenido otros tantos amores que son para siempre hasta que se acaban. Quizá te gustara la música de Los Fabulosos Cadillacs y el asado argentino. Quizá estuvieras aprendiendo francés y escucharas a Dominique A cantar “Si seulement nous avions le courage des oiseaux qui chantent dans le vent glacé”. Si tú no te llamaras Naiara, cuerpo machacado, alma arrebatada, podrías haber tenido el coraje de los pájaros que cantan incluso cuando el viento helado penetra en el corazón.

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L'Avi

@AviNinotaire

2 Kommentare

  1. Lidia Sanchis dicen

    Gracias por tus palabras. Y me uno a tu deseo. Un abrazo, Marjo.

  2. María Josefa García dicen

    Y si tú no te llamarás Lidia Sanchís y escribieras como los ángeles, no estaría yo tiritando a pesar de los 26ºC, el vello erizado, un nudo en la garganta y llorando por Naiara y por todas las Naiaras, maltratadas, torturadas y muertas, por sus familiares o por esta sociedad, tan dada a darles la espalda y disculpar -a veces- los castigos corporales porque “así aprenderán” o porque le apetecería romperle la crisma a alguien y es más fácil descargar en un niño, todo el odio hacia ese alguien -como buen cobarde que es uno- que encararse con aquel que odia y que sabe que en una lucha cara a cara, el que saldría perdiendo siempre sería él.
    No soy creyente, pero, es en estos momentos, en los que deseo, que exista un lugar, donde todos los niños muertos, (iba a decir indebidamente muertos, pero ninguna muerte es válida cuando se trata de un niño) encuentren todo lo que en vida no tuvieron, un lugar de juegos, amigos y disfrute eterno, que si existiera esa justicia divina, sería su cielo prometido y a la vez, ejecutaría sin la indolencia habitual, la misma en la tierra para tantos indeseables que la habitan.
    Un abrazo.
    Marjo Garel

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