Humor Gráfico, Jose Antequera, Luis Sánchez, Número 79, Opinión
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Nostalgia del 77

Por José Antequera / Viñeta: Luis Sánchez. Viernes, 23 de junio de 2017

@jantequera8

Cuarenta años de democracia. Cuarenta años desde aquel 15 de junio del 77, cuando nos explicaron que una urna era una cosita de cristal que servía para votar de vez en cuando y poco más. No lo habíamos hecho nunca, estábamos vírgenes de libertad los españolitos. El Tío Paco acababa de estirar la pata, como quien dice, y se votaba con miedo y vergüenza, como ese adolescente impetuoso ávido por tocar la primeriza piel. “¿A quién va a votar usted, señora?”, le preguntaba el típico periodista progre a una ama de casa de las de antes, una española sencilla, decente y madre de sus hijos, como ordenaba la Santa Madre Iglesia. “No lo sé. Lo que me diga mi marido”, respondía la pobre. Qué sabía ella lo que era eso de la democracia, la Constitución, la separación de poderes, la ley D’Hondt. Un lío, cosas de la vida moderna. Y es que nadie se enteraba de nada, éramos analfabetos políticos, incultos electorales, un pueblo dirigido, como hemos sido siempre. Entre las películas de Concha Velasco y las suecas de Benidorm vivíamos las ficciones de un falso país. Pero aun así, la gente empezaba a despertar y gritaba y cantaba por la calle: libertad, libertad, sin ira libertad.

Entonces nadie creía que la democracia fuera a llegar tan lejos. Los grises repartían hostias en cada esquina, las barricadas echaban chispas, las lecheras se llenaban de rojos y maleantes (que para el caso era lo mismo) y el ruido de sables cuarteleros se escuchaba en todas partes. España se empapelaba de propaganda histriónica y hortera, salían profetas de la democracia de debajo de las piedras, guapos y feos, calvos y jipis, marxistas y falangistas, un partido en cada pueblo, un mitin en cada barrio. Todo el mundo quería hablar, saber, leer, escribir, aprender, debatir. Había hambre pero con dignidad. Miedo pero también ilusión. Sobre todo ilusión. Suárez nos cameló con el “puedo prometer y prometo”, José María Íñigo nos metió el demonio de la tele en el cuerpo y la Cantudo nos enseñó el virgo, dejándonos boquiabiertos tras cuarenta años de coitos religiosos con la luz apagada. Agg, sííí, aquello debía ser el aroma lascivo de la libertad.

Nos tragamos el cuento de hadas de la Transición, nos metimos El País bajo el brazo para parecer más modernos y repetimos hasta la saciedad que ya éramos Europa, una potencia avanzada digna del G20. Todo se hizo deprisa y corriendo, atropelladamente, porque llegaban los milicos con el todo el mundo al suelo. No teníamos cultura democrática, fingíamos que la teníamos, y en cierto modo seguimos sin tenerla. Fue un prodigioso teatro de variedades. Por un momento nos creímos la gallofa de que aquí íbamos a vivir como los suecos, el Mercedes en la puerta y el chalé con piscina en Torrevieja Alicante, como decían los del Un, Dos, Tres. Nos prometieron que esto iba a ser una revolución, el acabose, y que después de unos años no quedaría ni rastro del botijo, la boina y el burrotaxi. A España no la iba a conocer ni la madre que la parió, como anunció Guerra, otro profeta. En cierta manera era verdad porque hoy el divorcio es legal, las mujeres pueden abortar, los gays se casan, todavía hay libertad de expresión y de prensa (Fiscalía mediante) y uno no termina con sus huesos en la cárcel solo por ser comunista. Pero no es oro todo lo que reluce. Con el tiempo se vio que Franco había dejado la cosa bien atada, no pudimos elegir entre Monarquía o República, el Valle de los Caídos sigue proyectando su sombra tenebrosa después de tantos años, las cunetas están llenas de cadáveres de la Guerra Civil (sin que la derecha lo condene), la Fundación Francisco Franco vive de nuestra pasta, la Iglesia marca los tiempos al Gobierno y uno de cada cuatro españoles es un paria marginado. Eso sin contar con que no se ha resuelto el secular problema vasco ni el catalán. El sueño español se ha tornado en pesadilla, hemos despertado por fin de la fábula, y quizá por eso nos hemos vuelto escépticos, incrédulos, ateos de fe política. Hoy no son pocos los que reniegan del 78, y blasfemamos contra los cuatro evangelistas, o sea Adolfo, Felipe, Santiago y Manuel. Pues amén.

¿Qué queda entonces hoy de aquel western formidable que fue la Transición? Poco o muy poco. Tanto esfuerzo y trabajo para terminar en un presidente del Gobierno que se dedica al humor, no a la política. Tanto esfuerzo y trabajo para acabar en unos juzgados repletos de patriotas con los bolsillos llenos, las cuentas suizas rebosantes y el carné del partido tiznado de coca y semen. Tanto esfuerzo y trabajo para terminar en las nutridas colas del paro, en la pobreza energética, en la pensión de mala muerte y en la escuela/crematorio, donde nuestros jóvenes se cuecen de calor, de fracaso escolar e indiferencia. Han sido cuarenta años trepidantes, cuarenta, una odisea loable en la que los españoles hemos cambiado tras pasar por todo, superando las pruebas más duras y difíciles: un dictador que no se moría nunca, un fascismo contumaz, un Rey reciclado metido con calzador, un golpe de Estado felizmente superado, un nacionalismo enquistado, una UCD demolida, un felipismo traidor, una Europa de capitalistas, una OTAN para toda la vida, una EXPO de cartón piedra, una Olimpiada carísima, un aznarismo retrofranquista, un pelotazo tras otro, un zapaterismo pueril y bisoño, una ETA derrotada, once huelgas generales, una reconversión industrial, un 11M y un 15M, una corrupción a mansalva y un miura de crisis que se nos ha llevado por delante, empitonados, como la corná mala del torero Fandiño. Toda una aventura colectiva, todo un galdosiano episodio nacional para terminar en esto que tenemos hoy: un gallego mediocre que fuma puros mientras lee el Marca y un Gobierno podrido de arriba abajo que sigue ganando elecciones con el cincuenta por ciento de abstención.

La Transición fue algo bueno, un logro colectivo y humano trascendental, la concordia, los pactos de la Moncloa y toda aquella milonga que no era del todo verdad, pero que nos sirvió para ir curando heridas (que no cerrando) y saliendo de la cueva franquista. Sin embargo, hoy está todo por hacer. El régimen amenaza ruina, urge un chapa y pintura, el estado plurinacional, la reparación moral de las víctimas del franquismo, el referéndum necesario sobre Monarquía o República y un sistema económico mucho más justo y equitativo que asegure el hospital y la escuela pública, el empleo, la vivienda y un salario mínimo digno, derechos vilmente usurpados a millones de españoles a golpe de recortazo. Aquel 15 de junio del 77 fue una fecha histórica, titánica, algo sin duda para recordar con agradable nostalgia porque todo se veía con inocencia y esperanza y la sombra funesta del dictador quedaba atrás. Pero no nos engañemos: nos hemos quedado a medias. España seguirá siendo una democracia de segunda división, solo formal, todo para el pueblo pero sin el pueblo, mientras el cacique siga en el poder y millones de españoles vivan condenados a la pobreza, a la explotación como personas y trabajadores y a la marginación social. Sin dignidad no hay libertad. Que no tengan que pasar otros cuarenta años para que nos demos cuenta de que esta democracia que nos han vendido tiene truco.

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Luis Sánchez

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