Julia Castro, Literatura
Deje un comentario

Juan Goytisolo, el legado de un heterodoxo

Por Julia Castro / Efe. Domingo, 4 de junio de 2017

   Literatura

Ha muerto Juan Goytisolo, un inclasificable, un rebelde, un escritor poético y cervantino que retrató como nadie las penurias cotidianas de los desclasados de posguerra, personajes de la clase baja, trabajadores, portuarios, chabolistas y rateros. Más tarde abandonó el realismo social para abrirse a nuevas experiencias literarias. Nunca perdió el espíritu crítico y rechazó sin ambages la España tradicional y conservadora, así como los dogmatismos políticos y religiosos. En 2012 anunció que dejaba la narrativa para siempre. “Es definitivo. No tengo nada que decir y es mejor que me calle. No escribo para ganar dinero ni al dictado de los editores”. Fue uno de los más grandes de nuestras letras, aunque quedará para deleite de minorías. Entre otras muchas obras, nos deja la formidable Trilogía del mal (Señas de identidad, 1966; Don Julián, 1970, y Juan Sin Tierra, 1975). El escritor murió hoy domingo en Marrakech, según ha confirmado desde su domicilio Ricard Parise, amigo personal del autor nacido en Barcelona en 1931. Parise, también residente en Marrakech, ha dicho desconocer las circunstancias exactas del fallecimiento, aunque el escritor estaba “muy delicado de salud” en los últimos meses, en los que tuvo que ser hospitalizado en varias ocasiones.

El cadáver de Goytisolo ha sido trasladado a la morgue de Marrakech. El escritor no será repatriado a España, ya que la familia ha decidido que sea enterrado en Marruecos en los próximos días, aunque se desconoce el cementerio donde será sepultado. En España, el novelista José María Ridao ha sido designado por la familia para hacerse cargo de las gestiones sobre su muerte y entierro, y se le espera en las próximas horas en Marrakech.

Goytisolo recibió el Premio Cervantes en 2014, máximo galardón de las letras en lengua castellana. Fue presidente del jurado de la UNESCO que selecciona las Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Autor de una extensa y variada obra narrativa y ensayística, sus primeras novelas se consideran adscritas al realismo crítico. Cultivó géneros como el reportaje, la literatura de viajes o las memorias.

De Goytisolo destacan sus primeras novelas: Juegos de manos (1954), Duelo en el paraíso (1955), o la trilogía formada por El circo (1947), Fiestas (1958) y La resaca (1958), consideradas como adscritas al realismo crítico. A partir de la “trilogía del mal” formada por Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián (hoy Don Julián) y Juan sin Tierra, se produce un punto de ruptura en la tradición literaria española hasta el momento. Desde entonces, no ha dejado de explorar vías nuevas y ha publicado novelas como Makbara, Paisajes después de la batalla, Las virtudes del pájaro solitario, La cuarentena, La saga de los Marx, El sitio de los sitios, Carajicomedia o Telón de boca.

El escritor, el día que recibió el Premio Cervantes.

En los años ochenta publicó sus dos libros autobiográficos, Coto vedado y En los reinos de taifa. Es también autor de ensayos como El furgón de cola, Obra inglesa de Blanco White, Contracorrientes, Crónicas sarracinas o Aproximaciones a Gaudí en Capadocia. Ha publicado también recopilaciones de su intensa labor de colaboraciones periodísticas, como Pájaro que ensucia su propio nido y Contra las sagradas formas, una ocupación que lo ha convertido en una de las referencias intelectuales españolas.

Entre los premios que acreditan la larga trayectoria de Goytisolo destacan el Premio de Ensayo y Poesía Octavio Paz en 2002, el Premio Juan Rulfo en 2004, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2008, el Premio de las Artes y las Culturas de la Fundación Tres Culturas en 2009, y el Premio Quijote de las Letras Españolas a la obra de toda una vida de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE) en 2010.

Goytisolo fue el tercer barcelonés que en los últimos tiempos recibió el premio Cervantes, dotado con 125.000 euros, al sumarse a Juan Marsé (2008, el mismo año que Goytisolo recibía el Nacional de las Letras) y Ana María Matute (2010), un dato especialmente significativo considerando que este premio ha consolidado el hábito de premiar en años pares a autores peninsulares, y en años impares a escritores latinoamericanos. Quedará para la historia su discurso el día que recibió el Premio Cervantes, donde se mostró como un indignado más contra la situación de crisis económica y moral que vive el país:

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción.

El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.

A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito –atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura– sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas.

La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La Regenta o durante siglos como La lozana andaluza.

Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.

“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor.

Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.

Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera.

Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición! Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina.

Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía.

Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.

En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel?

¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen.

Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.

Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo.

El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.

Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.

Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo.

No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino.

Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito.

Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote.

Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *