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José María Merino: “Los avariciosos del poder están llevando a este mundo a un feudalismo de señores y siervos”

 Por José Antequera / Foto: Pablo A. Mendivil. Viernes, 23 de junio de 2017

  Entrevista

“España es un país de lectores en general poco cultos que prefieren una novela de novecientas páginas, plana, reiterativa y llena de tópicos, a cuentos de Chéjov, Aldecoa o Carson McCullers. Como me dijo desdeñosamente una señora en una feria del libro: es que los cuentos se acaban enseguida…” José María Merino (La Coruña, 1941) es uno de nuestros mejores cuentistas, una especie literaria que parece abocada a la extinción por exigencias del mercado y del gran público. “Yo prefiero hablar de cuentos porque un relato corto es cualquier cosa: hasta el acta de reunión de una junta de vecinos”. Charlar socráticamente con Merino es darle la vuelta a todo, a lo mal que está la literatura, a la ciencia ficción siempre fascinante, al sistema educativo tan defectuoso que tenemos, al empobrecimiento del idioma por culpa de las redes sociales y los anglicismos, y también, cómo no, a la actualidad política: “Los avariciosos están llevando a este mundo a un feudalismo de señores y siervos. La avaricia puede llevar a la extinción al homo sapiens”. Esta vez cogemos al sillón “m” minúscula de la Real Academia Española de la Lengua en Japón, entre jardines floridos de bonsáis, japoneses estresados y edificios electrizantes, pero atiende amablemente nuestra petición para mantener una entrevista, aunque sea a miles de kilómetros de distancia, entre paseo y paseo, entre haiku y haiku. Sentarse y escuchar a Merino, Mago Merlín de la lengua de Cervantes, sigue siendo una experiencia única, impagable. “Me haré una foto en un jardín japonés y se la enviaré. Hoy voy a hacer turismo”, asegura no sin cierta retranca.

Así que Heidi fue el libro que más le marcó en su infancia…

Lo he contado en Intramuros, mis memorias hasta los nueve años. Me lo regaló un tío mío que iba por León de vez en cuando. Yo había leído ya muchos cuentos, pero fue mi primera novela. Debía de tener siete años –conservo el ejemplar, con las ilustraciones originales en las que se basó la serie de dibujos animados tan posterior– y me costó un poco, pero la leí y la releí muchas veces. Me interesaba mucho. Con los años he descubierto que en Heidi está el mito del paraíso perdido. Ella había perdido la montaña, el mundo del abuelo, y lo añoraba sonámbula, como yo durante el curso añoraba los lugares de las vacaciones… Sin saberlo, Heidi me hizo sentir por primera vez el poder de la literatura: explicar lo que nos pasa, permitir descifrar la realidad que nos rodea y, en cierto modo, reconciliarnos con ella. Nunca olvidaré esa lección.

¿Por qué cuento y no relato corto?

Un relato corto es cualquier cosa: hasta el acta de la reunión de una junta de vecinos. Pero el cuento, con toda la ambigüedad de la denominación, pues podemos confundir el cuento infantil con el literario, se refiere a algo que sabemos que debe interesarnos, que tiene que moverse dramáticamente, comunicarnos emoción, por poca que sea. Mi generación estaba harta de piezas narrativas llamadas “relatos” que eran estáticas y  aburridas, y decidió recuperar la palabra “cuento” desde una convicción arriesgada…

Pero la gente cada vez lee menos cuentos, ¿se sigue considerando un género menor o es el mercado que impone sus reglas?

Con los debidos respetos, creo que España es un país de lectores en general poco cultos, que prefieren una novela de novecientas páginas, plana, reiterativa y llena de tópicos, a cuentos de Chéjov, Aldecoa o Carson McCullers. Como me dijo desdeñosamente una señora en una feria del libro, “es que los cuentos se acaban enseguida…” Es un problema de la ya tradicional anemia lectora española, basada en una formación escolar donde apenas ha habido buenos momentos de preparación de lectores, por culpa de los propios programas educativos. El cuento es una pieza refinada, hay que aprender a leerlo. Pero entre nosotros los buenos lectores son autodidactas.

¿Cree que el cuento corre el riesgo de perderse?

