Francisco Saura, Número 81
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A Barcelona

Por Francisco Saura / Foto: Efe. Martes, 22 de agosto de 2017

@pacosaura2

Cuenta Amin Maalouf en Las Cruzadas vistas por los árabes que en el último mes del año 1099, los frany (de franco o francés: así conocían a los cruzados los habitantes de Asia Menor), conquistada la ciudad de Maarat, en el oeste de Siria, “cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados”. En 1100, los jefes cruzados escribieron al Papa que “un hambre terrible asaltó al ejército en Maarat y lo puso en la cruel necesidad de alimentarse de los cadáveres de los sarracenos”. Afirma Malouf que “los turcos no olvidarán jamás el canibalismo de los occidentales. A lo largo de toda su literatura épica, describirán invariablemente a los frany como antropófagos”.

No parece que la imagen que tenían los cristianos de los reinos medievales de sí mismos fuera esa. Estaban bendecidos por el Papa, poseían la fe verdadera y estaban llamados a recuperar Jerusalén para la Cristiandad. Las guerras de religión no las inventaron los musulmanes. Posiblemente nunca se sabrá quién las inventó porque revelada la religión siempre hubo herejes a los que exterminar, en nombre de la fe verdadera, en nombre de Dios. Tampoco parece que la imagen que tienen los musulmanes de sí mismos sea la de violentos, sin sentimientos, intolerantes, fanáticos y suicidas. El canibalismo de Maarat debió ser excepcional pero hay sucesos que quedan grabados en la tradición oral y escrita de los pueblos y se transmite, y deforma, a lo largo de los siglos. Todavía quedará gente que narre al anochecer, alrededor del fuego del hogar, historias de la antropofagia de los europeos, que llegaron como una plaga de langostas a Asia Menor para supuestamente liberar los lugares santos del cristianismo. Pero esos relatos hablan de tiempos remotos, en una época en los que los musulmanes eran más cultos que los cristianos y poseían verdaderas ciudades y no las aldeas que eran en aquel entonces las actuales ciudades europeas. Desde entonces ocurrieron muchas cosas, incluidas las guerras de religión que asolaron Europa Occidental en la Edad Moderna. Ciertamente, París, Londres, Berlín o Madrid no pueden dar lecciones de evoluciones históricas modélicas (al menos con los cánones actuales y con las exigencias morales que predicamos para los demás). Tampoco pueden mostrar orgullo por su primacía moral en el siglo XX, ni hacia dentro ni hacia fuera.

Esa primacía moral e intelectual de la cultura occidental no parece compatible con las relaciones de las metrópolis europeas con primero sus colonias y posteriormente sus áreas de influencia, ni en las ideas ni en los actos. Durante el siglo XX se ha apoyado a las dictaduras teocráticas petroleras sin importar las violaciones sistemáticas de los derechos humanos y de los más elementales principios de igualdad del género humano. El petróleo ha sido ese oscuro objeto del deseo que ha permitido las alianzas con genocidas que mantienen sometidos a sus pueblos o a los pueblos que venidos de fuera viven en la esclavitud laboral. Y sin embargo, durante la segundad mitad de la centuria pasada, se ha sofocado cualquier experiencia progresista y laica en el mundo musulmán. Y no hablamos de Irak o de Siria. Curiosamente, los dirigentes de antiguas colonias del norte de África o de Oriente Medio buscaron, tras la independencia, un desarrollo económico, social y cultural que les acercara a los países de Europa Occidental. Todos fracasaron: desde el Egipto de Nasser hasta la Argelia del FLN. En aquel tiempo, nadie podría pensar que el fanatismo homicida y suicida de grupos como Al-Qaeda, los talibanes o ISIS llegaría a esclavizar a su propia gente o a sembrar el terror en ciudades como Nueva York, Madrid, Londres, París o ahora Barcelona. No obstante, el horror que nos produce la barbarie desalmada de los predicadores de la Yihad Santa no nos debería producir estupor: nadie, en 1933, podía creer que el nazismo llegara a los niveles de depravación a los que llegó. Se podía predicar de la Unión Soviética, pero de la culta y gloriosa Alemania, nunca. Europa nunca debería juzgar sin mirar para atrás, buscando en su pasado lo que la avergüenza, que no es poco.

El odio es una enfermedad de la memoria difícil de sanar. El odio que se predica en las redes sociales. El odio de los bombardeos, de los locos religiosos, de los locos laicos y de esos hijos de la civilización europea que venden armamento a Arabia Saudí y tantos otros estados tiránicos. El mercado no pertenece al mundo de la razón y siempre está exento de cualquier reproche moral. En las últimas horas, las redes sociales hierven con mensajes racistas. El último, un vomitivo “domingo 12:00 concentración frente al Congreso. Que quiten todas las ayudas a los musulmanes. Estamos dando de comer a sus hijos para que maten a los nuestros. Basta ya. Pásalo”. Barcelona no merece tales manifestaciones de racismo descarnado. Tampoco sus muertos. Barcelona es una ciudad libre, grande, hermosa, plural, abierta al mar y a la civilización. Y lo está demostrando día a día mientras que energúmenos de toda laya ventean el odio racial.

“Y el cielo te mira con ojos soñadores,

Porque allí donde estás estaba antes el mar,

Y el mar te ha impregnado de luz azul.

¡Nuestra ciudad construida en alto sobre el mar!”

                                                                      J. Becher

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