Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 78, Opinión
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Don de lenguas

Por Luis Sánchez. Viernes, 9 de junio de 2017

Luis Sánchez

No hace tantos años, una academia de idiomas, o tal vez fuese una editorial que vendía cursos de idiomas, promocionaba su método con el siguiente lema: Aprenda inglés en tres meses, y sin esfuerzo. Aquello, claro, sonaba a música celestial, o sea, a rock and roll y cubata de alambique. Lo malo es que, en tres meses (rapidito y funcional), solo aprendías… lo que aprendías; eso sí, las palabras suficientes para poder ligar, si se ponía a tiro, con una extranjera molona, irte un par de semanas a Londres y no morirte de asco o para trabajar de camarero, durante el verano, en un bar de la costa. ¿Para qué más? Claro, si la cosa iba ya en serio y tenías que enfrentarte a una entrevista de trabajo, para ver tu dominio de inglés, por tu boquita de piñón solo salía un trabalenguas pastoso por debajo del nivel del mar.

Los españoles somos reticentes a los idiomas. Padecemos una resistencia a aprender lenguas extranjeras; pero, sobre todo, ¡confesémoslo ya!, se nos atraganta el inglés. Es más, yo aún diría que los españoles no aprendemos inglés ni a hostias. Y todo –esta es mi soberana tesis– desde el desastre de la Armada Invencible (Felipe II, un brandy con solera). Vamos, aquello –¡un trauma del copón!– quedó grabado a fuego lento de hoguera inquisitorial en nuestro imaginario colectivo, ¡y todavía continúa! Encima, como no nos devuelven el Peñón de Gibraltar (¡grave ofensa al orgullo patrio!), pues ya me contarás. ¡Ah!, y además, se marchan de la Unión Europea. ¡Hale, hale…, con el genitivo sajón!

El asunto serio es que, según un estudio reciente, España es el tercer país de la Unión Europea que más invierte en el aprendizaje de lenguas extranjeras; sin embargo, eso no redunda en resultados positivos, ya que no estamos entre los 20 primeros países. ¿Qué pasa con el body, colega? Porque a nosotros, cuestión de carácter, lo de pegar la hebra, nos va mogollón. ¿Y entonces…?

Do you smoking berzas?

Yes; pero más despacio, please.

En un país donde el cachondeo, el rumor y la chapuza siguen estando tan presentes, no nos debe extrañar que para sus habitantes sea más que suficiente con chapurrear una lengua extranjera (hablarla correctamente es un distingo que no va con ellos y, además, ¡aburre!). A nosotros nos gusta hablar, parlotear, divagar y hasta cotillear, y todo eso requiere una manera especial de ser y de estar en el mundo (pura metafísica). Ya lo dice el refrán popular: lengua española nunca habla sola. Es… como ir de tapas o picotear, eso es lo que nos priva (el soniquete del bar): un poquito de esto, un poquito de lo otro; pruebas de aquí, pruebas de allá; pero, sobre todo, variedad: hoy, blanco; mañana, negro, y pasado mañana te zampas un bocadillo de blanco y negro (con habitas) que corta la respiración y explota la cafetera. Así está la cosa, entre palabra y palabra, una aceituna rellena de rica anchoa (¡invento español!) y, después, un trago de cerveza para refrescar el gaznate. El bar es la oficina de España (uno por cada 175 habitantes), y en la oficina ¿qué idioma se habla? El que todo el mundo entiende. ¡Eh!, que aquí el más tonto fabrica helicópteros de rescate con el tapón corona de los botellines de cerveza. Y, encima, da empleo a un montón de familias. Además, somos una potencia mundial en la exportación de cubitos de hielo, ¡chúpate esa!

Decía don Antonio Machado, que además de insigne poeta fue profesor de Gramática Francesa en un instituto de bachillerato: “Si cada español hablase de lo que entiende, y de nada más, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio”.

¿Hacer codos?, ¡qué muermo! ¿Esforzarse?, ¡menudo rollo! ¿Constancia?, ¡vaya lata! ¿Disciplina?, ¡porfa, una aspirina! ¡Viva la ciencia infusa y la mente difusa!

No olvide el Ministerio que la Literatura es el medio idóneo para conocer una lengua. Luego, visto lo visto, entiendes que una empresa pública de Valencia como EMARSA (depuración de aguas residuales) necesitara una cantidad ingente de “traductoras” rumanas (¡hermoso eufemismo!), para dilucidar asuntos tan humanos como divinos.

El español tiene veneno en la punta de la lengua, quizá sea este el motivo por el cual le cueste tanto acercarse a otras lenguas. “Dame veneno, que quiero morir…”.

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