Álex, Humor Gráfico, Número 79, Opinión, Óscar González
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Perfectamente alienados

Por Óscar González / Viñeta: Álex, la mosca cojonera. Viernes, 23 de junio de 2017

@Morgoski

De todas las formas de alienación a las que nos vemos sometidos como ciudadanos españoles, una de las más nocivas es la que deriva del negocio del fútbol profesional, esa rama de la actividad económica que glorifica a individuos de escaso nivel intelectual y los vende como héroes, como referentes para una clase trabajadora huérfana de espejos reales en los que mirarse.

Los futbolistas de élite (aunque la teoría sirve igual para otros famosetes) son todo aquello que el sistema nos enseña que debemos ser: son ricos, son guapos, salen con mujeres despampanantes, conducen cochazos y tienen clubes de fans. Ganan de media en un año ocho veces lo que un trabajador normal a lo largo de toda una vida ─aunque este dato posiblemente haya empeorado con la devaluación salarial de los últimos años─ y, si se meten en algún lío, hay una legión de individuos dispuestos a brindarles su apoyo incondicional, desde los hinchas de su equipo hasta los juntaletras de los medios afines a los mandamases del club de turno. Viven vidas fáciles alejadas de los problemas cotidianos de la gente a la que dicen deberse. Ahí reside su atractivo.

La devoción que suscitan estos individuos tiene relación con la eterna soledad que vivimos en nuestras sociedades modernas, con esa insatisfacción derivada de lo que Marx llamó El Fetiche. Es ese impulso que nos lleva a desear una cosa hasta que la alcanzamos y otra distinta al poco rato, cuando la primera pierde su condición de novedad y nos damos cuenta de que seguimos igual de vacíos que antes. Al momento empezamos a desear algo distinto, algo nuevo. Algo que, esta vez sí, nos llenará esa angustia que todos sentimos en el fondo de la mente, sin saber decir de dónde ha salido. Y cuando el proceso se repite, cuando compramos ese objeto idealizado que nos iba a llenar y no lo hace, no nos paramos a pensar. Transferimos la idealización a otro distinto y nos lanzamos a por él. Así es como sigue girando la rueda: el deseo, el fetiche, son las zanahorias que cuelgan ante nosotros, los burros, para que corramos tras ellas, para que el sistema no se detenga. La clave del funcionamiento del modelo actual es la insatisfacción permanente y sus resultados conocidos: alienación y enfermedad mental.

En medio de esa espiral de anhelos y deseos insatisfechos, los ídolos del deporte son un símbolo de que el éxito está al alcance de la mano de cualquiera. Si se fijan, la gran mayoría presentan características comunes en sus biografías: proceden de familias humildes, de zonas del planeta en las que ser crío no es cosa fácil o algún drama similar. Pocos son niños bien, procedentes de familias de rancio abolengo. Esos se dedican a otros deportes menos proletarios. Sus historias, las que nos venden, hablan de esfuerzo, de superación, de tener un objetivo y no descansar hasta verlo cumplido, de sacrificar mucho por el camino. Se envuelven en una épica falsaria que convierte su ridícula hazaña en algo heroico y crean una (como mínimo, discutible) sensación en la gente de que la cantidad salvaje de millones de euros que reciben temporada tras temporada es la justa recompensa por tanto esfuerzo. Parecerse a ellos o creer que un hijo puede llegar a hacerlo es el fetiche perseguido, el que hará que el individuo se convierta en un engranaje perfecto de la máquina de producción infinita.

Desde ese prisma, que a Cristiano Ronaldo le reclame Hacienda 15 millones de euros no suscita la indignación contra el ídolo, sino contra el recaudador que rompe esa imagen idealizada del referente. Por eso no nos debería sorprender que aparezcan peticiones en plataformas digitales para que la Agencia Tributaria perdone al futbolista la (presunta) deuda. Por eso hay currantes justificándolo mientras gritan en el bar que el problema son los autónomos que no te dan factura. Por eso les da más reparo pensar en que sea el portugués el que vaya a la cárcel que la idea de que pueda hacerlo un sindicalista.

No es que sean desclasados; son el producto perfecto de un sistema enfermo, con la capacidad crítica justa para pasar el día y el sueño de llegar a ser como el ídolo. Y mientras esperan a que llegue ese día, siguen corriendo en la rueda del hámster. Perfectamente alienados.

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Alex, La Mosca Cojonera

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