Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 76, Opinión
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Raudo y veloz

Por Luis Sánchez. Viernes, 12 de mayo de 2017

Luis Sánchez

Que tu chica está en Madrid y tú en Valencia, y las últimas veces que has hablado con ella la has notado algo distante y… No importa; coges el AVE y, mientras a tu vecino de asiento se le escapa por el auricular el “Ave María, ¿cuándo serás mía?, si me quisieras, todo te daría”, tú ya estás sentado frente a ella, desayunando un café con leche con churros. Que al poco –así está hoy el mundo laboral–, la destinan a París, ¡eh!, no pasa nada. Pillas el avión y, en un par de horas, vas y vuelves, le cantas el Ne me quitte pas y aún os da tiempo de fumaros un cigarrito a medias.

Bueno, y si has de ir por carretera, igual. Coges el coche y, ¡pim-pim-pim!, a piñón fijo, todo asfalto y señales, hasta que llegas a tu destino. No hay tiempo que perder (¡un tiempo lineal, productivo!). Y cuanto antes llegues, mejor. Además, “sabes que la distancia es como el viento…”. Y bien que lo sabes, ¡morueco!

Eso sí, a más velocidad, menos paisaje. Las formas se difuminan: algún inconveniente habría que tener, ¿no?; pero a ti… ¿qué más te da que lo que pase por tu lado, zumbando leches, sean hayas, robles o encinas, si eres carnívoro? Además, en Internet hay toda clase de árboles, y con mayor viveza de colores.

Que viajas por la ciudad, pues pasa lo mismo. Escoges el metro porque es el medio de transporte más rápido. Y aquí sí que desaparece por completo el paisaje (y el paisanaje). Fotograma tras fotograma y, ¡fum!, fundido a negro. Lo que importa es el objetivo, la meta, el destino, y no la ruta, el recorrido, el trayecto. Y si te desplazas a pie, igual. Quedas con alguien en un lugar desconocido para él, y te suelta todo ufano: “No hace falta que me indiques dónde está, el GPS ya me guiará”. Usted está aquí –dice el localizador–. ¡Hombre, gracias!, llevo toda la vida buscándome y, por fin, me he encontrado. No tengo remedio: soy un perdido. Y ahí que ves al susodicho interfecto, pestañas pegadas al móvil, siguiendo las instrucciones: flechita por aquí, flechita por allá…, y, de vez en cuando, alza la mirada al cielo, en busca del ángel de la guarda, para que interceda por él vía satélite.

Antes, hace tan sólo un par de lustros, quedabas con un colega y le explicabas con palabras, y hasta con pelos y señales, si hacía falta, el sitio al que debía acudir. Le decías, por ejemplo: “Te sitúas en la Placeta de los Lirios, coges la calle estrecha que va para abajo, a media calle hay una librería de viejo, pequeña, Seguí (encontrarás títulos de Vázquez Montalbán y mucha novela negra a un precio irrisorio: le acaba de entrar un lote nuevo, Julio se llama el dueño); nada más pasar la librería, tuerces a la derecha y te enfilas todo recto, pasarás por una peluquería de tías (con un poco de suerte, verás a Trini, una morenaza imponente, que maneja el secador mejor que Clint Eastwood el colt 45; mas no te entusiasmes, forajido: su novio es el sheriff), a pocos metros, y en la acera de enfrente, está el horno Pan y Leña (si llevas guita, compra media docena de magdalenas, le daremos buen metido, y si no, confórmate con aspirar el aroma que sale del obrador: huele que alimenta). Sigues recto, verás una bifurcación, tomas la calle de la derecha, la de los arbolitos, pasarás por lo que queda del cine Simarro (allí vi yo Maccaroni, con Jack Lemmon y Marcello Mastroianni, ¡un lujazo de peli!), y luego tuerces la segunda a la izquierda y, pocos metros después de una verdulería y frutería paquistaní (un día entré para avisar al dueño de que una pandilla de chavalines, cuando pasaba por la puerta, le robaba mandarinas; el tipo, que estaba sentado, me miró sin inmutarse, levantó y dejó caer los hombros, en un gesto de indiferencia, y me soltó: Yo estoy aquí; no estoy afuera. Me dejó traspuesto. He pensado mucho sobre su contestación), allí está el Gayumbo Exprés, un garito que acaba de montar Alfredo, un filósofo en paro. Nos vemos a las siete”. Y el colega acudía allí, como un clavo, tras haberse impregnado de los múltiples encantos del barrio.

Ahora, en cambio, gracias al GPS, se desrealizan edificios, tiendas, establecimientos, talleres, rincones… Se pierden referentes, memoria viva. Miramos, sí; pero ya no vemos. Callejear hasta perderse… ¡y perder el tiempo!, ésta es la consigna. Si entiendes más de ordenadores que de personas, es que estás más cerca de las máquinas que de los humanos.

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