Marjo Garel, Número 76, Opinión
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De la heroica Marianne a la antiheroína Marine

Por Marjo Garel. Viernes, 12 de mayo de 2017

@Marjo_Garel

De aquella alegórica Marianne tocada por un gorro frigio que luchó por la libertad, la igualdad y la fraternidad, símbolo de la madre patria gala, guerrera, pacífica, alimentadora, protectora, ángel soñado que daba amparo a todo aquel que lo necesitaba, hemos pasado a esta otra Marine Le Pen, su antítesis en lo que a derechos humanos se refiere. Marianne y Marine. Solo unas pocas letras separan al ángel del demonio.

Ante el viejuno punto de vista de su padre, y como buena hija, Marine lo envió a la jubilación política en las penúltimas elecciones, entendiendo quizás que tenía que darle un impulso actualizado al lenguaje caduco de Jean-Marie Le Pen, que no facilitaba el ascenso en número de votos y por ende el sueño de ser presidenta de la V República. Mal no le salió la jugada, apartando las formas del lenguaje irascible de su predecesor, no así su ideario, y consiguiendo un aumento de simpatizantes y papeletas en las urnas.

En estos últimos comicios, su avance ha sido tan significativo que ya se vio que podía hacerse un hueco fácilmente en el trampantojo que es la política en estos momentos. Aprovechando la crisis, los atentados de ISIS y la falta de empleo en sectores alejados de las principales ciudades francesas, ha conseguido los votos entre las masas menos favorecidas, entre los trabajadores, no así en las grandes ciudades, donde los votantes con estudios superiores han preferido a Macron. Eurófoba e islamófoba, contraria a la Unión Europa, espera su triunfo para salir de la misma, tal  como ha hecho ya Gran Bretaña. Su campaña ha ido contra todo lo islámico con una pose de estar preparada y armada hasta los dientes, ejecutando ataques en “defensa preventiva”, escudándose en los atentados yihadistas y viendo armas de destrucción masiva en la bola de cristal del Islam. Con la premisa de que quien no sepa adaptarse a la sociedad francesa habrá de irse pretende expulsar a todos los extranjeros, llámense musulmanes, gitanos y por ende todas las razas que estime puedan agredir a la población francesa, no tanto físicamente como quitándole el trabajo. Cree, erróneamente, que una salida masiva de extranjeros procuraría trabajo a sus desempleados franceses de pedigrí. Su primitivo rechazo a la ley del matrimonio homosexual ha quedado en el olvido y en estos momentos ya lo admite. Con estos postulados contradictorios ha conseguido ser la primera opción electoral entre los mayores, los obreros y los jóvenes.  Los ha convencido de que ella es la única que se enfrenta a los políticos de un sistema decadente.

Marine Le Pen ha sabido aprovechar los resquicios que el resto de partidos le han dejado: Fillon, candidato de los republicanos, se vio envuelto en casos de corrupción. La actuación errática de Hollande y Valls ha terminado hundiendo al Partido Socialista. Solo Macron, indefinido neoliberal, ha salvado los muebles. Desencantados e indignados de todo color político la han votado, al menos en primera ronda.

La situación de Francia es parecida a la de otros muchos países europeos donde avanzan los partidos xenófobos a pasos agigantados, un avance cuyo final sea, quién sabe, un Gobierno de concentración mundial totalitario, aunque para ello todavía deban darse algunas premisas. Ese gobierno de ultraderecha tendría las manos libres para atacar a aquellos que sean discordantes con su pensamiento, llámese China, Rusia o Siria, por poner unos ejemplos.

Esta vez Le Pen ha perdido. Se ha alejado el fantasma de verla en la presidencia de la V República, pero solo por esta vez. Si los nuevos gobernantes franceses no cambian de política, no sería de extrañar que dentro de unos años la rubia Le Pen consiguiera alzarse con la mayoría y ocupar el ansiado puesto. Marianne se vería relegada por Marine, y los postulados de la primera, sustituidos por la segunda. Se harían efectivas medidas excepcionales de estado de emergencia, con el recorte que ello implicaría a la libertad de sus ciudadanos en todos los aspectos. El control de la prensa y los grupos mediáticos, la economía por y para el Estado y una OTAN fundada en un principio totalitario con la excusa de defender Occidente de supuestos ataques de Rusia, conformarían el nuevo ideario político que se nos vendría encima. Así es la ultraderecha que nos viene. Qué extraña es la mente, mientras escribo esto sobre Francia he caído en la cuenta de que estaba escribiendo también sobre España. Aquí y ahora.

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