Aitana Castaño, Número 80, Opinión
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Amor libre

Por Aitana Castaño. Viernes, 7 de julio de 2017

@Sairutsa

Si Lucía hubiera podido elegir a quién querer, habría elegido querer a ese chico que en el instituto le tiraba los trastos aunque ella no se diera por aludida. Era alto y no muy guapo pero tenía una sonrisa tan grande como sus manos y eso le hacía un chico atractivo. Él le decía “te acompaño a casa”. Y Lucía respondía “no hace falta”. A fuerza de responderle “no hace falta” él, un día, dejó de ofrecerse y dejó también de tirarle los trastos, porque no se daba por aludida. A Lucía le hubiera gustado que el chico de sonrisa y manos grandes le gustara. Todo hubiera sido más fácil. Pero no. Ella solo tenía ojos para Eva Armayor, su compañera de pupitre. Nunca se lo confesó.

Lucía se casó con un hombre bueno, trabajador, de grandes manos pero escasa sonrisa. Tuvieron dos hijos, muy queridos, muy mimados. A veces Lucía pensaba que demasiado. No volvió a saber de Eva aunque, a veces, pensaba en ella. Se preguntaba qué había sido de su vida, cómo la habrían tratado los años, ¿también ella se habría casado con un hombre bueno y trabajador? La respuesta le llegó de boca de su hijo Alberto, el mayor, mientras preparaba la cena. “Tenemos profesora nueva de literatura, mamá. Es muy graciosa. Y es de aquí. Vivió en Madrid muchos años y ha vuelto. Dice Martín que es porque su madre está enferma y la ha venido a cuidar. Se llama Eva Armayor y es escritora, dice Martín que bastante buena. Debe de ser así como de tu edad, mamá”.

Lucía sonrió por la doble referencia de su hijo Alberto a Martín. Ella sabía que los dos chicos eran algo más que amigos. Los había encontrado un día cogidos de la mano en la calle y al verla se habían soltado con prisa y algo de pudor. Las palabras de Alberto resonaron en la cabeza de Lucía: “Eva Armayor…. debe de ser así como de tu edad, mamá”. La mujer se dio la vuelta, con el paño de cocina se secó las manos y agarró la cara de Alberto.

–Mi vida, ¿tú quieres a Martín?

El joven se puso colorado, bajó la mirada, apretó los dientes y murmuró un escueto:

–Sí.

Lucía le levantó la barbilla e hizo que su hijo la mirara a los ojos.

–Nunca, nunca te avergüences por amar.

*****

He descubierto las bondades de explicarles cosas a los tíos que no conozco de nada por la calle o en el trabajo:

–Mira, voy explicarte por qué tienes que cerrar la puerta del baño cuando vas a mear y yo me estoy tomando un café en la primera mesa del comedor.

–Mira, voy explicarte por qué no es bueno para tu cerebelo que te arrasques la huevera con estos calores.

–Mira, agáchate ahí. Toma un pañuelo de papel y frota bien. ¿Ves como tu escupitajo da mucho asquete de cerca?

–Mira, neno, voy decirte cómo funciona una ducha y que no pasa nada porque la uses todos los días.

–Mira, prenda, nada de lo que cuentas es interesante para este mundo y además, las bermudas no le quedan bien a todos los tíos.

–Mira, rey, aparcaste con el ano y tu coche es muy grande, por lo que no he tenido otra opción que sacar el mío del sitio a purito golpe. Es buenísimo para la chapa de los coches, que si no, con el desuso, se pierde.

–Mira, Girauta, escribes fatal pero te supera tu cretinidad. Cómprate una moto y vete a la Toscana, pichón, que me han dicho que es muy bonita en verano.

Y así todo.

Womensplaining lo llamo.

¡Apúntate!

El womensplaining es droga.

*****

Muy altos y muy católicos y muy magníficos y muy virtuosos señores de Telecable: Tengan a bien vuesas mercedes explicar a esta humilde sierva de Dios si la migración que están efectuando de sus redes es a Movistar o al siglo XIII. Siempre suya (o no).

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