Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 76, Opinión
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Cachorros

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 12 de mayo de 2017

@lidia_sanchis

Vive en un pueblo pequeño y esta disposición de las palabras (sujeto elidido; verbo en presente; complemento circunstancial de lugar) condiciona su vida desde hace 14 años. En ese municipio perfumado de azahar y tan cerca del mar que cualquiera quisiera intercambiarse con ella, la vida podría ser maravillosa. Un sitio de casitas bajas, donde los vecinos se saludan por su nombre y se oyen las risas de los niños y el canto de los pájaros. Pero esas mismas casas tienen un espacio que se ha reservado como garaje para los coches de la familia pero que ha acabado convertido en lokal para adolescentes y jóvenes que no tienen otro lugar adonde ir a divertirse. Son una docena de alegres jovenzuelos de la ESO que okupan la acera y la calle con sus gritos y peleas; llenan el aire perfumado de azahar con el estruendo del motor de sus motocicletas, que en ocasiones conducen en dirección contraria; animan las largas horas de siesta con el ruido del balón de fútbol golpeando contra alguna puerta o algún coche aparcado. El trasiego de adolescentes que entran y salen de un garaje alquilado, utilizado como kasal emborrona la vida y mina la salud de la mujer. Son buenos chicos, dice el resto de vecinos, mirándola como si estuviera loca cuando se atreve a quejarse en voz alta. Buenos chicos que hoy la han llamado subnormal cuando ha salido de su casa; buenos estudiantes que apedrean las fachadas para divertirse; buenos hijos que ensucian la calle y hablan a gritos a la una de madrugada como si fuese mediodía. Y sus padres lo saben y lo toleran porque no les parecen ejemplos de mala educación. Ella piensa que esos comportamientos los han tenido que aprender en casa porque en la escuela es imposible. Pero calla. No sea que la vuelvan a llamar subnormal. O que le rayen el coche. O que le apedreen la casa. ¿Por qué motivo harían eso?, se pregunta. Pues porque sí. Como la agresión que sufrió una joven con síndrome de Down en el metro de Barcelona: “La joven, de 23 años, fue agredida en la parada del Metro de Sants de la línea 3 (Verde) por un hombre de mediana edad que, sin mediar palabra, le dio un codazo en el hombro y un puñetazo en la nariz, rompiéndole las gafas”, explica el periódico. Y la noticia continúa: “Cada año se denuncian más de un centenar de delitos de lesiones en el metro, pero son excepcionales los casos en los que agresor y agredido no se conocen. El caso más reciente fue el de un cocinero de 46 años que fue brutalmente agredido una madrugada en la línea 4 por cuatro jóvenes veinteañeros de Badalona. Los cuatro agresores están en prisión, mientras que la víctima ha quedado en silla de ruedas”. Jóvenes como los cinco acusados de la violación grupal ocurrida en la madrugada del pasado 7 de julio en Pamplona, y para quienes pide 22 años y 10 meses de prisión. Ella no ha podido evitar leer el sobrecogedor relato de los hechos y se ha echado a llorar. Piensa en su hija, en su sobrina, que tiene la casi la misma edad –18 años– de la víctima; en otros relatos de violaciones y abusos. Tantos. En la música de James Rhodes, capaz de expresar todo el dolor que sufrió aquel niño vulnerable y sensible que fue sistemáticamente violado desde los seis años. En el sufrimiento perpetuo que esos chavales arrastrarán durante el resto de su vida. Piensa en que los violadores, como los cinco de Pamplona, también fueron niños, y jóvenes que estudiaron y sacaron buenas notas. Uno se hizo militar, otro aprobó las oposiciones a guardia civil, los dos dispuestos a ayudar a los demás aun a riesgo de su propia seguridad: así se lo dijeron los mandos el primer día de adiestramiento. Sus padres premiaron sus logros regalándoles una moto, costeándoles un viaje, comprándoles unas zapatillas de marca. Como haría cualquiera. Ella recuerda la frase de Hobbes citando a Plauto: “El hombre es un lobo para el hombre”. La angustia le hace salir a la calle, en busca del aire fragante del pueblo entre naranjos. “Imbécil”, la llama uno de esos cachorros que ocupa la calle y la vida, a los que sus padres parecen conocer tan bien (“es muy buen chico”). Ella, cobarde, hace como si no lo hubiera oído.

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L'Avi

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