Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 77, Opinión
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La tierra se me va

Por Luis Sánchez. Viernes, 26 de mayo de 2017

Luis Sánchez

En 1973, Gilbert Bécaud grabó L’indien, una canción escrita por Maurice Vidalin y con música del propio Bécaud. Un año después (aún vivía Franco), nuestro hiperbólico Raphael realizó una magnífica versión; y creo que es la única canción “protesta” que ha grabado en su vida (algún tirón de oreja le valió): un grito potentísimo de denuncia contra las masacres de indios llevadas a cabo por los diferentes gobiernos de los Estados Unidos de América.

Sí, ¡Águila Negra! ¡Caballo Loco! ¡Nube Roja! ¡Toro Sentado! ¡Estrella Fugaz! ¡Oso Blanco! ¡Conejo Corredor!… Y tantos otros que vivían bastante tranquilos en las praderas hasta que llegó la Santísima Trinidad: el rifle, el güisqui y el ferrocarril. Porque al hombre blanco le gusta ponerse morado, y para ello no duda en aplicar una economía extractiva, que es salvaje: elimina lo que le estorba y agota los recursos naturales.

Sí, aquellos eran nombres de verdad, con sentido, con fuerza, enraizados en la tierra, y no los que se llevan hoy en día: Borjamari, Jennifer, Míriam, Jonathan José, Carolina, Cayetano, Tamara…, que se mueven entre lo pijo y lo hortera. Aquellos eran nombres auténticos, que reflejaban una forma de ser, un temperamento, porque salían de dentro, de su animal totémico, de su animal de poder. El nombre iba ligado a los elementos de la naturaleza; pero no a una naturaleza enemiga, en espera de ser conquistada, sino a una naturaleza animada, dotada de espíritu, de vida y, por tanto, respetada (animismo). Porque la verdad (antropológica) es que la Prehistoria y la Historia la hacemos entre todos: animales, vegetales y minerales; si no, ¿de qué íbamos a continuar en este planeta?

A ver, por ejemplo, ¿qué significa que te llames Enrique?, ¿cueces o enriqueces?, ¿qué dice tu nombre de ti? Nada, resulta irrelevante, tu nombre ya no dice quién eres ni cómo eres: ya no te identifica desde el yo profundo (cualidades esenciales); es sólo un signo externo como tantos otros, en vez de ser la punta del iceberg.

Detrás de un nombre propio siempre hay una persona única, irrepetible. Así que ¿cómo vas a desarrollar tus aptitudes naturales, si tu nombre ni siquiera es indicio de lo que eres? Sin duda, el camino se complica para “el Rey de la Creación”.

La palabra, despojada de su valor humano, vacía, sin alma. Se nombra a una persona; aunque, en realidad, el nombre nada tiene que ver con ella. Lo que se dice ya no inspira confianza: la trampa, el engaño, el interés… Tu persona, reducida a un nombre ficticio; es más, tu persona, reducida, primero, por razones prácticas y, luego, por razones de seguridad, a un simple número (DNI, SIP, etcétera), reducida a un código, a una combinación, es decir, reducida a nada (el triunfo de los dígitos sobre las palabras). Y de la nada –ya se sabe–, nada sale. ¿Y cómo vas a reclamar algo, si eres nada? La demolición del ser, ¡una ontología trituradora!

(Tatuaje, piercing…) Dentro de nada, también por comodidad, sentido práctico y seguridad, te instalarán un microchip subcutáneo en la muñeca. Ahí estará todo, todo lo que necesitan saber de ti: vida laboral, datos de Hacienda, información médica, cuenta bancaria, ficha policial, preferencias de consumo… ¡todo en uno! Así, ni se te olvida nada ni omites nada ni pierdes nada y, encima, se evita el riesgo de falsificación. Tú ya no importarás lo más mínimo, pues lo que interesa es la información que generas, que almacenas, que mueves; información de la que tú nunca serás plenamente consciente ni llegarás a controlar. Te acabarán convirtiendo en un soporte orgánico de información (SOI). Y si, de verdad, eres un ciudadano honrado y modélico, no deberás temer nada, absolutamente nada. ¡Ah!, eso sí, cuidado con hacer el indio, porque, automáticamente, te convertirás en sospechoso.

Por la misma época en la que sonaba la canción citada al principio, en España apareció la tetralogía del antropólogo peruanoestadounidense Carlos Castaneda: Las enseñanzas de Don Juan; Una realidad aparte; Viaje a Ixtlan y Relatos de poder. Luego vinieron más títulos (las secuelas), de menor interés. Hemos alcanzado ya ese punto sin retorno que exige un cambio de conciencia, que nos permita relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo de una forma más equilibrada. O eso o el abismo (y el abismo no eres tú).

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