En absoluto. Borges, con su peculiar sentido del humor, decía que cuando la novela muriese el cuento seguiría vivo. Y es que el cuento es la primera pieza del proceso literario. Yo he hecho hace poco una versión de Calila y Dimna, el libro de cuentos en que está el origen de la literatura en español y cuyo contenido viene de hace dos mil quinientos años… y que sigue fresco y  vigente. Además, en este momento hay mucha gente en España escribiendo cuentos de calidad. Por otra parte, también la novela “literaria” tiene cada vez menos lectores, avasallada por el best-seller, eso que llaman “la novela de aeropuerto”. Desde luego, no creo que sean buenos momentos para la Literatura con mayúscula, pero el cuento está vivo y coleando, aunque la mayoría de la gente no lo sepa.

¿Dónde se siente más cómodo a la hora de escribir, en la novela o en el cuento?

Son amores distintos: la novela tiene más de matrimonial y el cuento de aventura ocasional, pero me siento a gusto en los dos géneros, que requieren actitudes diferentes, y una relación distinta de la imaginación con la realidad. El cuento, o lo ves o no lo ves. La novela, con algo de intendencia, puedes empezar a construirla, y va creando sus propias lógicas discursivas.  Sin duda, ambos géneros son muy gratos de practicar para un escritor.

Suele decir que la poesía le “abandonó”. Me ha llamado mucho la atención esa frase: “Me abandonó”, como si fuera una mujer…

No es una ocurrencia mía. En realidad, al primero a quien le oí decir que la poesía lo había dejado fue a José Hierro. Yo intensifiqué aquella declaración, la hice acaso más sentimental: me ha abandonado por unas y por otros, digo. Pero lo cierto es que mi poesía era muy narrativa y derivé naturalmente hacia la prosa. Algunos de mis poemas, vistos hoy, son minicuentos. Y la verdadera poesía, a mi juicio, es la lírica, no la épica…

Cuenta que cuando era pequeño los mayores le dejaban estar en aquellas noches de “filandones”, donde se contaban cuentos de todo tipo, generalmente fantásticos. ¿Fue ahí donde aprendió el oficio?

Un auténtico filandón, con mujeres hilando y hombres haciendo zuecos o madreñas, nunca lo he vivido. Pero mi abuelo leonés, que se había trasladado del campo a la ciudad, tenía la costumbre de convocar a la familia los fines de semana para contar historias, reproduciendo de algún modo los filandones que ellos habían  vivido. Allí aprendí a gustar de las narraciones orales, a asustarme, a divertirme, a maravillarme, escuchando historias. Mucho de lo que hoy puedo ser como escritor proviene también de aquellas reuniones…

También se contaban algunos cuentos digamos picarones o subiditos de tono… ¿Qué pasaba entonces, lo mandaban a la cama de inmediato?

Qué va, yo no me enteraba. Claro que a veces pedía que me lo explicasen, y la explicación, que deformaba totalmente la verdad,  me parecía muy digna de crédito, aunque todos los mayores se riesen. Yo empecé a descubrir la concupiscencia cuando me fui haciendo adolescente. Antes tenía una ingenuidad extraordinaria. Y en cierto modo, para otras muchas cosas sigo siendo bastante ingenuo, y no me siento nada avergonzado por ello. Creo en la buena fe, a pesar de todo.

Hoy algunos estáis tratando de mantener esa tradición del “filandón”. Usted, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio se reúnen de cuando en cuando para contar cuentos. ¿Cómo son esas veladas?

El asunto surgió por idea de Aparicio. Lo hicimos primero en el Hay Festival de Segovia, luego en el de Cartagena de Indias, más tarde en Gales, y el acto gusta tanto que lo hemos repetido en casi toda España, en muchos sitios de Europa, Rusia, Hispanoamérica, Nueva York… Nuestro filandón consiste en una charla entre los tres en la que vamos intercalando lectura de minicuentos. Como hay gran complicidad entre nosotros y hemos escrito minicuentos de todo tipo, la cosa acaba resultando placentera para los asistentes.

