Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 74, Opinión
Deje un comentario

Tiempo de criminales

Por Gil Manuel Hernández / Viñeta: Luis Sánchez. Viernes, 14 de abril de 2017

Gil-Manuel Hernández

Vivimos en un tiempo en que las agresiones contra los más débiles no cesan. Un tiempo en el que una de las cosas más decepcionantes que existe para cualquier persona honrada es comprobar que la justicia es lenta, parcial o ineficaz. Y mucho más triste es darse cuenta de que, más a menudo de los que nos gustaría, dicha justicia brilla por su ausencia, o parece premiar a los delincuentes de altos vuelos, esos que nunca acaban por pagar sus desmanes. En este punto la lucidez nos dice, casi a gritos, para que así nos enteremos de verdad, que lo legal no suele coincidir con lo justo, y que lo justo suele escurrirse como agua sucia por las cañerías podridas del sistema.

No se una exageración afirmar que el mundo contemporáneo está montado para que los grandes criminales salgan, casi siempre, indemnes. De vez en cuando alguno es condenado en firme, pero ello no suele suceder. Más bien al contrario, lo habitual es que los delincuentes sistémicos se beneficien de todo tipo de triquiñuelas y resquicios legales para escapar a la justicia, y cuando ven que ello no va a ser posible disponen de un recurso mejor: se cambian las reglas que definen que es o no legal y, por tanto, lo que constituye o no un crimen. No pasemos por alto que los crímenes de aquellos que nos dominan son básicamente crímenes éticos, pues aunque les ampare la ley o el recurso a la modificación de la ley sus acciones son éticamente criminales desde el momento que implican un grave perjuicio sin apenas margen de reparación para millones de personas, como ha sucedido con las medidas antisociales que tras la crisis de 2008 se han venido aplicando al común de la ciudadanía o con las guerras desatadas en Oriente Próximo para asegurar el control estratégico de los hidrocarburos. Por no hablar de que continua una financiarización del capital que solo lleva a más especulación y a infringir más daño a las poblaciones sobre las que se aplica.

Pero los responsables de estos crímenes éticos, salvaguardados por su irresponsabilidad política y personal, no se quedan contentos y aún tienen energías de sobra y suficiente mala intención como para ir más lejos y hacer caer sobre los desgraciados un estigma mayor: el de convertirlos en sospechosos de atentar contra el “buen orden” de las cosas. Con este giro, que solo pueden adoptar quienes tienen la sartén firmemente agarrada por el mango, los criminales nos criminalizan y convierten nuestras protestas, nuestras reivindicaciones, nuestras justas demandas y propuestas, en peligrosas acciones dignas de ser castigadas por el Código Penal, siempre preparado para ampliarse. De modo que a los indignados, a los desahuciados, a los activistas sociales, a los parados, a los estudiantes, a los ancianos, a los enfermos y a los dependientes se les endosa la etiqueta de pre-delincuentes y la gran maquinaria represiva se pone en marcha para ahogar su legítima sed de justicia.

Podemos pensar que esto es el colmo, pero la realidad corrobora la proliferación de estos excesos perpetrados por las élites mafiosas. Al contrario de lo que sucede en las novelas de detectives, aquí el criminal suele ganar y convierte a la gente honrada en carne de cañón. Injusto, pero legal. Criminal, pero “no imputable”. El problema de fondo, sin embargo, es otro: los criminales ganan porque muchas de sus potenciales víctimas les comprenden, les justifican y hasta les votan, en lo que constituye un deplorable ejemplo de identificación con el maltratador. En el alma de estas víctimas incautas se esconde la tóxica convicción de que, en última instancia, se merecen los que les pase porque no son dignas de mucho más o porque “el mundo es así”. Es más, la propia victimización legitima desde abajo la dominación al incorporar la misma naturaleza perversa de los verdugos. La ignorancia y la inconsciencia de sí mismas, su íntima autonegación, su creciente incapacidad para no dejarse arrastrar por los discursos elocuentes de sus verdugos, su misma complicidad con ellos, porque toda víctima es un verdugo en potencia, las transforma en dóciles corderitos a punto de ser sacrificados. De este modo todas las víctimas, las conscientes y las que no lo están, acaban convertidas en criminales de feria, a modo de chivos expiatorios mediáticos, para que los criminales de verdad, impecablemente trajeados, puedan seguir atormentando al mundo con sus fechorías impunes.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Luis Sánchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *