Artsenal, Humor Gráfico, Número 76, Opinión, Xavier Latorre
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La dieta de las manzanas podridas

Por Xavier Latorre / Viñeta: Artsenal.  Viernes, 12 de mayo de 2017

Xavier Latorre

¿Estamos resignados a la corrupción? La verdad es que cada vez el nivel de tolerancia es más alto, más elevado. Ya pasamos página a toda prisa de los casos más repugnantes, hacemos zapeo o cambiamos de tema en una conversación ante esta cuestión recurrente tan cansina. Nos aburre sobremanera, ¿será lo que pretendían, atosigarnos con la dichosa letanía de actos piratas perpetrados por políticos sin escrúpulos? Hemos llegado a justificarlos en alguna ocasión, con una resignación pasmosa: “si al menos el dinero fuera para el partido”. Nos escandaliza cada vez menos. Ante la magnitud de ese fenómeno caben algunas reflexiones sobre sus daños colaterales:

¿Por qué los partidos políticos emiten algunos comunicados de condena, apartan cuando no hay más remedio de mala gana a los encausados y repudian de palabra la corrupción y no lo hacen las grandes empresas que propician los sobornos para quedarse con la obra pública que sufragamos todos vía impuestos? ¿Por qué OHL, el de los pagos a Ignacio González, deja a su cabecilla al frente de su organigrama; por qué Ferrovial no escarmienta a algún directivo estrella suyo implicado en el 3 por ciento catalán; o por qué Telefónica no aparta a Zaplana, ni lo hará aunque se lleguen a demostrar sus chanchullos en negocios urdidos a medias con el expresidentes madrileño? ¿O por qué algunas grandes empresas, reacias a estas martingalas, han  tenido que ampliar su radio de acción en el extranjero para esquivar toda esa podredumbre mercantil? No solo emigran jóvenes con talento sobrado si no que hay algunas empresas, muy competitivas, que han puesto tierra por medio para evitar ser crucificadas en el altar del cohecho.

Más preguntas: ¿Es necesario que el saqueo vaya dirigido algunas veces hacia las personas más vulnerables que existen: los pobres de solemnidad del mundo, como pone de manifiesto el caso Cooperación, una repulsivo proceso valenciano que acreditó el expolio de fondos destinados a la construcción de un hospital en Haití, como bien conoce el exconseller del ramo, Rafael Blasco ahora en prisión; o los ancianos, nuestros jubilados, ingresados en residencias de mayores que han sido planificadas de forma ventajista por unas pocas empresas (que se lo pregunten al compinche político de Blasco, Alfonso Rus, expresidente del PP de Valencia) contra unos pensionistas desarmados?

La corrupción, como las bombas de racimo, lo siembra todo de dudas, más que razonables, sobre la arquitectura institucional: ¿serán limpias las oposiciones a enterrador de aquel pueblo, ha sido transparente la concesión de la limpieza de esos colegios públicos, era necesaria esa rotonda de más en aquella variante? Nos volvemos más desconfiados y ponemos en cuestión principios básicos de nuestra convivencia. El daño moral puede que sea, posiblemente, irreparable.

¿Por qué algunos negocios sucios se realizan en países sin garantías políticas o con nula vocación democrática? Seguramente, porque es más fácil ejercitar el soborno y más jugosa la mordida. El sobrino de Rafael Blasco (otra vez el nombre de este asaltador de caminos) viajaba a Colombia o a Guinea Ecuatorial para ver de rentabilizar sin riesgo alguno sus inversiones en materia sanitaria. En el cortijo de los Obiang, donde las personas no tienen derecho a pensar por su cuenta y donde viven anegados de miseria, era dónde iban para llevárselo crudo con patatas.

Más interrogantes: ¿Por qué los autores del pillaje pretenden, además de enriquecerse, influir en la confección de las listas electorales o en los nombramientos de altos cargos? Insaciables. Ricardo Costa, el que fuera portavoz del grupo popular valenciano se encomendaba al Bigotes, un conseguidor de la farándula, para que intercediera ante el presidente Camps para ver si lograba ser nombrado conseller. Una llamada de recomendación de alguien que lleva dinero al partido para las campañas electorales puede ser suficiente, en ocasiones, para otorgarle a alguien un escaño o una pequeña alcaldía. Así funcionaba, o peor, aún funciona, la cosa.

La corrupción lo pudre todo. Es una enfermedad difícil de atajar, una adicción extrema. Nuestra desventaja es que aquí no dimite nadie asumiendo la responsabilidad de haber aupado a un delincuente a un destacado cargo público. No somos Chequia, somos, por desgracia, uno de los vertederos pestilentes de la corrupción política en Europa. Solo nos falta compadecernos de los hipócritas sollozos de la madastra Esperanza Aguirre. Esa malvada del cuento llevaba el cesto podrido de manzanas y aún le preguntaba al espejito mágico: ¿quién era la más íntegra del reino? O, sor Marta, la madre superiora de la congregación de los Pujol de toda la vida que predicaba la virtud. Nos hemos tragado esas historietas demasiado tiempo; quizá no haya reparación posible ante tanto daño.

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