Número 74, Opinión, Rosa Palo
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Señores maduros

Por Rosa Palo. Foto: Lilo & Stitch (Walt Disney). Viernes, 14 de abril de 2017

@Ebaezan

Desde aquí lo digo: estoy hasta las trancas de que me tomen por un señor de mediana edad. En serio. O es una señal divina para que me depile el bigote, o las listas de correo se han vuelto locas: tras varias semanas recibiendo emails en los que me proponen remedios para alargar mi pene, ahora me llegan otros tantos de señoras con nombre ruso en los que me cuentan que son unas chicas alegres y sociables a las que les gustaría conocer a un “buen man” como yo para tener una relación seria, todo ello escrito con un estilo literario a lo Google Translate que hace que Radomir Antić hablando parezca Cervantes redivivo. Y me adjuntan una foto. Monísimas ellas. Son como Bienvenida Pérez con botas. El futuro era esto.

Yo estaba convencida de que, por mi edad provecta, iban a empezar a machacarme con anuncios de Tena Lady, de leche de soja y de lubricantes vaginales, y en cambio me tratan como si fuera el cajero de una sucursal bancaria en un pueblo de Ciudad Real.  Solo me falta que me hablen de un trasplante de pelo para completar mi transformación virtual en José Bono. Transgénero a los cincuenta: amárrame esos pavos. Y, encima, me toman por un fofisano, que es el nuevo término que se han inventado para justificar a los tíos que se están poniendo hechos unos tordos. Porque ahora les toca a ellos, a los que han estado delgadísimos toda la vida a pesar de trasegarse sándwiches de Nocilla y de salchichón con mantequilla como si no hubiera un mañana, a los que no engordaban ni un gramo aunque se hincharan a helados y a Tigretones, a los que se comían un bocadillo de lomo con panceta sin ningún tipo de remordimiento, con esa inocencia propia de la juventud: en el momento en el que sientan el culo en la silla de la oficina y dejan de jugar al fútbol con los compañeros de colegio (y no, jugar cada dos meses un partido de solteros contra casados no es hacer ejercicio regularmente, queridos), se ponen como bollos preñaos. Luis Prado, autor de la maravillosísima Estoy gordo, les ha escrito la canción generacional: “Estoy gordo, lo sabes muy bien / Estoy gordo y no sé qué pudo ser / Debe ser algo raro en mi metabolismo / si como lo mismo que tú”.

Pero lo extraordinario del caso es que siguen pensando que están en el mercado. Porque a ellos se les perdona casi todo. Las arrugas, la papada, la barriga cervecera, la calvicie, el pito flácido, las canillas chuchurrías. Y no me extraña: nos hemos criado viendo películas en las que sus protagonistas, hombres maduros (o viejos, directamente) tienen como partenaires a jovencitas de veintipocos que pesan tanto como un jilguero anoréxico y que caen rendidas antes su madurez (¡ay!) y su experiencia vital (doble ¡ay!). En Cuando menos te lo esperas, esa película que le gusta tanto a María Teresa Campos (la nombra más que Pablo Iglesias a Juego de Tronos), Amanda Peet y Jack Nicholson se llevan 35 años. Si hubiera que encontrarle una pareja con esa misma diferencia de edad a Nicholson, habría que colocarle a Luise Rainer, que murió con 104 años. Y mientras, ellas haciendo de abuelas cuando no tienen edad ni para beber cerveza. Así nos luce el pelo. Bueno, a nosotras, a ellos no. Que se están quedando calvos.

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