Artsenal, Humor Gráfico, Número 78, Opinión, Víctor J. Maicas
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Objetivo: acallar al mensajero

Por Víctor J. Maicas / Ilustración: Artsenal. Viernes, 9 de junio de 2017

Víctor J. Maicas

O lo que sería lo mismo en este caso, acallar la voz de todos aquellos que democráticamente quieren utilizar su libertad para expresar a la sociedad que no todo lo que se hace desde las cúpulas de poder es un dogma de fe.

Y es que por mucho que se empeñen muchos gobernantes en decir que el poder que les ha dado las urnas los legitima durante cuatro años, es el pueblo el que en una sociedad verdaderamente democrática debe tener el derecho a expresar abiertamente su opinión si, antes de una nueva consulta electoral, ve vulnerados sus derechos como ciudadano y si los que ejercen el poder no están cumpliendo con lo prometido o adoptan leyes que no van encaminadas al bien común.

Sí, la protesta es un derecho sagrado de la ciudadanía, pero por lo que parece, muchos gobernantes este derecho no lo tienen totalmente en cuenta una vez se sitúan en lo más alto. Sólo así entendemos muchos esa pretensión de castigar o acallar la voz de la ciudadanía mediante leyes como la controvertida ley mordaza que aprobó el Gobierno.

Pero este tipo de leyes no es algo que sucede de manera espontánea, pues en este artículo que escribí hace varios años y se publicó en un conocido periódico digital, hablo ya de esas tendencias de algunos gobernantes por legitimar cierta censura, aun no habiéndose hablado de forma mediática durante aquel tiempo de esta nueva ley que aprobaron en su día. Pero mejor lean dicho artículo, y valoren ustedes mismos si los signos “dictatoriales y de censura” no sobrevolaban ya nuestro país durante aquel tiempo:

EN PARIS, ¡HASTA SE BESAN EN LA CALLE!

Viendo el delirio de algunos y ese control absoluto sobre la ciudadanía al que aspiran muchos políticos, quizá algún día el significado de esta frase nos vuelva a resultar sorprendente. No hace mucho volví a ver una película en la que uno de los personajes le decía a sus paisanos: “En París, hay gente que hasta se besa en la calle, ¡a tornillo!”. Esa frase que hoy en día, por suerte a la ciudadanía española no nos sorprende en absoluto, hay que situarla en su contexto para que se pueda entender su sentido, y dicho contexto no es otro más que el siguiente: el “españolito” en cuestión había visitado Francia en la época del franquismo,  aquel oscuro tiempo en el que besarse de esa forma en público constituía todo un escándalo y una especie de delito en nuestro país. Evidentemente, dicho personaje también hubiese podido decir a sus compatriotas, con la misma perplejidad, que “en París, hay gente que protesta en la calle y ni tan siquiera son detenidos”.

En fin, supongo que algunos ya habrán deducido con esta especie de sarcasmo que estoy haciendo hacia dónde va dirigida esta reflexión, pues es posible que dentro de unos años nuestros hijos, que ya se habrán tenido que marchar del país por la falta de trabajo, les digan a sus amigos a la vuelta: “en Francia, la gente muestra su repulsa en la calle por determinadas leyes impuestas por el gobierno, y no son acusados  y encarcelados con el pretexto de pertenecer a una organización criminal”. Pero, puestos a pensar en lo que sucederá en un futuro, quizá algún día sean los hijos de nuestros hijos, es decir, nuestros nietos, los que en algún momento les cuenten a los españolitos que “en París, hay gente que hasta se besa en la calle, ¡a tornillo!”, pues viendo las expresiones de determinados obispos y la sintonía que tienen con algunos políticos que ocupan el poder, a estas alturas ya nada se puede descartar.

