Número 78, Opinión
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El crepúsculo de los dioses

Por Rosa Palo. Viernes, 9 de junio de 2017

@Ebaezan

Se abre el balcón y aparece Ángel Garó desnudo en el balcón de su casa de Málaga, gritándole a la policía que no va a bajar a hablar con ellos porque él paga 2.800 euros de IBI, que vayan a perseguir al moro de la esquina y que ya se enterará el alcalde. Se cierra el balcón, pero el telón permanece abierto porque la película no ha hecho más que empezar gracias a las apariciones estelares de ex novios, ex amantes, ex compañeros de profesión y demás sospechosos habituales que han acudido, como moscas a la mierda, para ponerlo a caldo. Y la película que están montando es una de las más pornográficas que hayamos visto nunca, porque todo lo que rodea a Ángel Garó se ha vuelto tremendamente obsceno. Y triste. Y sórdido. Si como decía Berlanga el erotismo es para ricos y la pornografía para pobres, Ángel Garó se ha convertido en pobre de solemnidad. Y aquí estamos nosotros en primera fila, para contemplar su auge y caída con la misma fascinación y el mismo sentimiento de culpa que cuando veíamos películas de dos rombos.

La desnudez de Garó no es más que el símbolo de lo que somos cuando nos quitamos la ropa y la careta. Exponernos en pelotas por dentro y por fuera es hacernos una autopsia en vivo; es que te pille una visita en pijama y con la casa sin recoger, que te cotilleen el historial de navegación en internet o que te hagan una foto en bikini el primer día de playa y la suban a las redes. Pero lo de Garó es aún peor: sus declaraciones demuestran que el cómico ha perdido más el sentido de la realidad que Pantoja cuando dijo que usaba una talla 36. Si no fuera tan triste, sería para descojonarse: lo mismo le deja a su ex novio un mensaje de voz diciéndole “Mi madre estará mal de la pierna, pero es más guapa que tu madre, que tiene los ojos que es un besugo”, que habla de forma disociada y narcisista: “Saldrá Ángel Garó, como siempre sale, con sus gafas maravillosas, y su traje divino para pasear por las calles de Málaga con su metro ochenta y cuatro”. Chimpún. Si mi amiga A. desconfía de la gente que merienda, yo desconfío de la gente que habla de sí misma en tercera persona.

Es una pena que Garó no haya nacido en Wisconsin: Tarantino ya lo habría rescatado para protagonizar un remake de El crepúsculo de los dioses. O de ¿Qué fue de Baby Jane? (a su lado, Bette Davis es el colmo de la cordura).  Aquí, en cambio, los únicos que le han rescatado del olvido son los de Sálvame, que también es mala suerte. La fama es la droga más dura, y el mono no hay quien lo aguante. Que se lo digan a Pajares, o a Joselito, o a tantos aturdidos y confusos. Al final, Garó se ha convertido en la versión masculina de Estela Reynolds: ha empezado por decir que es “Hermano Mayor del Cautivo de Málaga, con la Complutense, los Regulares y el Rey”, y que nadie habla “del premio que me dieron por mi talento en mi ciudad junto a gente de la NASA”, pero acabará gritando que Fernando Esteso le chupó un pezón. Al tiempo.

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