Francisco Saura, Número 79, Opinión
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El viento de agosto

Por Francisco Saura. Viernes, 23 de agosto de 2017

@pacosaura2

El sueño. El viento mece el trigo. En la hondonada, junto al arroyo seco, el lecho arenoso y blanco. La luz de la mañana brilla en tus mejillas y tu cabello se ondula como las espigas en la hondonada, junto al fondo arenoso, un barco de papel abrasado por el viento de poniente. A la derecha, el cabezo oscuro y la quebrada sobre la boca de la sima. Y los algarrobos en derredor, y en la ladera el campo de almendros en el pedregal. Y a la izquierda la llanura ancha, amarilla hasta los primeros ocres de la sierra cubierta por una niebla de pereza. Y nada más.

Tus mejillas, y tu cabello de espigas mecido por el viento de agosto.

¿Qué es la muerte?, ¿y qué haces tú allí?, ¿y por qué el espejo trémulo de agua refleja peces?, ¿y por qué las olas los encierra un laberinto de nubes de sal? Caminamos siguiendo la línea de la vida, junto a la posidonia y el vientre de los cangrejos. Te miro: tu cabello, y tus ojos, y tu boca, y la luz de la mañana y el corazón del sol latiendo en la espuma del mar (y el velero formando un triángulo blanco en la línea indecisa del horizonte). Y me susurras palabras al oído que no puedo pronunciar porque pertenecen a un lenguaje que no es de este mundo. Tal vez habite en aquella estrella rutilante del amanecer, la palabra que me redime en la hoguera.

Tu cabello de espigas.

Flamean las banderas sobre la menina y la celosía abstracta. A los lados los cipreses y el canal del trasvase. Y más lejos, los campos y el olor a abono. Y yo sé que por allí varearon los algarrobos y que la muerte rondaba no lejos, en el lecho del barranco, una sombra en la luz del mediodía, un retazo de horizonte enredando tu cabello de espigas.

La colmena, el susurro de la amanecida violeta sobre el cabezo. Y tú allí arriba gritando a los escarabajos. De madrugada la brisa olía a sal. Cuando ascendíamos la cuesta, dejando a un lado la boca de la sima, la sentíamos refrescándonos la espalda. Y cuando ya en la cumbre nos sentábamos sobre el lecho de esparto, volvíamos la mirada y contemplábamos esa inmensa oscuridad que nos hablaba del mar. También en esos momentos tu cabello refulgía bajo la cuajada de estrellas. Tu cabello de espigas.

El sueño, o tal vez la pesadilla del que ya solo espera la repetición eterna del mismo sol congelado en el cénit y de la luna picoteada por las gaviotas. El mar murió, murió la vida que lo habitaba y los corazones que lo hacían palpitar, encabritarse, brillar en los días de tormenta. Y recortándose sobre su silencio, entre las dos islas grises, aún huelo tu cabello de espigas.

El viento de agosto.

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