Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 76, Opinión
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Sor Ferrusola

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio. Viernes, 12 de mayo de 2017

@jantequera8

Lo último que hemos sabido del vasto cronicón judicial patrio es que han pillado a doña Marta Ferrusola, exprimera dama de Cataluña, del Principado de Andorra y del cantón suizo, haciéndose pasar por madre superiora para llevárselo entero. Así, travestida de monja, la mujer iba moviendo la pasta sucia del clan Pujol de un lado a otro, de un banco a otro, de un paraíso a otro, sin levantar ni una sospecha, y tiro porque me toca. Las monjas siempre han dado mucho juego en España. Una monja engatusó a Don Pablo en El Buscón de Quevedo; la novicia Inés, de Zorrilla, fue raptada por el taimado don Juan (en el caso de Ferrusola la zorrilla que secuestraba el dinero de los catalanes era ella); y se dice que Felipe IV se lo pasaba pirata con doña Margarita de la Cruz, una cándida monjita del convento de guardia que estaba a tiro de palacio y que hacía las veces de picadero barroco. En España la  Iglesia ha robado como la que más, y las monjitas y los curas, más o menos virtuosos o libertinos, siempre han estado ahí, en nuestra historia y en nuestra más castiza tradición literaria. Hacerse pasar por religioso para trincar, para limpiar el cepillo, es una costumbre tan típicamente española, tan tradicionalmente hispana, tan nuestra, que sorprende que un plan tan caposo y rancio haya salido de una mente diferencial, distinta, con seny, como la de Ferrusola. Pero es que la codicia no conoce de razas ni naciones. La codicia es en sí misma una gran patria a la que siguen encendidos patriotas ciegos de vicio. El pujolismo se había pasado media vida echándonos en cara que los catalanes eran diferentes a los españoles, que España era una tribu de fenicios jornaleros que robaban con descaro y a todas horas a la virginal nación catalana, mientras ellos pasaban por burgueses civilizados, responsables, laboriosos y cumplidores con Hacienda. Tanta nacionalidad y singularidad, tantos telares respetables de Tarrasa, tanta vanguardia y tanto Gaudí para terminar haciéndose pasar por una monja ladina y dando el palo del siglo, como cualquier pícaro gitanazo ibérico. Está claro que no se puede hablar. Marta Ferrusola en el papel de madre superiora no es algo demasiado distinto de Curro Jiménez disfrazado de cura y asaltando a los franceses en Sierra Morena.

Cuando Ferrusola escribía misivas escolásticas a los banqueros ordenándoles que traspasaran “dos misales de nuestra biblioteca a la biblioteca del capellán de la parroquia” (que en realidad eran dos millones de “peles” para su hijo mayor o para el otro) no solo caía en el peor delito que puede cometer la mujer de un político, el de sustraer el dinero del pueblo, sino que traicionaba la causa y el espíritu mismo de lo catalán. La puesta en escena de la madre superiora ferrusoliana es digna del mejor Almodóvar, nuestro director más genuino y español, y de haber sabido el manchego la madera que tenía la señora para meterse en la piel de una religiosa inmoral la habría fichado sin dudarlo para el papel de Sor Rata de Callejón, que Chus Lampreave interpretó magistralmente en Entre Tinieblas. Me dice Agustín Díaz Yanes, el director de Alatriste, que lo más parecido al decadente siglo diecisiete español es el siglo veinte y que el siglo veintiuno va camino de superarlo. Y tiene razón. España no ha salido de ese Barroco de reyes mujeriegos, de cortesanos aprovechados que pululan por palacio, de caciques provincianos y de curas tripones, eso ya lo sabíamos. Solo que ahora también sabemos que Cataluña no era el símbolo de la modernidad que nos habían vendido, ni el ejemplo de les coses ben fetes, ni el culmen europeísta frente al atraso secular y paleto de la meseta, ni el dinero racional y bien invertido, ni las cuentas claras tan alejadas de la rapiña castellana y vallisoletana. Otro mito que se cae. Detrás de la independencia, del soberanismo rampante, de la lengua propia, de la elevada cultura, de la patraña de que Cataluña era distinta al resto de España, no había más que una vieja pícara enlutada haciéndose pasar por monja y dando el timo de la historia, en la mejor tradición del lazarillo español, para pillar todo el dinero que podía, tal como pasa en cualquier otro lugar del mundo. Ferrusola, la madre superiora, nos ha demostrado que la identidad no está en el gen, ni en el idioma, ni en las fiestas y tradiciones, ni siquiera en el DNI. Sino en la esencia humana, mezquina y corrupta de lo mortal.

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