Luego conservar la tradición oral es importante…

La oralidad fue durante milenios la forma de transmitir las ficciones y los mitos. El analfabetismo no suponía la ignorancia de las ficciones sustantivas. Luego vendría el libro impreso para quedarse, espero, o acabaremos siendo más ignorantes de nuestra condición de  lo que lo éramos cuando no sabíamos leer ni escribir, pero nos contaban muchas historias… Contarles cuentos a los niños empieza a estimular su imaginación, sus emociones, los enseña a concentrarse, de una forma que no consigue el televisor ni mucho menos los móviles. Por otra parte, la oralidad lleva consigo la comunicación directa, personal, emocional en el sentido profundo de la palabra…

Usted forma parte de esa generación de escritores que en la Transición decidió no escribir novela experimental, esa que no había por dónde cogerla. Supongo que ir contra la moda no le resultó un camino fácil…

Que conste que yo era también lector de Faulkner y de Joyce. Pero entre nosotros llegaba a hablarse de la necesidad de “destruir el lenguaje”. Una insensatez, por lo menos, que algunos críticos muy respetados entonces no vacilaban en considerar digna de alabanza… Mi generación decidió recuperar la libertad en todos los sentidos, no solamente en el político, pero desde la convicción generalizada de que  lo experimental en literatura no tiene por qué ser ininteligible, y que la ficción debe “comunicar”, sea desde la perspectiva que sea.

Lo fantástico en su obra resulta fundamental. ¿Por qué ese interés por lo mágico, por lo extraordinario?

También desde niño he tenido muy buena relación con lo fantástico, empezando con ciertas leyendas leonesas y gallegas que me contaron, y siguiendo con las Leyendas de Bécquer, con Poe, con cierto Maupassant… Y la verdad es que a mí me interesaba mucho más la mitología griega y romana que la religión que nos impartían, llena de pecado y de culpa. Creo que lo fantástico, cuando está bien concebido, nos habla también de aspectos que nos conciernen: el doble, el fantasma, la invisibilidad, la profunda extrañeza de lo que somos y de lo que nos rodea.

Pero en la literatura española parece que ha primado sobre todo lo realista, mientras que en otras culturas como la anglosajona lo fantástico tiene mucho más peso. Stevenson, James, Poe… ¿Cree que es así? Y en su caso, ¿por qué?

Yo lo atribuyo a tantos siglos de influencia perniciosa: la Santa Inquisición, tan peligrosa, por no decir mortal. Desde la mirada eclesiástica, lo fantástico compite con lo sobrenatural. Por eso libros muy inocentes fueron perseguidos y prohibidos, y se desarrolló una cultura pretendidamente “realista”, olvidando tradiciones como la de los libros de caballerías o ciertos cuentos medievales. Y el menosprecio de lo fantástico llega a tal punto que cuando grandes escritores, como Clarín o Galdós, escriben cuentos “fantásticos”, se burlan  implícitamente de ellos. Menos mal que la Inquisición no hizo tanto daño al otro lado del océano, y lo fantástico pudo sobrevivir en la lengua española.

Y eso que tenemos el mejor relato fantástico de la historia de la literatura: El Quijote

En efecto: es el libro que afronta directamente lo “metaliterario” –una forma de lo fantástico, a mi juicio– pues, al margen del prólogo de la Primera Parte, esta aparece ya publicada en la Segunda, y luego el falso Quijote de Avellaneda anda también por ahí danzando… Eso sin hablar del narrador, un invento que nunca se ha superado, y que va llevando las cosas por donde le place… El Quijote es un libro total, es el libro de los libros. Nunca será superado.

Hablemos de la ciencia ficción. Ha llegado a decir que ese género en España está muerto. ¿Tan mal está la cosa?

Aclarémonos: lo que yo he dicho es que la SF o ficción científica, como me gusta a mí llamarla, es una especie de utopía del siglo XX, como lo fue el socialismo de Estado, y que ya no tiene entre nosotros el lugar que tuvo. Creo que el miedo a la guerra nuclear fue decisivo para la madurez del género. Luego llegó eso de las “espadas y brujería”, y a finales del siglo XX la gran SF era solo un recuerdo.

