Francisco Saura, Número 77, Opinión
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El viento de poniente

Por Francisco Saura / Foto: Pedro Martínez. Viernes, 26 de mayo de 2017

@pacosaura2

El viento de poniente arrastra las nubes hacia el mar. Es un viento tibio que cimbrea en los hilos de plástico que modelan las laderas. Algunos árboles aún dispersos en el paisaje. Las nubes grises, con los bordes bien definidos, se alejan con la misma sequedad que llegaron. La primavera avanza a través de los meses. Abril fue seco, mayo bordea su ecuador polvoriento por San Isidro. Al fondo, con el sol de poniente iluminando los tajos de la cantera, el Cabezo Gordo se yergue sobre el llano. Los rayos de sol se filtran a través de las nubes secas. Si alguien cree que su marmóreo esculpido oculta lluvia, se equivoca. Alguna tormenta dispersa descargará en el próximo medio año, pero apenas las gotas de agua levantarán el polvoriento lecho de arena.

Pasada la urbanización La Torre, en la curva de la autovía, se levantaba hace muchísimos años un caserío (siempre lo recuerdo abandonado) y un algarrobo a su lado. Más adelante, a tres o cuatro kilómetros, se perfila sobre el horizonte el próspero pueblo de Balsicas. En aquel tiempo, cruzar de noche el campo del Mar Menor, por la antigua carretera, era adentrarse en una cerrada oscuridad, con alguna luz cenicienta en la lejanía. El trayecto durante el día era el tránsito por un paisaje de secano, tierra fértil pero endurecida por la ausencia de agua. Algunos pozos y los molinos de blancos toldos agitados por el viento permitían leves huertos aquí y allá. Los algarrobos y los almendros, y los campos de melones y la tierra en algunos puntos arcillada, se aplastaban sobre un llano iluminado por la más cálida y clara luz que haya visto la humanidad.

Cálida y clara luz que se hacía carne dulce cuando la llanura se fundía con el azul intenso del mar.

En esa curva, en ese reflejo pasado del caserío y el algarrobo proyectando su sombra alargada al atardecer, la polvareda levantada por la tibieza del viento poniente desdibuja el trabajo de roturación de las palas y de los camiones. El matorral ha sido arrancado de cuajo, la tierra dura removida, se ha allanado el campo hasta el horizonte. Pronto habrá plantación y el plástico la cubrirá. Y al atardecer el viento hará que el plástico asemeje al oleaje en su movimiento ondulante. Luego veremos a esa gente de tez morena recorriendo el campo con espuertas, en el tórrido estío y en el desapacible invierno. Por unos cuantos euros, suficientes para comer y comprar algo de ropa.

Se dice que llegan tiempos malos. La falta de lluvia, la sequedad del paisaje, los pozos de sequía. Y esa ley que pretende limitar los efectos nocivos de la agricultura intensiva que hace ya muchos años que convirtió a los agricultores en empresarios con ningún lazo sentimental con la tierra, ni con el entorno, ni con un mar que se muere. Ya quedan pocas hectáreas sin cultivar en el llano. Lo poco que quedaba se está roturando a la vista de cualquier viajero que se desplace por la autovía del Mar Menor, y este sabe que se está cometiendo una ilegalidad. Toda la gente que pasa por ese paraje lo sabe. También la dirección de la Consejería de Agricultura, y los responsables en materia de agua del Estado. Vivimos una carrera vertiginosa para llegar a la meta de los hechos consumados, para que el retorno esté cegado por las tractoradas y la presión de los poderosos.

A lo lejos, siguiendo la murada del resort, una columna de humo negro asciende desde el llano. El viento lo dispersa. Huele a plástico quemado. Tal vez algún agente medioambiental se acerque e intente incoar un expediente sancionador. Tal vez un grupo de personas lo rodee y lo agreda mientras gritan e insultan. Que no los dejan trabajar, que no los dejan regar, que han taponado los desagües de las desaladoras, que esos malditos castellano-manchegos, y los aragoneses, y el agua es de todos, y también la contaminación, y los nitratos y los sulfatos, y esas acumulaciones de espuma en la orilla del mar.

El viento tibio sopla de poniente, levanta el polvo de los caminos y de las tierras recién roturadas. A la izquierda, una enorme balsa espera el agua, y uno ya sabe que la semana que viene, o la siguiente, el plástico formará hileras hasta el horizonte y que si alguna vez hubo autoridad, fue hace miles de años, cuando la gente vivía en las cavernas y arreglaba sus asuntos a dentelladas.

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