Hubo un tiempo en el que creíamos que el progreso ya no tenía marcha atrás. Pero hoy en día, y viendo todas las agresiones que están sufriendo los trabajadores con la nueva reforma laboral, el perdón a los defraudadores, las declaraciones de determinados políticos diciendo que a partir de los 16 años quien quiera estudiar que se lo pague, y viendo igualmente los lamentables hachazos que le están dando a la sanidad y a la educación públicas, no es por lo tanto nada descartable que los españolitos de dentro de unas décadas se parezcan a aquellos ciudadanos que durante la dictadura franquista se tuvieron que marchar de su país en busca de un futuro con oportunidades y dignidad.

Hace ahora unos tres años, cuando escribí mi novela ‘Año 2112. El mundo de Godal’, intenté denunciar a través de ella ese preocupante retroceso en nuestros derechos y esa ansia desmedida del gran poder por controlarlo todo. Para ello, y ayudado por todo aquello que es capaz de enseñarnos la historia puesto que el ser humano cíclicamente comete los mismos errores (de ahí que al gran poder no le interese potenciar las asignaturas de humanidades ya que incitan a pensar y a reflexionar), intenté plasmar cómo sería la sociedad dentro de cien años, pero tal y como avanzan los acontecimientos, creo que pequé de optimismo puesto que a esa sociedad dictatorial que describo en esta novela posiblemente no se llegará en cien años, sino en unas pocas décadas (o incluso en menos).

¡Ah!, por cierto, dentro de poco tiempo de lo que sí podremos alardear los ciudadanos de este país es que marchando hacia atrás, ni tan siquiera los cangrejos nos podrán superar. Por desgracia, todos esos logros conseguidos por varias generaciones en busca de una sociedad más justa los está aniquilando el brutal neoliberalismo económico que nos están imponiendo, propiciando que el equilibrio se rompa al acrecentarse cada vez más las diferencias entre ricos y pobres y, por lo tanto, poniendo en grave peligro esa convivencia que tanto nos ha costado conseguir.

Y como supongo que este artículo no gustará a determinada gente, y al ritmo que vamos incluso podrá ser considerado subversivo, me gustaría acabar con una frase del gran Antonio Machado antes de que a alguien se le ocurra dictaminar, como ya ocurrió en la dictadura, que Machado era un subversivo. Así pues, les dejo con las palabras del gran poeta que, después de lo que les he contado, son para tener muy en cuenta:

“Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas, ha de helarte el corazón”.

Sí, desgraciadamente, y como ya advertía hace años en este artículo que acaban de leer, con esa ley mordaza muchas de las cosas que dábamos por hechas respecto a nuestros derechos como ciudadanos quedaron en el olvido. Unos derechos ganados a pulso durante muchos años y con el esfuerzo de varias generaciones y que ahora tendremos que volver a luchar por ellos tal y como lo hizo, por ejemplo, Antonio Machado en su día y que finalmente le costó el exilio al no poder transmitir en su propio país todas esas inquietudes que, como ser humano, cualquier persona debería poder expresar sin temor a represalias ni censuras.

Así es, lamentablemente, “acallar al mensajero”, es decir, a esas personas que mediante su opinión formando parte de una manifestación pacífica intentan mandar un mensaje al resto de la ciudadanía para que reaccione ante unos determinados hechos, se ha convertido en el objetivo de muchos gobernantes. Y es que por lo que parece, para muchos dirigentes eso a partir de ahora podrá significar un delito. O lo que podría ser peor, que un acto reivindicativo pudiera ser considerado una especie de acto terrorista dependiendo de cómo se interpretan otras leyes aprobadas también recientemente por el ejecutivo (se considerará terrorismo la subversión del orden constitucional o desestabilizar gravemente el funcionamiento de las estructuras económicas y sociales, es decir, que como por ejemplo se pregunta el filósofo y periodista Josep Ramoneda, ¿se considerará acto de terrorismo una huelga en un sector estratégico?).

En fin, pues en definitiva, lo que muchos pensamos es que tan sólo buscan acallar la voz de los que no están de acuerdo con un determinado comportamiento de esos gobernantes que, al menos por lo que parece, siempre tienen más en cuenta a los lobbies económicos que a la propia ciudadanía, esa precisamente a la que se deben por encima de cualquier otro tipo de intereses.

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