Sin embargo, en el cine cada día se hacen más películas de ciencia ficción, de hecho ese género le encanta al espectador…

Pero, por ejemplo, la serie de La guerra de las galaxias, que a mí me entusiasma, está más cerca de los libros de caballerías que de la SF de Asimov, Clarke, Dick o Zelazny, por citar solo unos pocos clásicos… Claro que hay películas magníficas, pero casi siempre recordando a los clásicos de la literatura de SF. En el mejor de los casos, el cine juega a evocar “aquella” SF.

Tenemos teléfonos móviles, chips, drones, ordenadores, realidades virtuales… ¿quizá la realidad haya superado a la ficción y por eso ya no nos sorprende nada?

Posiblemente vivamos ya un mundo “distópico”. Yo recomiendo un libro clásico de SF, Mercaderes del espacio, de Phol y Kornbluth, como un ejemplo de lo profética que fue la SF. Y si miramos a nuestro alrededor, por ejemplo, la coincidencia en estos momentos de Donald Trump, Kim Jong-un, Putin, el Brexit, la decadencia flagrante del “Estado de Bienestar”, los innumerables refugiados perdidos en las sombras, el Estado Islámico, etcétera, ¿no parecen pertenecer más a una ficción distópica que a la propia realidad? A mí me gusta decir que la realidad no necesita ser verosímil, y creo que estamos viviendo una época especialmente “inverosímil” en la que, en efecto, la SF resultaría muy debilitada…

Como académico de la RAE (sillón “m” minúscula) usted es el artífice de muchas y variadas definiciones. ¿Cuál ha sido la palabra más difícil de definir?

Ahora en mi comisión estamos luchando con “metaliteratura”, precisamente, porque la actual definición nos parece confusa. Mas aunque definir nuevos vocablos puede resultar complicado, descubrir de qué forma muchos vocablos tradicionales van modificando su sentido resulta asombroso. Pero ya decía Horacio, quince años antes de Cristo,  aquello de : “Como el bosque muda de follaje al declinar del año y caen las hojas más viejas, de la misma manera perece la generación antigua de palabras y, al modo de los jóvenes, florecen y tienen brío las nacidas hace poco…”

Imagino que los debates entre académicos deben ser acalorados. ¿Pero llega la sangre al río?

Felizmente, discutir sobre palabras es lo menos sangriento del mundo, aunque las discusiones sean apasionadas.  Mas en la RAE, junto a unos cuantos escritores, hay mucha gente sabia, y de esa sabiduría se aprenden muchas cosas, además de la historia de las palabras…

A veces al ciudadano le molesta que cambien las reglas ortográficas. Por ejemplo, la tilde en los pronombres (solo, sólo, este, éste) ¿no era una norma muy española que funcionó bien durante siglos? ¿por qué tocarla?

No soy lingüista, pero en este momento tengo a mi lado El panteón universal, especie de diccionario enciclopédico de Wenceslao Ayguals de Izco, publicado en 1853, y entonces las tildes menudeaban de forma asombrosa. Hasta la a preposición llevaba tilde en todos los casos… La historia del español es una historia de simplificación ortográfica. Además, ahora todo se hace de común acuerdo entre las 23 academias que componen la asociación de academias de la lengua española (ASALE) que estamos muy unidas por razones obvias: la conservación y defensa de un idioma que hablamos quinientos millones de personas en todo el mundo. Puede que alguna decisión sea demasiado sorprendente, e incluso criticable, pero creo que la conciencia de unidad debe prevalecer.

También surgen polémicas en la RAE en torno al lenguaje sexista. Todo ese debate sobre lo políticamente correcto (compañeros/compañeras, amigos/amigas…) ¿qué le parece?

Muchas veces, traído por los pelos. En ello hay a menudo intentos políticos de “dar la nota”. Claro que el sexismo lingüístico debe ir desapareciendo, lo que es obligación de los hablantes, ojo,  pero hay numerosas formas de denominación y construcción en la lengua española que son neutras, y valen para ambos sexos. En fin, estoy seguro de que el tiempo irá poniendo las cosas en su sitio…

Lo de los anglicismos que nos inundan en nuestra vida diaria, sobre todo por influencia de las nuevas tecnologías, ¿es ya una batalla perdida?

