Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 77, Opinión
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Sir Sánchez Lancelot

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio. Viernes, 26 de mayo de 2017

@jantequera8

Toda idea política necesita un relato mítico para subsistir, una leyenda heroica, unos hechos materiales y trascendentes que contados por alguien pasen a la historia y se conviertan en eternos. De lo contrario, la idea se acaba diluyendo y se pierde para siempre. En buena medida, es lo que le está sucediendo a la socialdemocracia europea, que se ha quedado sin relato, sin nada que contar, mientras los populismos van ocupando su lugar. La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE, contra todo pronóstico, ha devuelto esa argamasa de fábula, épica y leyenda que necesita un movimiento político para consolidarse.

La leyenda con tintes medievales que ha calado en el pueblo no es otra que la de un príncipe azul espigado, hermoso y de mandíbula viril al que unos felones caballeros (y también unas ambiciosas damiselas despechadas, Susana Díaz, mayormente) le habían usurpado el trono injustamente durante una noche de traiciones, conjuras, vilezas, cuchilladas traperas, planes ambiciosos y miserias humanas. El depuesto, como un Cid Campeador cualquiera, fue condenado a la vergüenza y al destierro, pero lejos de amilanarse o venirse abajo, juró sobre las cenizas de los viejos patriarcas Marx e Iglesias –de quienes por cierto nadie se acordaba ya–, que algún día volvería a la fértil tierra socialista que le vio nacer y haría justicia. El cuento, fuera cierto o no, tenía todos los ingredientes para arraigar en el inconsciente colectivo y ya se sabe que no hay nada que dé más placer a un humano que un relato apasionante bien contado.

De modo que el sufrido monarca, humillado durante el comité federal pero jaleado por sus huestes encolerizadas a la salida de palacio (Ferraz es un palacio que antes pertenecía a la plebe proleta y que ha caído en manos de los señores de las baronías felipistas) montó en su corcel más fiel y brioso, en este caso su modesto Peugeot diésel de bajo consumo, y se consagró a la ardua tarea de la reconquista del trono. Fue cuando soltó aquella sentencia premonitoria que será esculpida en letras góticas sobre la piedra de las capillas socialistas, o sea las humildes casas del pueblo: “A partir del lunes cojo mi coche para recorrer de nuevo España y escuchar a los militantes”, dijo novelesca y lacónicamente, pero sin perder ni un ápice de dignidad sir Sánchez Lancelot. En ese momento sus oponentes y enemigos, traidores todos, se mofaron del desdichado, firmemente convencidos de que el rey estaba muerto y enterrado para siempre. Pero, sin desfallecer ni un instante, haciendo la vista gorda y los oídos sordos a los libelos de los juglares del Reino de PRISA, que instigados por sus enemigos propagaron a los cuatro vientos las insidias y calumnias contra él, el caballero ultrajado se puso manos a la obra. Se enfundó su férrea armadura, en este caso la negra chupa de cuero, se calzó las botas de sus mejores torneos de canasta (unas deportivas americanas de toda la vida) y se lanzó a los caminos polvorientos de España.

Durante meses, inasequible al desaliento, sin perder la fe ni flaquear ni un solo instante, creyendo siempre que lo que hacía era lo mejor para el socialismo español, que había caído en manos de unos feudales adinerados que se decían de izquierdas, sir Sánchez Lancelot atravesó el país desde las anchas Castillas hasta las Cataluñas levantiscas, desde las bravas tierras vascas hasta los desérticos páramos andaluces. Subió hasta las verdes colinas asturianas, patria edénica de los primeros socialistas, y allí, bajo la lluvia y con lágrimas en los ojos, convenció a los suyos de que su causa era la mejor, la más justa y noble de todas. Los mineros asturianos, silicosos pero todavía lúcidos, hombres y mujeres curtidos en mil batallas revolucionarias, lo dieron por bendecido y le prestaron sus brazos y corazones.

Más tarde bajó hasta tierras valencianas (feudo soleado gobernado por un señor inquietante con un postizo por pelambrera) y allí, en la plaza de Xirivella, fue aclamado por otros mil plebeyos, socialistas de calle no de salón, o sea las bases, las putas bases desarrapadas. Y así fue como palmo a palmo, pueblo a pueblo, sir Pedro Sánchez Lancelot fue reconquistando terreno, mientras en la taifa sevillana la Sultana Díaz, su enemiga más peligrosa y tenaz, se daba a los placeres de la autocomplacencia, el orgullo y la apatía. No supo ver la señora que mientras ella se cepillaba los rubios cabellos y se engalanaba para una victoria segura que le daría el trono de Ferraz, sir Sánchez Lancelot se lo trabajaba a fondo, dando el callo como un vulgar bracero mañana, tarde y noche. Se reunió con los vasallos descamisados y humildes, los abrazó sudorosamente, estrechó sus manos encallecidas, comió y durmió en sus casas del pueblo, compartió con ellos el pan amargo de la crisis y les prometió un país mejor, un futuro mucho más justo, próspero y solidario para todos. Les devolvió una esperanza, una ilusión, las señas de identidad, el viejo códice marxista, la rosa que ya estaba marchita y el canto alegre y fresco de la Internacional. El viejo y aparcado sueño del socialismo, en fin.

Lady Díaz, mientras tanto, pasaba los días plácidos junto a las aguas mansas del Guadalquivir y se jactaba de ser tan afortunada y se miraba a todas horas en el espejito mágico y le preguntaba: “Dime Felipito de mi vida, ¿quién es la más bella del PSOE?”. Y el asistente vidrioso, con su cabello blanco decrépito y sus gruesos labios de caballero andante venido a menos reflejados en el turbio cristal del tiempo, le decía: “Por consiguiente usté, mi señora”. Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses. Hasta que llegó la jornada crucial del torneo, de los fastos y las urnas. Los señores de las baronías celebraban con antelación la amarga victoria labrada en la traición. Allí estaban sir José Bono, sir Pérez de Rubalcaba, sir Rodríguez Zapatero, sir Fernández Vara o sir García-Page, más unos cuantos jóvenes escuderos de inteligencia mediana que habían caído en la traición mala como César Luena, Óscar López y Antonio Hernando. Todos ellos enmudecieron cuando se abrieron las urnas y se contaron los votos. El caballero había vencido al dragón, lo imposible se había convertido en posible. La leyenda, mitad real, mitad ficción, como cualquier leyenda, se propagó de boca en boca por todo el pueblo. Y así fue como el cuento se hizo verdad. Por siempre jamás.

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