Cuando Felipe V aprueba la conversión en pública de la institución privada que en principio fue nuestra academia, la invasión del francés era tremenda. No hay más que leer las divertidísimas Cartas Marruecas de José Cadalso para darse cuenta de cómo estaba el asunto… Ahora creo que, en efecto, hay una penetración de anglicismos innecesaria en la mayoría de los casos. En mi última novela, Musa décima, hago que uno de los personajes viva en el lugar de Madrid donde yo resido, y la mayoría de los carteles y anuncios están en inglés. No sé si la batalla está perdida, pero es difícil. ¿Por qué El Corte Inglés habla de Summertime con lo bonita que resulta la palabra Veraniego, o Caixa Bank crea una “Cuenta Family“, sonando mejor Cuenta Familiar?

Con tanta contaminación léxica, ¿se está empobreciendo nuestro idioma? ¿Cree que los españoles cada vez hablamos peor? A su juicio, ¿dónde se habla el mejor castellano actualmente?

Creo que sí. Pobreza de léxico, insuficiencia expresiva… A finales de los años setenta, cuando yo colaboré con UNESCO, me sorprendía encontrar en los países hispanoamericanos mejor español que en la península. Ahora creo que aquí aún se está hablando peor. La gente joven piensa, al contrario de lo que pensaba mi generación, que si puedes decir las cosas utilizando pocas palabras, para qué quieres más… Yo creo que el empobrecimiento léxico y expresivo nos hace más incultos, pero sobre todo nos deja más indefensos, y no digamos a los jóvenes.

No hay más que asomarse a las redes sociales para ver la incultura de este país. ¡Los foros están llenos de faltas de ortografía! ¿Haría falta una Policía Lingüística con urgencia?

Lo que hace falta es una Sanidad Lingüística, que tiene que empezar por la responsabilidad familiar −en España parece que la familia solo les interesa a los obispos− en el sentido de que sea en la unidad familiar donde se introduzca a los más pequeños en las iniciales destrezas expresivas –y en la ficción, y en la buena educación−. Y luego un sistema educativo público serio, que olvide ese “bilingüismo” de risa del que ahora tanto se ufana, que dé verdadera importancia a las humanidades, que enseñe a los escolares a hablar, a leer y a escribir.

Vivimos los años más duros de decadencia y corrupción de toda la democracia. Alguna vez ha dicho que la avaricia es el gran problema humano. ¿Somos los españoles más avaros que otros europeos?

Creo que la avaricia es, precisamente, el problema sustantivo del homo sapiens,  y posiblemente el elemento que, me atrevo a decirlo, puede llevar a su extinción. Al fin y al cabo, tenemos unos doscientos mil años como especie, y tal como están las cosas no creo que este planeta pueda sobrevivir otro tanto con nosotros encima. Claro que siempre podemos emigrar a otro planeta, como propone Stephen Hawking, mas creo que también acabaríamos con él… La inteligencia potenció muchas cosas, pero también esa avaricia que, multiplicada por las estructuras que dominan los avariciosos cargados de poder, está llevando este mundo otra vez a un peculiar Feudalismo de señores y de siervos, tecnológicamente asombroso, eso sí… En cuanto a los españoles, además tenemos la tradición cultural de la picaresca.

A veces da la sensación de que la corrupción lo inunda todo, también la literatura. ¿Se amañan muchos concursos de cuentos y de novela en este país?

Yo solamente participo como jurado en premios que son totalmente limpios: de cuento, de novela corta… Y generalmente quedo satisfecho con los resultados. A pesar de todo, se está escribiendo bien en las catacumbas de la Literatura. Si alguna vez me encontré metido en un premio que olía mal, no volví. Pero no hay duda de que algunos aspectos importantes de algunas editoriales gravitan sobre premios amañados. Sería demasiado tonto ignorarlo, pero así ha venido siendo desde hace muchos, muchos años: nadie debería extrañarse.

Lo del libro electrónico, ¿qué le parece?

Estupendo acompañante de un viaje, porque en él podemos cargar varios libros, novelas, ensayos, poemas, el diccionario, etcétera… Pero está demostrado que la lectura electrónica no estimula igual nuestro cerebro que la escritura en papel, porque no nos permite la misma concentración, y desde luego, para un gustador de la lectura, el libro electrónico no deja de ser un humilde sustituto del buen libro, aunque en algunos aspectos –posibilidad de aumento de la letra, por ejemplo– sea  muy interesante.

Creo que algún compañero académico suyo ha propuesto llamar tablilla a la “tablet” e incluir ese término en el diccionario, pese a que no lo usa nadie. ¿Le cuesta a la RAE adaptarse a los nuevos tiempos?

Bueno, lo de tablilla demuestra la sabiduría de algunos colegas… Las tablillas sumerias fueron el primer soporte material de la escritura, hace más de tres mil años. Y que “tableta”, término aceptado, recuerde a “tablilla” me parece simbólicamente divertido. La RAE nunca se ha opuesto a aceptar nuevos vocablos, siempre que estos no sean pasajeros. Y creo que eso se puede demostrar. Para entrar en el Diccionario, las palabras deben asentarse, incluso aunque sean malsonantes, como gilipollas. Los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías, suelen producir muchos vocablos efímeros, que un nuevo producto o una nueva  aplicación dejan sin uso de repente… Hay que ser prudentes para asumir la incorporación de una nueva palabra al léxico general.

¿Desaparecerán los libros algún día?

Ya dije antes que, si desaparecen,  acabaremos siendo más ignorantes de nuestra condición de  lo que lo éramos cuando no sabíamos leer ni escribir pero nos contaban muchas historias… Porque los libros impresos fueron lo más revolucionario, en todos los sentidos, que inventó la Humanidad. En ellos es donde permanece lo más interesante de nuestra imaginación y de nuestro saber. Además, podemos leer el Quijote, por ejemplo, en su primera edición, porque la aplicación no ha cambiado… Y el papel resiste más que las sucesivas avalanchas electrónicas. ¿Es el libro algo arcaico? Entonces dejemos de usar el paraguas, la hebilla del cinturón  o la carretilla, que tienen muchos más años. Pero ojo, muchos tipos de libros –enciclopedias, diccionarios…– pasarán sin duda al mundo electrónico.

Pero Internet se lo traga todo, cada vez naufragamos más en las redes y leemos menos…

Sin duda, pero lo contradictorio es que, si somos buenos lectores, Internet tendrá para nosotros una dimensión espectacular, cósmica, podremos encontrarlo ahí casi todo. Y lo digo por experiencia. Ser buen lector me permite a mí navegar por Internet con una seguridad y una pericia mucho mayor que la de la gente ducha del “mundo electrónico”, porque conozco a dónde voy y lo que quiero…

¿Qué recomendaría a los profesores interesados en inculcar en los niños el amor por los libros?

El  buen profesorado de Literatura suele ser autodidacta, porque tenemos un sistema que parte de que todos venimos “leídos de casa”. Si pertenece a ese mundo, si ha leído y lee, no necesito decirle nada. Con alguno de mis libros, he conocido centenares de centros docentes, y a los dos minutos de entrar ya he sabido si el profesorado era buen lector o no…  A los que no sean buenos lectores, que lean, que intenten formarse, y que no se fíen de la publicidad editorial. En el mundo de la literatura infantil y juvenil también hay “clásicos” que no pueden dejarse olvidados así como así. Pero enseñar de verdad al alumnado lo que es leer, lo que tiene de diversión, conocimiento de lo que somos, aventura interior, yo creo que es una de las tareas más importantes para quienes desarrollan la función docente.

Si tuviera que llevarse un libro a una isla desierta, ¿cuál sería?

Una vez di una conferencia en varios lugares de la comunidad de  Castilla y León que trataba de mis diez libros preferidos. En cada sitio hablaba de diez libros diferentes, porque no puedo imaginarme un mundo con un solo libro. Decir El Quijote sería un tópico. Intentaría imaginarme un libro en el que estuviese el espíritu de todos los que me han emocionado, divertido y enseñado ¿El Quijote? Cuando llegase a la isla desierta, procuraría no haber olvidado de llevarme un cuaderno y escribiría mi propio libro.

¿Tiene nueva novela en mente?

Pues no, porque estoy ordenando un libro de cuentos que saldrá en otoño. Pero acaso no estuviese mal una que tratase de un tipo abandonado en una isla desierta que intenta escribir una novela…

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